SIN AZÚCAR,
Por Alfredo Ortega-Trillo |
Del Paraíso al sueño americanoSi los recursos naturales fueran ilimitados no existiría la escasez, y el derroche sería una palabra sin sentido. Pero Adán fue arrojado del Paraíso a la economía del trabajo y el mundo de la escasez, una escasez mal distribuida -- dicho sea de paso -- pues, a pesar de ella misma, existe un reducido sector de la población mundial que vive en la abundancia. Según el economista Saxe-Fernández harían falta cuatro planetas más como éste para que todos viviéramos bajo el estándar de vida de la clase media norteamericana. Es decir, que harían falta cuatro planetas tierra para que todos, hasta el último de los etíopes (quienes ganan en promedio menos de 25 centavos de dólar al día) tuviéramos dos carros en el garaje (y también garaje), horno de microondas, televisión, computadora, línea telefónica con conexión a Internet, celulares para cada miembro de la familia...; cuatro mundos como éste para que nadie recordara con nostalgia los apetitosos manzanos del paraíso de Adán. Ya desde 1793, el demógrafo y economista Thomas Robert Malthus había perdido su británica flema en un rictus de espanto frente a su desastroso pronóstico respecto de la desproporción entre el crecimiento poblacional, en aumento geométrico, frente al aumento aritmético de la producción de bienes y servicios. Naturalmente, fue el primer científico en proponer restricciones coercitivas al crecimiento poblacional. Según Malthus, desde el pedestal en que estaba parado de puntitas en la historia divisando hacia el futuro, este mundo de nuestros días ya está viviendo horas extras. Pero se le escapó al científico que el hombre podría multiplicar la productividad de su trabajo con el desarrollo creciente de la tecnología, y se le escapó también el sentido de la Providencia de Dios en la Historia, cuyo destino de Salvación va más allá de toda probabilidad y estadística. Tal vez sea verdad que el mundo no alcanza para todos o que el que no alcanza sea el paraíso clase mediero del sueño americano. Lo cierto es que, ante la relativa escasez de bienes y servicios y el correspondiente ímpetu natural de individuos y familias por obtenerlos, la sociedad se las ha arreglado para que, en medio de la rebatinga, no acabemos destruyéndonos como especie. A diferencia de las hormigas y las abejas, que ya llevan en los genes las normativas que condicionan sus interacciones para garantizar la convivencia colectiva y relativamente pacífica, nosotros hemos plasmado nuestros preceptos de acción en códigos y leyes, transcribiéndolos al papel directamente desde la razón, fuente del derecho natural. Escribir con letras de oro, por ejemplo, "La libertad propia termina donde empieza la ajena", puede ser un principio muy práctico y funcional para dirigir las acciones de los hombres en la promoción de una convivencia tranquila y ordenada, como es el caso de un deber que se cumple, pero no es dable esperar de estas normas el impulso que eleve al hombre por encima de sí mismo, que es a lo que, teleológicamente está llamado por su vocación divina que tira de él desde lo alto. Como cristianos no podemos conformarnos a actuar guiados solamente por la norma jurídica, dejando que ésta nos atore el corazón en la tierra, cuando estamos llamados a alimentar sueños más sublimes que el sueño individualista y egocéntrico de satisfacciones hedonistas auspiciado por el estereotipo del modelo más comercial que existe del paraíso: el sueño americano. Tal vez, recordando que fuimos expulsados del paraíso, debamos reinterpretar el sentido de esa expulsión y vivir de acuerdo con él, asumiendo esta vida como castigo y redención junto con Cristo. Si es verdad que el mundo no alcanza para todos, no es menos cierto que la escasez también es terreno fértil para que, de espaldas a la competencia, nazcan y crezcan la solidaridad y caridad cristianas, habida cuenta de que en un mundo abundante para todos, la caridad no se realizaría ni tendría razón de ser. Porque, contrariamente a lo que muchos creen, dar lo que sobra no es caridad, y no lo puede ser porque esta acción está basada en una premisa equivocada: el exceso. Y nadie, éticamente, puede tener en exceso en un mundo escaso sin haberle robado al prójimo en la repartición. En cambio, la caridad, para que se manifieste, necesita dos premisas: un mundo escaso y una necesidad compartida. Es decir, en la caridad no se da lo que sobra, porque éticamente no puede sobrar nada, sino lo que se necesita a aquel que lo necesita más.
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