"¿A QUIÉN IREMOS?"COLUMNAS DE 2000
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¿A Quién Iremos? de Marzo 2000
Teología y vida públicaQueridos lectores, desde hace mucho tiempo he querido compartir lo que voy a escribir a conti-nuación, y se me hace difícil expresarlo porque es muy delicado el tema, y por lo tanto les pido paciencia, para explicarme lo mejor posible. Yo no he entendido porque cuando se habla de política siempre se tiene que hacer a un lado él yo humano para sacar a relucir solo algún aspecto de la personalidad humana. Haciendo una división entre lo religioso y lo político, entre la creencia del político y la política de los religiosos. Desde siempre oigo ese sonsonete: "los curas no pueden hablar de política". Nos han hecho relegarnos a la sa-cristía en aras de un mundo político areligioso, laico, y muchas veces anticatólico. En concreto, en México por ejemplo, desde varios meses que se ha luchado intensamente entre los contendientes de la presidencia de la república mexicana por dar su mejor cara y por evitar caer en errores de mezclas entre lo espiritual-religioso y lo político-partidista, y me he dado cuenta que hay una enorme división entre la fe y las obras. Por desgracia vivimos todavía el rezago histórico de aquella etapa de nuestra historia nacional en donde Benito Juárez hacía la separación entre el estado y la iglesia, poniendo a esta última en desventaja, robándole lo mucho que había hecho con tanto esfuerzo desde el tiempo de la Corona Española a los albores mismos del siglo XIX. Es así que la oposición materia-espíritu, divino-humano, temporal-eterno, etc., ha puesto en discordia al hombre consigo mismo de manera permanente. En no pocos casos ha sido motivo de luchas de los hombres entre sí e incluso de los pueblos, que han llegado a protagonizar guerras sangrientas por este motivo. Tales dicotomías, propiciadas a veces por la Iglesia, se vuelven ahora contra ella, cuando los políticos niegan a los eclesiásticos tener opinión en los asuntos públicos, por no ser ámbito de su competencia. Hoy la antropología niega estas disgregaciones en el hombre, por considerar que ambos componentes son parte constitutiva del ser humano. Por tanto están llamadas a vivir en armonía en el propio sujeto y en el entorno donde se desenvuelve la vida. Ya la teología bíblica más antigua desconoce la dicotomía materia-espíritu, porque en ella la materia está inundada por el espíritu de Dios que la fecunda. De hecho en esta dinámica de comunión se desarrolla la encarnación del hijo de Dios, divino y humano, corporal y espiritual al mismo tiempo, que asume la condición del hombre y su entorno social, para convertirlo en un hombre nuevo y una tierra nueva. Las dicotomías mencionadas son más bien reminiscencias de teologías paganas, hacia las que nos deslizamos fácilmente, que no tienen fundamento en la confesión cristiana. En la teología bíblica, aunque haya distinción entre materia y espíritu, mundo y Dios, no hay separación sino interacción. Son espacios transitables. De esta manera la teología deja de ser un ámbito cerrado a determinados temas, para acoger la vida que late en toda la creación, particularmente en el hombre, que con su actuar sobre ella la engrandece o la degrada. Pues toda la historia y toda la cuestión política es un lugar teológico. Nada se puede escapar de la vivencia personal del evangelio en cualquier situación. Ya diría Ortega y Gasset, filósofo español: "Dios es también asunto profano", o que no hay cosa en el orbe por donde no pase algún nervio divino. Por consiguiente, queridos amigos, la Iglesia ya no se propone condenar al mundo, ni sacralizarlo, simplemente desea acompañarlo en su propia realización profana; en la búsqueda de la justicia, de la libertad y del respeto debido a la dignidad de toda persona. La Iglesia ha comprometido que su misión no es sólo espiritual, sino que alcanza la vida entera del hombre en la tierra y que, así "da gloria a Dios" (San Ireneo). Como conclusión, el sacerdote no es el único católico, también esta todo el mundo de fieles que, al participar en la vida pública, puede hacer política desde su punto de vista religioso; y no creo que la mayor parte de políticos mexicanos sea otra cosa que católico, pues la mayor parte fue bautizado en esta fe. Pero en el mundo político parecer ser que mientras uno no demuestre su fe mejor es recibido por las fuerzas conservadoras del poder. Yo no estoy por la lucha del poder ni por la insinuación hacia un partido político. Estoy sólo por la no dicotomía en la vida del político de su fe y sus obras; he aquí cuando la teología debe salir a la defensa de la unidad integradora del hombre, ya que por desgracia la política se ha convertido en una virtud malbaratada.
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