La Cruz de California

"¿A QUIÉN IREMOS?"

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¿A Quién Iremos? de Junio 2003

Estimado Padre Durazo: mi familia y yo hemos observado con tristeza las noticias de la guerra en Irak, especialmente el número de inocentes que han sufrido la muerte o lesiones de la guerra. Tuve que apagar la televisión porque mis hijos se desconcertaron al ver otros niños y niñas de su edad, que tenían graves lesiones, viviendo bajo el pánico y el miedo. Mi hijo me hizo esta pregunta, "¿Por qué Dios permite que personas inocentes sufran tanto si Dios nos ama?" ¿Qué les debería decir? A menudo me he preguntado lo mismo, y nunca he entendido exactamente porque nuestro Dios amoroso permite males como este?

La respuesta no es nada sencilla. De hecho, se trata del problema milenario de la existencia del mal. Permítame la siguiente reflexión. Cristo viene a traernos la salvación definitiva y plena. Su Salvación es librarnos del mal, de todo tipo de mal. El libro del Génesis nos dice que hay básicamente tres tipos de males que afectan al ser humano: el mal físico (en las personas a través de la enfermedad o en la naturaleza en los casos de huracanes, terremotos, etc), un segundo mal es el mal moral o psicológico (se trata de las pasiones llevadas al extremo: ira, rencor, envidia, avaricia, pecado etc.) y el tercer mal es la muerte.

Cristo vino a librarnos de todos estos males. Su Salvación es esto precisamente. Ahora bien, la liberación de los males es gradual. No se nos da en un solo momento, por ejemplo, en el Bautismo o al recibir la Unción de los enfermos. Esta liberación de los males se inicia con el Bautismo, ya que al unirnos a Cristo, hace que inicie nuestra propia Resurrección. En el Bautismo Cristo me da la vida de Dios. Así, ni el pecado, ni la muerte acaba o termina con la gracia recibida en el Bautismo. Cristo me hace pues capaz de vencer la muerte ya desde el Bautismo. Voy a envejecer, voy a morir, pero ya tengo la vida eterna, la vida inmortal, la vida de resucitado. Desde el Bautismo hay algo en mi que es incorruptible, que no termina nunca, que existe para siempre.

Otro paso en esta capacidad de vencer el mal se da en el cielo. Cuando muere una persona, después de purificarse (si lo requiere) alcanza el cielo. Aquí ya goza de Dios cara a cara, ve al Dios Uno y Trino revelando por Jesucristo.

Sin embargo no todo termina en el cielo. Falta que la corporalidad o materialidad que formo parte del "cuerpo físico", es decir, todas las células que formaron parte de la corporalidad (no solo las células del cadáver. Tener presente que las células de nuestro cuerpo se regeneran cada siete años, con excepción de las neuronas), sean también redimidas, glorificadas. El proceso de mi Redención no termina en el cielo sino en la Resurrección de mi Carne.

La Resurrección de la Carne es la ultima etapa del proceso iniciado en el Bautismo. La Resurrección de la Carne significa que absolutamente todo lo que fue parte de mi (células, tejidos, neuronas, órganos, etc); todo, absolutamente todo es glorificado, redimido y por tanto libre de cualquier tipo de mal.

Desde el Bautismo soy ya capaz de vencer el mal. El sufrimiento que se da entre mi bautismo y mi Resurrección de la Carne es tarea del hombre, de la comunidad, de la Iglesia. Para este arco de nuestra existencia tenemos la ley de la caridad, los mandamientos, el Evangelio, la Iglesia, los sacramentos, la espiritualidad, la medicina, las leyes, los gobiernos, la economía, la sicología, etc.

Dos niños bautizados alcanzarán su Resurrección de la Carne y por lo mismo el vivir fuera del dominio del mal. Cuanto sufrirán entre su Bautismo y su Resurrección va a depender de su familia, de su fe, de su país, de su Iglesia, de su preparación religiosa; en definitiva de la libertad humana.


Estimado Padre: He estado teniendo una pequeña discusión con mi esposa con motivo de cuánto deberíamos donar, en la colecta, cada semana cuando vamos a Misa. Mi esposa piensa que doy mucho, que el dinero podría mejor servir para nuestra familia. ¿Hay algunas directivas de la Iglesia que podamos seguir?

Puede servir de guía lo que nos dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia en lo que es el quinto mandamiento de la Iglesia Católica: "(Ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia."

Este Documento menciona aquí el Código de Derecho Canónico que dice: "Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros". (CIC 222)