La Cruz de California

SIN AZÚCAR,
POR FAVOR

Por Alfredo Ortega-Trillo

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SIN AZÚCAR, POR FAVOR
Marzo 2005

LOS SUEÑOS ESTÁN DONDE COMIENZA EL ARCO IRIS; LA FELICIDAD, A MEDIO CAMINO

Si quisiéramos comenzar el año abriendo los ojos a un sueño, no me equivocaría afirmando que este sueño no puede ser otro que el de la felicidad.

La felicidad es el sueño que todos querríamos hacer realidad. Pero soñar lo mismo cuando lo mismo no alcanza para todos aquí no tiene otra lectura que habernos equivocado de sueño, porque la felicidad verdadera no puede entrar en conflicto con la felicidad ajena. Si mi felicidad se opone a la de los otros, es que no es felicidad. Por el contrario, la felicidad es complementaria: se nutre de la felicidad de los demás. La vida está llena de ejemplos. ¿De qué otra forma explicarse que una madre subordine su felicidad a la de su hijo? ¿Es que hay esposo o esposa más feliz que aquél o aquella que sabe hacer feliz a su cónyuge?

Pensar en una felicidad que no funcione de esta manera es equivocarse de felicidad, es confundir la felicidad con otras cosas: la riqueza, por ejemplo, el poder o la manipulación de voluntades ajenas.

La felicidad no se deja aprehender dada su condición jabonosa. Mientras más la aprisionamos más se nos resbala. Si la buscamos en los asideros de la riqueza se nos escapa de las manos para tomarnos en las suyas, así nos encontremos tan pobres como la cigarra de la fábula, si en pos de la riqueza hemos ido a buscar más lejos que la hormiga.

Yo vi una vez la felicidad tomando mate en el cordón de la vereda (al filo de una banqueta) en la argentina destrozada por la crisis del 2001. Eran un padre, una madre y unos hijos departiendo la simple y llana dicha de sentirse "juntos" en aquel quicio humilde que era el de su puerta.

Como éste podría citar muchos ejemplos. Y en todos ellos brilla el mismo común denominador: el amor. San Agustín decía: "Ama y has lo que quieras." Su divisa moral es práctica pura. Si todos la viviéramos no habría necesidad de leyes con su séquito de diputados corruptos. Amar y hacer, subordinando este hacer al amor, es aplicar la fórmula universal de la felicidad, pues todos nos regiríamos voluntariamente por el mismo precepto de hacer el bien a los demás, tan ajeno a éste otro del gandallismo que domina hoy el estado de competencia darwiniana en que vivimos. Decididamente, no habría necesidad de una selección natural para mejorar la especie, puesto que el tabulador de la mejoría ponderaría parámetros muy distintos a la fuerza y al dominio. Mediría, más bien, los grados de bondad y sacrificio, las gradientes del amor en nuestras vidas.

Y a propósito de andar, ya que vamos por marzo en pos de nuestro arco iris, es tiempo de reconocer cuán poco se parece el amor a los zapatos, que mientras más se lo usa menos se gasta. Ciertamente, el amor está hecho para crecer andando; la felicidad, para vivirse ahora, si es que andando vamos sabiendo amar.