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Cartas al Editor de Julio 2000
Me opongo a la iniciativa de la creación del Instituto Bajacaliforniano de la Mujer A la Legislatura de Baja California y el pueblo en general: Entiendo que existan clínicas de maternidad para ofrecer servicios de atención específicamente a la mujer; pero pensar en la creación de un Instituto Bajacaliforniano de la Mujer me parece tan absurdo como pensar en la creación de un Instituto Bajacaliforniano para el Hombre. Actualmente se debate en la Legislatura del Estado la iniciativa de creación de un instituto cuya denominación, gregaria y excluyente, bajo el jabonoso nombre de "Instituto Bajacaliforniano de la Mujer", hace pensar más en los baños de algún cine que en una democracia constitucional. En primer término me gustaría recordarle a los que hacen las leyes en el Estado así como a quienes promueven iniciativas, que el espíritu de nuestra sociedad plasmado en la Constitución no reconoce desigualdades cívicas entre los sexos, y que cualquier disposición que se sustente en la idea de desigualdad a través de un tratamiento institucional como la creación de este instituto en cuestión contraviene el precepto constitucional colocándose por encima de él. Supongo que debiera bastar el párrafo de arriba para disuadir legalmente la iniciativa de la creación de este instituto o cualquier otra instancia que promueva la desigualdad entre los ciudadanos así sean hombres o mujeres, pero ya que toco la cuestión, no quiero dejarla concluida en términos juristas porque no dudo de la buena intención de las promotoras de esta iniciativa presentada al Congreso y me apenan las circuns-tancias de la realidad social que la empuja a proponerse como solución o paliativo a los problemas sociales que vive la mujer en nuestro Estado. No quiero dejarla concluida porque yo todavía creo que la sociedad es una y, a menos que pensemos en un mundo partido a la mitad, los problemas sociales de la mujer son también problemas sociales del hombre y viceversa; y creo también que toda solución a los problemas de la convivencia social no puede fraccionarse en función del sexo, sino abordarse bajo una visión de complementariedad que promueva la convivencia armónica entre los hombres y mujeres en la sociedad. Ciertamente el mundo no debe regirse siguiendo rígidamente un modelo "masculino", pero tampoco me parece adecuado proponer estructuras sociales "femeninas". Creo que lo que hace falta en la sociedad es la complementariedad: que el hombre y la mujer aporten lo mejor de sí mismos y tengan la posibilidad de trabajar cada uno según su propia identidad. Porque ciertamente la naturaleza imprime en todos los seres una ley que se lleva a cabo en cada uno según su condición de hombre o de mujer, y aquí sí estoy hablando de diferencias, venturosas diferencias naturales en las que la sociedad debe saber encontrar la garantía de la complementación entre los sexos en lugar de oponerlos bajo una presunta igualdad que sólo de cabida a una estéril rivalidad de competencia. Estoy convencido de que el gran reto de nuestra sociedad reside en encontrar una fórmula conciliatoria entre la diferenciación dictada por la naturaleza entre el hombre y la mujer, y sus respectivas igualdades en dignidad y derecho. Esto expone de relieve, entre otras cosas, por ejemplo, la necesidad de buscar la articulación adecuada entre el trabajo de la mujer y la maternidad. El Estado tiene que ser más sensible respecto la noble dignidad de la mujer en nuestra sociedad y ofrecerle mayores garantías en su trabajo para que al mismo tiempo que pueda insertarse en el mercado laboral, no se vea en la necesidad de renunciar a su no menos digno oficio de madre y esposa. Una sociedad más justa para la mujer, sería aquella que no la relegue profesionalmente por su vocación natural a tener hijos y educarlos. Y esto sólo podrá garantizarse cuando a la mujer no se le considere como un simple agente "productor" de bienes materia-les sino también, y sobre todo, se le valore como un constructor, desde dentro, de una sociedad cada vez más humana. Me opongo a la iniciativa de la creación del Instituto Bajacaliforniano de la Mujer por que me parece una incongruencia administrativa al interior de un gobierno que no reconoce ni debe reconocer diferencias cívicas ni jurídicas entre hombres y mujeres y porque advierto en la presunta creación de este instituto la institucionalización de un enfoque equivocado a los problemas de la mujer que, como he expuesto, deben ser asumidos como problemas de la sociedad en su conjunto. Alfredo Ortega Trillo |