La Cruz de California

SIN AZÚCAR,
POR FAVOR

Por Alfredo Ortega-Trillo

SIN AZÚCAR
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SIN AZÚCAR, POR FAVOR
Mayo 2006

"A ESA MUJER"

El otro día una mujer llevando al hijo empujaba un carrito en el mercado. Ya has visto la escena tantas veces. Ella, en lugar de limitarse en silencio a la simple tarea material de llenar el carro y pagar, entabla conversación con el chico que supongamos se llama Juan Ignacio:

"De este no vamos a llevar hoy Juancho, la otra vez a tu hermano le salieron ronchas... y ya veremos si el Napo se come esto". Y tú no puedes saber que a Franco -- el hermano -- le pican unos mosquitos por las noches a causa de una ventana que no empalma ni que Juan Ignacio tiene un perrito chihuahua que se llama Napoleón, al que el niño está enseñando para que haga sus necesidades en un cuadrito de arena en la esquina del cuarto junto a unas cajas.

Pero oyes a la mujer hablar y te das cuenta que así como va por el mercado hablando con el hijo sobre el destino que llevará aquello que se compra, relacionando cosas, personas y circunstancias, va también, a lo largo de toda una vida, humanizando el mundo con sus observaciones y comentarios; suavizando en el filtro de sus emociones y afectos todo lo que pasa por su corazón y por sus manos.

Y entonces recuerdas haber leído alguna vez que una tal Simone de Beauvoir proponía en Francia que la mujer huyera de la "trampa de la maternidad".

Mientras subes al coche con tu caja de granola piensas que el engaño del feminismo fue haber hecho creer a la mujer que la maternidad era un obstáculo para su realización personal, como si esa realización hubiera estado en los rascacielos -- talvez detrás de un escritorio -- y no junto a la cuna donde se viene meciendo desde hace siglos el futuro de la humanidad.

Te preguntas si, en todo caso, la sociedad, lejos de repudiar la maternidad no debería más bien, reconociendo el alto servicio que ella ofrece por sus contribuciones a la especie, otorgarle mejores fórmulas laborales traducidas en beneficios de variada índole.

La madre, portadora de valores sociales, morales y religiosos, es también quien los transmite, educando para la vida. Ella, el único ser a quien una vida nueva se confía y abandona para llegar a ser, es también la primera en señalar la altura moral a la que se deben alzar los actos de sus hijos; la evangelizadora primera, la que les enseña a ellos que también son hijos de Dios.

Piensas de nuevo en las feministas, y lo que podrían haberse ahorrado haciéndose a un lado para dejar pasar a la mujer que llevaba en su seno, en sus manos o en un carrito de supermercado la generación que sigue.

En el carro prendes el radio y te enteras que es el diez de mayo «qué casualidad», piensas. Coincides con el locutor en que pocos hechos suscitan emociones tan sublimes como la maternidad.

Recuerdas que una vez copiaste unos versos ofrendados a la madre (de los más hermosos que has leído) que escribió el padre Guillermo Mariani de la parroquia de Nuestra Señora del Valle, en Córdoba, Argentina; y decides compartir con tus lectores la primera estrofa:

Tu vida floreció cuando mi cuerpo / traspasó las barreras de tu cuerpo. / Hoy mis labios florecen con tu nombre / henchido de fragancias / traspasando la aridez de esta lucha inclemente / por la vida, / que deja tantas veces el corazón afuera.

A ti también te pasa con la maternidad que las palabras se te quieren ordenar en verso, pero como no eres poeta hiciste mejor una canción y la quieres compartir ahora con tus lectores:

"Los invito a que la escuchen en la página que tengo en Internet: www.myspace.com/dakore. El arreglo y la voz son de Yorch Villalobos, la música de Clayton. A mí me corresponde la letra: A Esa Mujer. Con un poco de suerte la estarán tocando por estas fechas algunas estaciones de radio". Como eres tan poco original acabas diciendo: "espero que les guste".