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Por Alfredo Ortega-Trillo

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'Yo vi a Dios en la Coahuila'

A las palabras se les van pegando evocaciones de las cosas que nombran. Y pocas palabras han tenido tan mala suerte en Tijuana con estas añadiduras como la palabra "Coahuila", el estado norteño en el que nadie en esta ciudad piensa cuando se la pronuncia. Palabra cargada de estridencias estéticas y disonancias morales (por decirlo de alguna manera elegante). Pero lo cierto es que "coahuila" se hizo verbo en Tijuana sin ninguna implicación bíblica. De donde "coahuilear" es ir a la calle Coahuila y no precisamente para buscar a Dios. Pero he aquí (lo juro por esta columna) que a eso fui. A buscar a Dios en la Zona Norte de Tijuana.

Queridos amigos, les advierto que esta vez el café viene cargado. Habrán de disculpar.

A la Coahuila se puede bajar por la prolongación norte de la avenida Revolución. La pendiente es una metáfora de la gradiente moral a donde se supone que estamos descendiendo. "Será como buscar a Dios en el infierno". Me adelanto a ponderar mi osadía.

Acordeones de grupos norteños se mezclan con la tuba de las tamboras al crisol de una noche que a penas va naciendo, mientras la rueda de una carreta de mariscos revienta un charco de agua y las muchachas recargadas contra las paredes despliegan su piernerío de todos los calibres en sus falditas brillantes y diminutas. Calculo que a cada una de ellas le vienen tocando como diez metros de territorio. Cinco por costado. Y al que va pasando: "¿Vamos al hotel güerito?". (Y yo que me creía moreno). Entonces voy cayendo en la cuenta de lo difícil que será preguntarle a estas mujeres de Dios, así nomás, a boca de jarro. "Sí, como no, el otro día estaba comiendo almejas en la esquina". ¡Sólo a mí se me ocurre!

A ambos flancos de la Coahuila se levantan las fachadas coloridas de los edificios. Los bares abajo, sus hoteles escaleras arriba. "Se rentan cuerpos", muy bien podría exhibirse en alguna de esas paredes recubiertas de azulejos. Y hago un esfuerzo por reconocer los deslindes de la decencia y de la moral, en este bajo mundo, a donde llega la voz de un locutor que reconozco por el radio de una ventana entreabierta, y gracias a lo cual -- calculo --, no debemos estar tan lejos del otro mundo que dejamos hace una cuadra.

Voy penetrando la explosión de colores, sonidos, gritos, olores, sirenas de patrullas, y yo mismo me recuerdo que no puede haber tanta maldad en el mundo como la pintan "allá arriba" los que dictan los cánones de la moral o sea, nosotros, quienes, como yo ahora, nos adjudicamos el derecho de pontificar desde un periódico. Pero hoy más que nunca me engancho a la certeza de que eso de que en el fondo todos somos buenos, no debe ser sólo una frase optimista, sino justa y verdadera. Que, a fin de cuentas, será cuestión de escarbar... "hurgar en las almas", como decía un santo cuyo nombre no recuerdo.

Franqueo el umbral de una cantina. Afuera, un predicador protestante nos recuerda a grito pelado, Biblia en la mano, que estamos en el infierno (Lo cual no tiene nada de original, pues la cantina se llama así).

"¿Y siempre está ahí gritando?", pregunto al mesero, mientras se acodan frente a mí tres veinteañeras en la barra de al lado.

"A veces viene. ¿Qué te sirvo?"

"Agua".

"¿Agua?"

"Es que estoy trabajando".

"Pues por la pinta que traes no creo que vayas a conseguir mucha chamba por aquí. Así que tomas o vas pa' afuera".

"Entonces sírveme un vaso de tequila pero sin tequila. O sea que un vaso de agua y me lo cobras como tequila".

El primer intento es un rotundo fracaso.

Por supuesto que se inventó otro nombre como lo hice yo, y muy pronto descubrí que en ese mundo nadie iba a estar en el plan de contestar las preguntas de un extraño, y que si se le quiere preguntar de Dios a una prostituta se le tiene que hablar un día cualquiera en un mercado, pero no cuando está trabajando y lleva su nombre artístico. Es como un desdoblamiento de la personalidad (intenté explicármelo) mientras me empinaba mi segundo vaso de agua.

