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SIN AZÚCAR,
POR FAVOR

Por Alfredo Ortega-Trillo

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SIN AZÚCAR, POR FAVOR
Noviembre 2006

"EL MUNDO NO NECESITA MUROS SINO PUENTES"

A 17 años de la caída del muro de Berlín el senado de los Estados Unidos ha votado porque se levante un muro fronterizo entre ese país y México. Cierto que el primero era para que no salieran y el segundo para que no entren; en el fondo los muros sirven para lo mismo: dividir a los que están adentro de los que están afuera.

En algún momento de nuestra línea genealógica todos hemos buscado un destino al otro extremo del camino, de otro modo no estaríamos aquí. Los pasos de la historia los han dado muchos pasos que llegaron caminando de otras tierras en busca de una vida promisoria. La historia está llena de migraciones y, de alguna manera, han sido las migraciones las que han hecho la historia, pero el 30 de septiembre pasado el senado norteamericano, con ochenta votos de cien senadores, tomó la decisión de levantar el muro que separaría definitivamente a los Estados Unidos de México. A través de esta decisión, el senado de los Estados Unidos ha exhibido su estrechez de criterio al confun dir con un problema de seguridad nacional lo que es un fenómeno social inherente a la historia de la humanidad.

No le queda a México reclamar por un derecho soberano de los Estados Unidos a encerrarse en sí mismos. Podrán excluirse de la historia y del mundo si quieren, pero es imposible dejar de reconocer que por encima de ese derecho jurídico que está de su lado habrá siempre un derecho superior de orden natural inherente a la libertad de todos los seres humanos de vivir donde quieran. Por eso, habrá ilegales indocumentados al norte de la frontera, pero nunca esa ilegalidad los hará delincuentes, y cada vez que se intente criminalizar su estatus será cometer una injusticia contra ellos, porque el verdadero crimen ya lo ha cometido la ley que está contra ese derecho superior e inalienable de migrar, y al que se refirió Juan Pablo II cuando exhortó a todas las diócesis del continente americano a unirse contra las restricciones de cada persona a moverse libremente dentro de su propia nación y de una nación a otra (Ecclesia en América, 236).

En el mensaje del muro al mundo quedará siempre la marca indeleble de la traición a la espiritualidad cristiana del pueblo norteamericano, porque la enseñanza de Jesucristo y su ejemplo de vida no fue el de la comodidad económica ni el de la seguridad salvaguardada sino, muy lejos de todo eso, el de la práctica del amor al extremo del sacrificio. "Buscamos despertar en nuestros pueblos la misteriosa presencia del Señor crucificado y resucitado en la persona del migrante". Eso es lo que decía en uno de sus párrafos la carta pastoral del 23 de enero de 2003, promulgada por aquella convención de obispos norteamericanos y mexicanos sin precedentes en la historia. La carta se tituló: "Juntos en el camino de la esperanza", y aunque bien habrían merecido aquellas palabras haber quedado impresas en oro para la posteridad, el curso de los acontecimientos parece que las empolvará en el olvido.

Al doblar el milenio se nos llenaba la boca con el discurso eufórico determinista de la globalización e imaginábamos que nos hallábamos todos en el umbral de un fenómeno nuevo que nos conduciría hacia la homogeneización de un progreso democratizador en todo el planeta. Algunos en México incluso llegaron a creer que el Tratado de Libre Comercio iba encaminado en esa dirección y hasta ilusamente creyeron que ya faltaba poco para que desaparecieran las fronteras entre Canadá, Estados Unidos y México. En la práctica desaparecieron sólo para los productos comerciales. La reciente decisión del congreso norteamericano de levantar el muro fronterizo ahora nos restri e ga en la cara que las personas no estábamos en el plan y que, muy por el contrario, la distancia entre Estados Unidos y México en lo particular y entre los países del norte y los del sur en lo general, cada vez será más grande, pero no solo en el espacio dividido con cercas y muros, sino también en el tiempo. Mientras en el norte se dan pasos agigantados hacia el futuro de vuelos sub espaciales, en el sur, cada día es más probable que muchas de las personas que aún no han nacido mientras lee usted esta columna, nunca se subirán a un avión, ni tendrán una computadora.

Juan Pablo II lo dijo muy bien: "El mundo no necesita muros sino puentes".