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Cartas al Editor de Febrero 2000

'LA REVERENCIA'

Editor:

Hace poco que asistí a una misa que fue celebrada "a la antigua," o sea, toda la misa fue en Latín, como se celebraba antes del Concilio Vaticano II. A pesar de que fue mi primera vez en asistir a dicha liturgia, me quede impresionado por la reve-rencia, amor y respeto que sé le daba a Nuestro Señor en la Eucaristía.

El año jubilar, nos brinda la oportunidad de reconciliarnos con ese Padre que tanto nos amó, que mandó a su hijo a que nos librara de la esclavitud del pecado. Mas aún, ese mismo Padre, nos da como alimento espiritual, el mismo cuerpo, sangre, alma y divinidad de su Hijo en la Eucaristía. Hay que aprovechar este año que viene para renovar nuestro compromiso con Cristo que hicimos al momento de nuestro Bautismo. Hay que estar dispuestos a vivir una vida sin pecado, llena de la gracia de Dios. De Su parte, ya todo esta hecho, solo nos queda a nosotros colaborar con Él, y permitirle que transforme nuestras vidas.

Que mejor manera de hacerlo que comprometernos con Nuestro Señor en recibirlo más seguido en la Sagrada Comunión. El Santo Padre ha proclamado que el Año Jubilar debe de ser intensamente Eucarístico. En su Bula de Convocación dijo lo siguiente, "Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos. Que por la humildad de la Esposa brille todavía la gloria y la fuerza de la Eucaristía, que ella celebra y conserva en su seno." La gloria y la fuerza de la Eucaristía debe de brillar en la vida de los fieles. Cada sacramento, nos da las gracias necesarias para crecer en santidad y la Eucaristía, que es el sacramento en el que recibimos al mismo Verbo Encarnado, que nos transforma y nos hace similar a Él. Eso es, si se lo permitimos.

Hace falta que nosotros los fieles tomemos conciencia de los que hacemos y recibimos en la Santa Misa. No es un pedazo de pan bendito el que nos arrimamos a recibir. Ni mucho menos un símbolo que representa a otra cosa. Hay que dejar que las disposiciones con las que nos acercamos a Jesús Sacramentado, reflejen nuestra Fe en su presencia real y cons-ubstancial en la Eucaristía. El mismo Catecismo dice lo siguiente, "Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped" (1387).

En la Misa Tridentina, nada hace falta de respeto a la reverencia debida a la Eucaristía. Todos se acercaban a comulgar con el mayor recogimiento. Todos sin excepción, recibieron la comunión de rodillas y en la boca. Se sentía el fervor, y sé sabia que esa gente realmente estaba consciente de lo que hacia. A nosotros nos queda mucho por hacer. Tal vez, no sea posible en muchas parroquias, arrodi-llarnos al recibir la comunión pero si es posible demostrar por nuestra actitud corporal, nuestra fe en la presencia Real de Jesús. Tal vez, se necesita reconsiderar la norma establecida de recibir a Jesús Sacramentado en la mano.

Este año jubilar es un año de reconocer nuestra humildad, e impotencia, y de darle la gloria y honor a Dios. Es nuestro deber de reconocerlo y podemos comenzar por darle al Señor su debido respeto al recibirlo en la Eucaristía.
Alex Picazo
Chula Vista, CA