Por Alfredo Ortega-Trillo
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SIN AZÚCAR, POR FAVOR
Julio 2004
"LA SOLEDAD DE CAÍN" Es difícil reprimir la indignación que me produce la barbarie del ejército invasor contra un pueblo cuyas presuntas armas de destrucción masiva resultaron ser sus propias uñas. Desde marzo del año pasado argumentos no me faltan para también sumar las mías contra la propaganda de quien verdaderamente ostenta esas armas, pero no dedicaré esta columna a ese debate, sino a un aspecto de la condición humana que en el contexto de esa invasión y al calor de la barbarie ha terminado aplastado debajo de la bota militar lo mismo que debajo de la sandalia aguerrida: el sentimiento de la compasión. La joven soldado sonriente de la foto con el pulgar hacia arriba posando junto al cadáver de un iraquí traspasa cualquier posición en torno al conflicto y nos arranca a todos hacia una dimensión mucho más trágica, donde lo que está en juego ya no es una guerra sino la condición humana. Lo que hace de esta fotografía una experiencia tan perturbadora no es el cadáver del iraquí sino, frente a su mortuoria dignidad impasible, la dulce sonrisa de la joven. Resulta increíble que con esa sola sonrisa, esa muchacha haya podido perturbar en nosotros toda la iconografía de la feminidad asociada a la compasión, la piedad, la entrega generosa... al amor. Desde la página del periódico que en que la hayamos visto, esa sonrisa no ha podido menos que dejarnos pasmados frente a una olímpica incapacidad de respeto y compasión. El horror de esa visión que forma parte ya de los fantasmas de nuestro tiempo ha tenido que dejarnos en la conciencia un pedazo de hueco donde falta el otro, el prójimo, el semejante, que haría falta para que esa joven de la fotografía asumiera la tragedia ajena y la hiciera propia. Pero cuando se está incapacitado para reconocerse en el otro, aun por encima de cualquier género de diferencias, y aunque ese otro fuera un prisionero indefenso, se está, de principio, imposibilitado para experimentar ese sentimiento tan cristianamente humano que es la compasión. Frente esa fotografía, qué lejos resuena el eco de aquella hermosa frase de Paul Celan y tan profunda: "Soy tú cuando soy yo". Como bien ha dicho Alfonso López Quintás, somos seres de encuentro. Por eso la verdadera tragedia de nuestra sociedad no puede consistir en otra cosa que en la soledad a que nos condena nuestra incapacidad de reconocernos en el otro. Sin compasión no sólo condenamos al semejante en quien no hemos sido capaces de reconocernos sino que, de antemano, esa misma incapacidad ya nos ha auto condenado al castigo de Caín de cargar con nuestra soledad a cuestas hacia una errancia sin fin. Si, como escribía Borges, todos somos en cada uno y cada uno es portador de la especie, no podemos menos que sentirnos desoladamente abatidos frente a esta fotografía que de alguna manera nos refleja como sociedad; especialmente por cuanto la sonriente de la fotografía es una mujer, congénere de esa mitad de la humanidad que históricamente ha sido receptáculo natural de los códigos morales de todas las sociedades. Si Dios nos prestara sus ojos, probablemente miraríamos con compasión estas multitudes nuestras que hoy llamamos sociedades. Veríamos con compasión precisamente ese orgullo tan grande con que escondemos nuestras debilidades más íntimas; pero que a los ojos de Dios no podemos ocultar; ese orgullo que, privándonos del encuentro con nuestros semejantes, nos va distanciando cada vez más, convirtiéndonos en seres cada vez más irredimiblemente solos. Pero tenemos que ser optimistas, si aun no fuera por convicción, por obligación: es nuestro deber como cristianos. Es nuestro deber hacia nuestra propia vocación humana el seguir intentando la práctica de reconocernos en el que ha venido a estar junto a nosotros, como en un momento estuvo junto al samaritano aquel hombre que fue asaltado y herido por los ladrones. Sólo si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo...; sólo si fuimos movidos por compasión, seremos bienaventurados.
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