Por Alfredo Ortega-Trillo
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Noviembre 2005
A PROPÓSITO DE MUERTE DIGNA, MAR ADENTRO
A principios de año la película española Mar adentro, dirigida magistralmente por Alejandro Amenábar y soberbiamente protagonizada por el formidable actor Javier Bardem prometía ser una apología a la eutanasia. Que muchos espectadores opuestos a esta práctica hayamos salido de las salas de cine más convencidos de nuestra posición después de ver la película, lejos de desacreditar el efectismo de la cinta, lo que demuestra es la honestidad exquisita de los realizadores al exponer los argumentos contrarios a su tesis sin reducirlos a ridiculizaciones gratuitas ni deslegitimaciones fasilistas; demuestra también un tratamiento con dignidad dramática de esos argumentos. La tirantez argumental entre opuestos es de hecho una virtud cinematográfica garante de la tensión dramática que hace a las buenas novelas y a las buenas películas.
No es el propósito de esta columna emitir juicios de valoración estética sobre el filme, si acaso un modesto homenaje. Pero quiere ser, más bien, un repaso de algunos argumentos que, a mi juicio, dejan en el espectador de la película más motivos para estar en contra de la eutanasia que a favor de ella.
Esta es la historia: Ramón San Pedro lleva paralítico en cama la mayor parte de su vida después de un accidente sufrido en la temprana juventud. Aunque se encuentra rodeado de más amor del que el común de los mortales que van a dos pies por la vida podrían soñar con tener, Ramón se quiere morir: "Quiero morir porque vivir así en este estado, la vida no es digna". Dejando de lado la respetabilidad del juicio del protagonista (a quien no le gusta ser juzgado, según da muestras fehacientes a la conservera Rosa), deja de ser respetable en el te rreno de la ética universal. Aquí uno se pregunta si realmente la vida depende de que ésta posea o no ciertas cualidades para ser digna. Desde el punto de vista de la ética la vida es un valor en sí mismo y el acto mismo de vivir es asumido, desde la fe cristiana, como una gracia.
Cuando Ramón San Pedro expresa "Aceptar la silla de ruedas es aceptar migajas de lo que fue mi libertad" es muy libre de decirlo, pero exhibe una actitud de arrogancia que pudiéramos traslapar a cualquier otra limitación de la vida, dado que en esta tierra a nadie se le prometió el paraíso, aunque se nos haga creer que los personajes publicitarios vivan en él tomando tal cerveza o vistiendo tal marca. Lo cierto es que cada quien lleva su propia cruz, y las hay de todos tamaños. El asunto no se puede relativizar al tamaño de la cruz para decidir si una vida es digna o no. El principal problema de nuestro protagonista y de todos los que llevan una cruz tan grande como la de él es ignorar una verdad que escapa a su corazón sin fe: el valor salvífico del sufrimiento, mediante el cual unimos nues tros dolores y miserias a la agonía de Jesucristo en la cruz. El sufrimiento vivido en ofrenda llena de sentido y significado a la vida y la llena, desde luego, de dignidad.
Independientemente de la postura que se tenga frente a la eutanasia, al final de la película es innegable el amargo sabor a traición que deja la muerte del personaje Ramón hacia el amor de su familia. Cuando la partida de Ramón cobra visos de despedida el finísimo trabajo de dirección de cámara pone meticulosamente en relieve los rostros dolorosos de la traición en cada uno de los familiares enfrentado al desprecio de su amor por la decisión suprema, definitiva y egoísta del enfermo. Cómo olvidar el gesto impotente del hermano mayor presenciando aquella partida sentado en la barda con las piernas juntas y las manos sobre una rodilla, y cómo pasar por alto la mirada de Ramón, derrotada por un instante, en que se vuelve hacia abajo.
Al término de la cinta uno se pregunta si la "muerte digna" de Ramón realmente vale la tristeza que deja en su familia; uno se pregunta si vale la pena esa muerte por esa frase desgarradora del padre: "Solo hay una cosa peor que se te muera un hijo: que quiera morirse".
Lo que Ramón San Pedro quiere es una "muerte digna", una muerte que terminara con su vida rápidamente y sin dolor, mediante la eutanasia. Y a propósito de una muerte así, unos meses después del estreno, un hombre de carne y hueso daba ejemplo al mundo de una muerte realmente digna. Desafiando a una sociedad obsesionada por la salud y el vigor, Juan Pablo II protagonizaba su propia muerte, muriendo decrépito y frágil, transido por todos los dolores y con las botas puestas. En su última lección nos enseñaba que la muerte no tenía que ser rápida ni carente de dolor para ser digna; nos enseñaba que la verdadera muerte digna era la muerte solidaria en el dolor, la muerte acompañada por los seres queridos, como los millones que lo acompañamos alrededor del mundo, despidiendo en silencio al Papa Peregrino en la partida a su último viaje.
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