"¿En qué trabajas?"

"Hacemos televisiones". Fue lo primero que se me ocurrió. Estábamos en el mismo juego de escondernos.

"¿Y tú?"

"A pasear esto". Se lleva una mano al trasero, y comprendí la picardía del mesero.

"¿Y te gusta... tu trabajo?"

"¿Vamos al hotel?"

"No traigo dinero".

"Gracias por la cerveza mi amor".

El segundo intento.

Palabras más, palabras menos, llegamos igual a acorralarnos en las mismas preguntas con las mismas respuestas, a dos años luz de poder formular: "¿Crees en Dios? ¿Crees que Dios te quiere? ¿Cómo te sientes a los ojos de Dios? ¿Crees que a Dios le gusta lo que haces?"

En el cuello de una de ellas veo relucir una medallita como mi salvación. No me espero a que se acerque. Todas pedían una cerveza de siete dólares de entrada y a ese paso me iba a quedar sin entrevista en dos intentos más.

"¡Mesero, una cerveza para acá!".

"¿Qué medallita es esa?"

"¿Qué cosa?" Se la oculta en el escote, que casi no tenía.

"Tu medalla, ¿me la dejas ver? No seas malita. Yo tengo una que se parece".

"¿Sí?", dijo extrañada. "Vamos al hotel güerito" (otra vez güerito. A ese paso voy a salir gringo de aquí).

"¿Pero antes me dejas ver tu medalla?"

Viendo mi insistencia nos sentamos en una mesa de la esquina. Me mostró su medalla que era del Sagrado Corazón.

"¿Y qué significa?", le pregunté.

"Es un regalo", me dijo forzando una sonrisa.

"¿Tú crees en Dios?"

"¿Vamos a subir al cuarto?"

"Primero dime si crees en Dios".

Bajó los ojos a su vaso, como si Dios fuera un cabello flotando en su cerveza.

"Sí creo, ¿por qué?".

"¿Y cómo es tu relación con Dios? Quiero decir, si rezas alguna vez..."

"Algunas veces de noche rezo, ¿por qué me preguntas esas cosas?".

Ella supo que no íbamos a subir y yo que me iba a quedar con la siguiente pregunta en la boca. Le ofrecí los cuatro dólares que me quedaban al despedirnos de mano, pero no me los aceptó.

Afuera amanece. Al filo de la calle sobre un colchón duermen un hombre y un perro el sueño de los náufragos. Los últimos rescoldos de la noche se resisten al alba: un grupo norteño, "Los Alacranes", animado por una mujer que canta apoyada contra la pared, mientras por la bocacalle del callejón que obstruye un borracho dormido con sus piernas viene saliendo lentamente un pick up. El conductor lleva una sonrisa estúpida al volante. "¡Estás atravesado!". Le grita otro borracho, que a ese tiempo intenta ponerse en cuclillas para mover al primero, pero cae también al suelo, mientras el pick up sigue avanzando. "¡Que estás atravesado! ¡te va a pasar la rueda por encima!" "¡Déjame en paz!" "¡Estás atravesado!" Entonces el segundo, en un intento desesperado, se abraza a los pies del primero y consigue arrastrarlo apenas a un lado, al punto en que el pick up va pasando, la sonrisa estúpida al volante, despacito, a unos centímetros de los dos cuerpos. Ahí vi a Dios en la Coahuila, aunque no le pedí autógrafo.

Yo no sé hasta que punto la culpa de las prostitutas sean ellas mismas o la sociedad ni tampoco estoy seguro si sea justo generalizar. Tal vez haya prostitutas malas y prostitutas buenas, y el deslinde entre las dos categorías sea una línea demasiado borrosa para dejarse trazar. Lo que sí sé es que cada una de ellas pudo haber recibido alguna vez una medallita del Sagrado Corazón de una madre que la quiso y que, igual que ustedes y yo, cada una tiene su propia historia; la que sólo a Dios toca juzgar.

Tijuana, 18 de julio de 2002