SIN AZÚCAR,
Diciembre |
'Vivaldi vs Eminem'Por Alfredo Ortega-TrilloLa cara la conservo por la gracia de Dios y el brazo de una mujer obesa, entre cuyos pliegues, entre codo y axila, quedó sepultado, para mi salvación, el pasador de una puerta. El sol reverbera en las láminas y en los seños fruncidos de los conductores que cruzamos la línea. Es viernes por la tarde y al grueso contingente de personas que trabajamos "del otro lado" y cruzamos de regreso a Tijuana se suma el otro contingente, no menos grueso, de jóvenes que vienen desde el condado de Orange y puntos intermedios haciendo apuestas por quién se empinará más Coronas esa noche. En los autos, especies de burbujas rodantes, cada quien viaja aislado "del mundo" y, al parecer, sólo concentrado en llegar primero. El de adelante es un estorbo; el de al lado, una amenaza por meterse en nuestro carril; el de atrás, la impaciencia que nos obliga a bocinazos a ir lo más pegado posible contra el auto que va adelante. La "línea" es el Leviatán de Hobbes, y el hombre se vuelve lobo del hombre. Y en esa selva de láminas y asfalto retumba en el aire el rap desde un auto, cuya letra llega al paroxismo del insulto y la grosería, de la vulgaridad hecha presuntamente música; y yo no veo por qué deba tolerar tamaña afrenta contra el género humano. Enciendo mi estéreo. Mis bocinas de 40 watts no alcanzan a sofocar el amplificador de mis vecinos de 250, ni la sarta de vituperios que, sin ninguna razón, de pronto me lanzan desde la ventanilla trasera del auto contiguo. Refugiado en la música de Vivaldi debo realizar un esfuerzo monumental para sentirme ofendido, y no lo consigo. La voz altisonante me llega sofocada, amortiguada, como si saliera de una sustancia más densa que el aire. Y no sé por qué Vivaldi me transporta, en el Tempo impetuoso de su estación del "Verano" hasta una butaca virtual, desde donde asisto para mirarme a mí mismo transcurriendo en la escena: mirándome mirar a aquel tipo que me grita enfurecido, quien debe sentirse, quizá, visto como un animal en una jaula. "!Open the door, que le voy a partir la cara!" Pero yo no lo miro a él, sino que me miro a mí en él y no me reconozco. Y es por eso que lo miro tan fijo sin caber en mi asombro. Si uno es todos los hombres, como dice Borges, pienso que ese joven de cabeza rapada, en camiseta sin mangas y brazos ávidos de lucir a golpes el tatuaje de sus bíceps, también soy yo. Porque juntos somos la misma especie. Antes de que el miedo haga temblar el rociador de gas lacrimógeno en mi mano siento una profunda tristeza. "!Open the door, que le voy a partir la cara!". Pero la mujer que va en el asiento de adelante cubre con su brazo el pasador de la puerta y yo guardo el rociador sin estrenarlo debajo del asiento, y salvo la cara para vérmela otra vez en el reflejo del café de esta columna. Tal vez la cortesía y los buenos modales, cuando no se fundan en la caridad, no son más que el eructo de una panza satisfecha; la disposición de ceder un lugar cuando no llevamos prisa; de abrir una puerta para buscar el "gracias" con los ojos; o regalar un saludo cuando no nos sentimos amenazados. Pero basta que haga un calor sofocante, que la línea que hacemos para cruzar la frontera nos quite hora y media; que no nos alcance el dinero para comprar lo que queremos; que nuestra deuda siga creciendo; que nos choquen el auto, así sea por accidente - pues por lo general nadie choca los autos a propósito -, para que nos salga el animal que llevamos dentro. Una sociedad erigida sobre la divisa de la satisfacción garantizada, promovida por el consumismo, mina, ante cualquier insatisfacción, la tolerancia a la frustración; al mismo tiempo que un cada día más acendrado espíritu de competencia va poniendo en peligro de extinción lo que queda de cortesía en nuestra ciudad. Los días 14 y 15 de junio pasados la oficina de promoción social del Sistema Educativo Estatal de Baja California, en un esfuerzo por despertar la conciencia entre la ciudadanía sobre la necesidad de combatir la inseguridad y la violencia a través del respeto a las leyes, organizó una serie de conferencias bajo el lema: "Hacia una cultura de la legalidad". La iniciativa es bien intencionada, pero una ley que se cumple por cumplir, por la exigencia impuesta del precepto o su prohibición, es ley muerta si no tiene fundamento en la convicción del ciudadano, en la moralidad que le permita reconocer el bien del mal. Las leyes civiles son necesarias para garantizar la convivencia social pacífica de la sociedad, pero si el ciudadano no es capaz de reconocer en ellas, y primero que ellas, el amor al prójimo, esa ley natural que Dios ya infundió en el hombre desde antes que el legislador la redactara en términos jurídicos, la ley civil es sólo un mero artificio que quizá pueda garantizar la convivencia pero, a cambio, priva al hombre de lo más íntimo de su condición humana que es su moralidad. Para el ciudadano común puede bastar cumplir con la ley, pero para el cristiano íntegro, sin que necesariamente deba oponerse al precepto de la ley civil, el motor de sus acciones es el amor, ese mandamiento que Jesucristo resucitado refirió a sus apóstoles antes de subir a los cielos con estas palabras: "Os dejo este último mandamiento, que se amen unos a los otros como yo os he amado". Así como la moral es cuerpo del amor, el amor debe ser alma de la moral. Una moral que no tenga en la caridad su principio es inmoral, y una ley que no tenga en la moral su fundamento es ley equivocada. Cuando se ama al prójimo se ama al desconocido que va en el auto de enfrente haciendo "la cola" para cruzar "la línea", y sólo de ese amor puede surgir la cortesía genuina. Jesucristo quería que en hacer el bien, y aun precisamente, en hacerlo en sacrificio de nosotros, en eso se nos reconociera a los cristianos. Me resisto a perder la esperanza en el género humano. Quiero seguir creyendo que la bondad seguirá teniendo un lugar para crecer donde encuentre un corazón abierto. Después de todo, vivir es convivir, y la vida es una continua ocasión para ayudarnos mutuamente.
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