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SIN AZÚCAR,
POR FAVOR

Por Alfredo Ortega-Trillo

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SIN AZÚCAR, POR FAVOR
Febrero 2005

LA NOCHE QUE ARDIÓ LA COMPASIÓN

Lo de Tláhuac no fue una acción concertada sino una metamorfosis, algo que nadie sabía hasta dónde podía llegar, y que fue creciendo hasta convertirse en la tragedia más triste y televisada del año en México.

Las causas no fueron la pobreza ni el analfabetismo, tampoco fue la desconfianza en el estado de derecho. La compasión, el sentido de humanidad más elemental que existe, por el cual somos capaces de vernos en "el otro" y sufrir junto con él su propio dolor, va primero que la condición social, que la educación, y que el traído y llevado estado de derecho. Lo que faltó fue compasión, esa que diariamente practican los pobres con otros más pobres; esa que practicaron los analfabetas indígenas americanos en un atracón de pavos con los colonos hambrientos del Mayflower tras desembarcar en este continente; la misma que practicaba el buen salvaje de Rousseau mucho antes de que el Estado se erigiera como institución de derecho.

Cuando la estudiante Elizabeth Soria expresa en entrevista a La Revista: "Yo no creía que el ser humano fuera capaz de no tener compasión," ha debido decirlo por todos.

Las causas verdaderas habría que buscarlas en el frenesí criminal, en el gozo desorbitado de matar por matar, en la falta de compasión.

A propósito de los soldados estadounidenses que torturaron en Irak, la revista Science declara que la gente prefiere a su propio grupo y fácilmente puede ver a los otros como amenaza. Por lo que se ha visto por televisión, basta el detonador de un rumor: "si se dice, eso es suficiente" (como declararon sin ningún remordimiento algunas mujeres en Tláhuac al día siguiente de la tragedia), para que esa amenaza sofoque la compasión y la turba se convierta en feroz animal.

"Bajo la psicología del cazador cesan los derechos del atrapado," opina Monsiváis. Intentando explicar lo que parece inexplicable, el celebrado pensador agrega que el frenesí criminal funciona como cemento para la unidad y cohesión del grupo linchador. Desde luego, todas estas son muy válidas explicaciones desde el terreno de la psicología social, lo que no las hace, de ningún modo, justificaciones.

Aunque pareciera que el crímen cometido por muchos no fuera culpa de nadie, los culpables somos todos, comenzando por los asesinos materiales y esa turba cobarde de mirones extasiada en la crueldad.

"Si por mirones somos culpables, llévense a todo el pueblo," gritó una mujer desaforadamente cuando la policía se llevaba a su marido detenido al día siguiente de los crímenes. Ojalá se los llevaran a todos. Y ojalá, de pasó, les hicieran un campito a los camarógrafos de la televisión, que antes de asumirse como tales deberían reconocerse seres humanos, que si no tenían madera de héroes al menos sí debían tener un poco de respeto hacia las víctimas y a sus familiares, y a los millones de televidentes a los que, ufanándose con aquello de "estar en el lugar de los hechos," los obligaron a ser partícipes impotentes de la tragedia, culpables sin propósito de ver y tener que ver morir junto a las víctimas de Tláhuac una luz de esperanza en la humanidad.

Y, a propósito del Estado de derecho, la responsabilidad de esta tragedia es de la autoridad oficial cuya razón primordial de existir fue, desde su origen histórico, garantizar la seguridad y la integridad de los ciudadanos. La responsabilidad es de las máximas autoridades policíacas de ambos niveles de gobierno que, en su momento, no tomaron las decisiones que debieron por la cobardía administrativa de no atreverse a exponer políticamente a sus respectivos jefes ante un fenómeno de insospechadas consecuencias. Uno esperó que el otro diera el primer paso y en la espera se quedaron parados.

Mientras López, el gobernador del D.F., al que la única parte que le había preocupado de la tragedia había sido que "no se politice" con ella, andaba de gira por Veracruz promoviendo su libro, el presidente de la república destituyó de sus cargos a Ramón Martín Huerta, Secretario de Seguridad Pública, lo mismo que al almirante José Luis Figueroa; y dio 72 horas al gobernador del D.F. para que busque al sustituto de Marcelo Ebrad, secretario de Seguridad Pública del D.F.; ninguno de quienes, dicho de paso, tras la ineptitud exhibida, había mostrado siquiera la entereza moral de ofrecer una disculpa pública.

Pero hay algo bueno en las cenizas. Lo mismo que esa noche ese pueblo perdía, lo ganaba al día siguiente el resto de la sociedad. Consternada, horrorizada, humillada en la impotencia, enlutada, la sociedad reconocía en el dolor ajeno el dolor propio. La compasión crecía en el corazón de los hombres.