SIN AZÚCAR,
Diciembre |
'George y Osama en una isla'Por Alfredo Ortega-Trillo (alfredo_91950@yahoo.com) Les digo que aún queda una taza de café humeante en el fondo de un local de Imperial Beach en esta orilla del Pacífico, en esta orilla de la frontera entre el Norte y el Sur, porque el mundo, a pesar de las filas de dos y tres horas para cruzar a Estados Unidos, se encogió como ese sol chiquito, como esa naranja del crepúsculo que va flotando a la deriva en el mar, mientras afuera pasa un muchacho en patineta tirado por un perro, y la cabeza del periódico en mis manos dice: "America under attack". Y mientras doy el primer sorbo me vuelve el calor al cuerpo, que había perdido en el agua fría, a donde había ido a zambullirme después de hundir los pies descalzos en la arena. Y cuando corría por la playa, una pareja me dio su cámara para que los fotografiara junto a su réplica de arena que habían construido de las torres del World Trade Center, que ayer se desmoronaron como si fueran de arena. Juntaron él y ella las mejillas detrás de las torres, a cuyo pie habían escrito con el dedo: "God Bless America". A través del visor mi mente voló muy lejos, y lo que yo encuadraba era un grupo de chiquillos semidesnudos junto a un viejo que miraba al cielo. En la pared de fondo alguien había escrito: "Alá proteja a Afganistán". Aunque desconozco esa escritura, supongo que eso decían los caracteres que imaginé en esa pared. Que dónde estaba Dios cuando lo de las torres, decían en la radio. En el fuelle de ese acordeón de horror en que se convirtieron al venirse abajo, estaba; en los aviones que se venían de proyectil con su gente invocándolo desde las ventanillas, estaba; en las montañas de Afganistán, estaba; en esta misma mesa de café. ¿O qué se creen los medios de comunicación, que sólo ellos tienen el poder de ubicuidad? Dios, que está en cada corazón humilde que lo llama, expulsó a Satanás del cielo, pero lo dejó suelto, y a nosotros, que nos prometió el cielo, no nos lo prometió en la tierra. Nos dijo, sí, que nos amáramos los unos a los otros. Y en eso andamos, en lo de amarnos y odiarnos. Pero Dios no nos olvida ni en la escandalosa paranoia del ántrax, ni en el estallido de la bomba que por error destruye una familia en Afganistán. No nos abandona, pero respeta nuestra libertad de amarnos o de hacernos trizas. De amarnos, porque a pesar de la frialdad proverbial de New York, su rampante individualismo, en el ejercicio de la ayuda y el sacrificio de tantos voluntarios, también se vino abajo; de hacernos trizas, porque nos estorba el costalote de pasados colectivos, de banderas, de credos, de lenguas, de razas, de patrias atravesadas arbitrariamente en la geografía y de mil nociones contrapuestas que inventamos en las ansias por fabricarnos una noción de nosotros mismos, como si eso de ser hijos de Dios y simplemente hermanos no nos fuera de suficiente arraigo. Pero no hay como una zambullida en esta porción helada del Pacífico; de saltar y desaparecer bajo una ola y el estertor de la espuma, conteniendo la respiración hasta una isla, con su sol clavado en el cenit, sin puntos cardinales. Y hasta esa isla, tan lejos del mundo, llegaron dos náufragos. Salieron a rastras sin biblias ni coranes ni bombas ni aviones suicidas. Hasta la tejana y el turbante se les habían ido en el agua. Lavados incluso de los apellidos, hambrientos y cansados, dieron con sus huesos en la playa: George y Osama. God! Alá! Exclamaron exhaustos, los dedos clavados en la arena. Liarse a golpes o darse la mano o juntar las mejillas a la manera oriental eran cosas que, ya sin cámaras, debieron parecerles ridículas, puesto que no lo hicieron, sino que trazaron en la arena una raya entre los dos. Sentados en silencio miraban al horizonte. George fruncía el entrecejo y apretaba la boca y Osama se pasaba el envés de una mano lentamente por las barbas escurridas. La cosa de los idiomas no era gran cosa, pues en ese lugar sólo había una la isla, un cielo, un sol, una palmera y un coco; y todo eso se lo podían decir señalándolo con el dedo. Así que George señaló el coco en la palmera. Osama señaló el cielo. Hermanos en el hambre debían aguantar juntos el ayuno, pues no había forma de alcanzar el coco sin que uno sirviera de escalera al otro. El Cielo, ese coco del alma tenía lontano ascendente en esas inclinaciones del hombre desprendidas de la mera utilidad y expresadas en la religión y las artes y, por último, en las culturas y tradiciones de los pueblos. Pero para ayunar había que existir y tarde que temprano debían alcanzar el coco para comerlo. Al pie de esa palmera Osama se irguió con George sobre los hombros. George confeccionó una sierra afilada con conchas y con ella abrió el coco. La Tierra, ese coco del cuerpo se remontaba a la misma existencia. Había que someter a la naturaleza para ponerla al servicio del hombre, y no sólo comer, sino también vestir, y hacer la vida más cómoda y placentera, aunque el mismo comer no alcanzara para todos. Pero esta vez los dos comieron y luego se quedaron dormidos los cuerpos y las almas. Y dormidos soñaron, uno en cielos y otro en paraísos con cocos, y mientras soñaban, la marea iba borrando esa raya entre los dos. Pero como no es posible contener la respiración por tanto tiempo, se saca la cabeza de la espuma. Y el sol va cayendo hacia el ocaso. Y se vuelve hasta esta mesa junto al periódico. Bin Laden: "No admite el atentado pero lo celebra". Bush: "I want justice". Para Bush era fácil vender la guerra: "el ataque contra Estados Unidos se hacía contra la democracia y la libertad". Pero quizás debiéramos agregar el calificativo: "a la norteamericana". Tal vez Afganistán es el escenario de la última reacción espiritualista contra el materialismo, primero del marxismo ateo (guerra contra Rusia) y, ahora, contra el materialismo capitalista encabezado por los Estados Unidos en nombre de la globalización. Se vuelve a lo mismo: tierra y cielo, cuerpo y alma, modernidad y tradición; Norte y Sur... "Amaos los unos a los otros". ¿Había algo más que decir?
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