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Por Alfredo Ortega-Trillo

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Hacia una sociedad carcelaria


Es cierto que nos hemos convertido en una sociedad de llaves y candados, y es muy preocupante advertir que mientras el reclamo cívico exige mayor seguridad en Tijuana, arropados en la desconfianza nos vamos dirigiendo a pasos agigantados hacia una sociedad carcelaria, de castigo y represión.

Se habla de un naufragio de valores y del grave problema de inseguridad en las calles, y con las mejores intenciones se intenta fortalecer la raíz cívica de la ciudadanía a través de congresos como: "Hacia una cultura de la legalidad", organizado por una dependencia de educación en Baja California.

Pero una "cultura de la legalidad" no basta si no está sustentada en una "cultura" de la conciencia, es decir, en una "cultura" de la moral, porque antes del ser jurídico que rige las acciones de los hombres, existe el ser de las intenciones que las procura.

Tampoco podemos pasar por alto que antes de la acción y que aún antes de la intención está el más perentorio ámbito de la necesidad, porque no es posible seguirle achacando a la ociosidad la maternidad de todos los vicios.

La delincuencia y la inseguridad de nuestras calles también son hijas legítimas de la marginación, de la pobreza y la injusticia social. En años pasados, el ayuntamiento de Tijuana ya había descubierto que los días en que funcionan los desayunos gratuitos que ofrece el Proyecto Salesiano ahora en la Avenida Revolución, disminuyen los mendigos, los robos y asaltos en el primer cuadro de la ciudad. No parece una casualidad sino, más bien, producto de una correlación, la que existe entre la injusticia social y el índice de criminalidad.

No basta una "cultura de la legalidad" que reduzca la fórmula de la convivencia social a sus meras normas de urbanidad, a su manual de civismo o a su bando de policía y buen gobierno, cuando la verdadera cohesión y vida del cuerpo social sólo puede emanar de la solidaridad.

El incremento en las medidas de seguridad es una solución que busca la sociedad sumida en la desconfianza y vuelta contra sí misma. En esta escalada obsesiva por la seguridad, a los cristianos nos debe preocupar perder la capacidad de amar al prójimo, así sea el prójimo un delincuente; nos debe preocupar ver cómo, en aras de la seguridad, la sociedad renuncia a

su más elemental forma de ser que es la convivencia y pone rejas, levanta muros e instala casetas de vigilancia y se aísla.

Puede resultar lo más práctico para la sociedad fortalecer y aumentar sus cuerpos policíacos para aprehender al ladrón, al asaltante y encerrarlo; pero una sociedad no puede desprenderse ni siquiera de sus propios ladrones y asaltantes, arrojándolos a la cárcel sin mutilarse a sí misma.

Puede que haya delincuentes por el "placer" de serlo, porque hayan podido equivocarse de "placer". El malo, como Sócrates dice, sólo lo es por ignorancia; por la ignorancia de saber qué es aquello que mejor se aviene a la realización de la vocación personal de cada uno dentro del plan de Dios.

Y aunque Sócrates dudó que la virtud pudiera ser enseñada, una sociedad solidaria, una sociedad cristiana debe asumir la responsabilidad de proporcionar los ambientes para que la virtud al menos encuentre terreno fértil para existir y crecer.

Nacemos iguales ante Dios y ante la ley, pero nacemos en distintas cunas rodeados de posibilidades muy distintas de realización personal. Una sociedad cristiana, consecuente con su vocación de pueblo en la Historia de la Salvación debe ser una sociedad solidaria ante la desigualdad que priva entro prójimos, debe ser una sociedad responsable de los cuervos que le sacarán los ojos; de los monstruos que fabrica, y no una sociedad carcelaria que se conforma con aplicar la justicia vengativa para aislar a los inadaptados (delincuentes) en lugar de alentar el perdón y la misericordia como valores cristianos que deben permear las estructuras civiles siguiendo el último precepto que nos dejó Jesucristo y en el que dejó condensados los otros diez: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado".