SIN AZÚCAR,
Por Alfredo Ortega-Trillo |
'Una billetera en el mar'Dicen que vida sólo hay una, pero la verdad es que los gatos tendrían más de siete razones para envidiarnos. Todos somos sobrevivientes de muchas muertes, aun antes de que nuestra vida empezara, cuando el espermatozoide primigenio, entre millones que murieron en el camino, fecundó el óvulo. Después la vida se nos fue regalando día a día todos los días, mientras una mano misteriosa nos iba apartando de los "hubieras" o "hubieses" hipotéticos que, habiéndolo sido, nos habrían costado la vida desde hace mucho tiempo: un haber cruzado una avenida un segundo antes o dos después, por ejemplo. Y cuántas otras veces, aún habiendo estado en el lugar y en el momento de una muerte prematura, salimos vivos y a veces aún ilesos. "Milagrosamente", añadimos, y con razón. Ciertamente no todos hemos tenido la misma suerte. Mucha gente muere de forma inesperada en accidentes todos los días. Gente buena, más buena que nosotros. Pero también es cierto que no existen accidentes para Dios, amo y señor de la vida, que nos la da y nos la quita, pero no del todo, sino que nos la cambia por una vida plena y eterna, que también nos otorga como un regalo. Mas sólo Dios conoce el lugar y la hora de cada uno. Mientras tanto ¿quién de nosotros que, habiéndose asomado al precipicio desde los linderos de esta vida, sorteando tantas muertes prematuras, no tiene una anécdota que contar? ¿Y quién, al contarla, no es capaz de ver en esa anécdota el mensaje de la providencia que le haga discernir el sentido transitorio de esta vida, y le haga volver a nacer desde esa experiencia con renovadas esperanzas para reasumir su destino con un sentido cristiano? Supongo que ustedes y yo podríamos contar varias anécdotas de este tipo, pero no hace falta ponerse trágico para ver la mano de Dios en lo que nos rodea y pasa. Imagínense, por ejemplo, el caribe, la inmensa turquesa líquida desde la arena al cielo. Una vez, cuando yo tenía 18 años ni siquiera lo tuve que imaginar, lo tenía allí delante, el océano invitándome a entrar. Llamándome, gritándome. Corriendo me deshice del calzado y me quité la camiseta. Y en aquellos pantalones cortos en que llevaba la billetera con todos mis documentos y el dinero mío y de mi hermano me lancé contra la primera ola. Al salir, horas más tarde, me busqué la billetera, pero ya era muy tarde. Volví a esculcarme: Nada, no había nada, y en realidad no había mucho dónde buscar. Era sólo un bolsillo y estaba vacío. O, tal vez, era demasiado, era el océano. Así que mientras mi hermano buscaba entre las rocas de la orilla por buscar, yo, que llevaba un visor puesto, me sumergía en el agua, también por buscar. Un metro de distancia por cinco segundos de claridad. Lo que duraba la claridad del agua entre ola y ola con su arena revuelta y lo que me alcanzaba la vista bajo el agua. Tras la tercera zambullida me arranqué el visor y me miré a mí mismo de pie, en medio del mar. Me di cuenta de que era yo contra aquel músculo infinito y azul con voluntad propia y siniestra, estrellándome la espuma de su oleaje en la cara. Entonces divisé a mi hermano que seguía buscando en la orilla entre las rocas, sólo por seguir buscando, y a mí se me nubló la vista. Porque sabía que yo también buscaba sólo por buscar. Una vez más contuve la respiración, me sumergí y en el silencio bajo el agua sentí más cerca el oído de Dios: "Señor, es verdad que yo no puedo encontrar la billetera, pero Tú sí". En las siguientes zambullidas completé tres padrenuestros y entonces me inundó la certeza de encontrar la billetera, aunque estaba seguro de que no sería por mí. Lo que sucedió entonces yo lo cuento como un milagro, y no tanto por el hecho extraordinario que estoy a punto de narrarles, que sé que igual ustedes ahora se lo podrían acreditar a la casualidad si quieren. Lo cuento como un milagro, sobre todo, por aquella convicción que yo tenía de encontrarla. Y es que existe una diferencia muy grande entre un milagro y la casualidad. La casualidad es aleatoria, pero el milagro no; sino que parte siempre de una certeza que llamamos fe. Y en ese momento imposible yo tuve esa certeza. Sin saber cómo, estaba seguro de encontrar mi billetera. De pronto el mar se encrespó y los salvavidas ordenaron con altavoces a los bañistas que se recorrieran hacia el costado de una bolla. Yo fui el único que no obedeció. Yo seguía buscando, ya no por buscar, sino por cumplir con el "ayúdate que yo te ayudaré". Al poco rato, y viendo que no me retiraba de la zona sobre la que ya habían izado bandera roja, el altavoz me seguía ordenando que me saliera. Tal fue la atención que dirigieron hacia mí los salvavidas a gritos y señas que muchas personas que había en la playa se fijaron en mí. Entre ellos un joven matrimonio de turistas. Me habrán divisado con el agua arriba de la cintura, clavándome con la cabeza por delante una y otra vez, como si buscara algo. Finalmente un salvavidas entró al mar y me ordenó a la distancia de un grito que me saliera. Yo me dirigí a él con el propósito de explicarle el motivo de mi intransigencia, pero él se adelantó y me dijo que unas personas querían hablar conmigo. Detrás de él venía este joven matrimonio de Minnesota. Me acerqué y ellos se me quedaron viendo. Luego se miraron entre sí y él me preguntó mi nombre. Después me preguntó en inglés si se me había extraviado algo. Yo le dije que sí, y él me puso delante mi billetera. Tuve que fingir admiración y sorpresa para no desilusionarlos, habiendo tenido que contener hasta ese momento la alegría que sentí apenas supe que alguien quería hablar conmigo. Talvez ustedes, como yo entonces, quieran saber de qué manera obró aquel milagro. Una parte ya la saben: el oleaje se encrespó. La otra es que aquel mismo oleaje debió arrastrar la billetera hasta la orilla, sorteando ojos, manos y piernas de los cientos de bañistas que abarrotaban el lugar, hasta depositar la billetera suavemente en las manos de una pequeña, hija del matrimonio, que jugaba junto a un castillo de arena. Al tomar mi billetera, de la que aún salían hilos de agua, agradecí sentidamente a aquellas buenas gentes su honradez. En realidad yo le daba las gracias a Dios a través de ellos. Y al pasar junto a aquella niña de cabellos largos y dorados pensé en sus manos inocentes y dije: "God bless you little girl" y me guardé la billetera en el bolsillo.
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