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Por Alfredo Ortega-Trillo

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'La pluma blanca del celibato'

A estas alturas los medios ya han ventilado al sol algunos trapos sucios dentro de la Iglesia católica en los Estados Unidos. Y aunque ya se sabe que los medios viven del escándalo, que la noticia es artículo de consumo en la medida que es llamativa y estridente, independientemente de que también sea perecedera y se agote como cualquier otro producto del mercado, el desprestigio infringido por unos cuantos casos a la Iglesia como institución no se agota del todo ni es del todo reparable.

Se cuenta que S. Felipe Neri (1515-1595) imponía a los novicios culpables de difundir rumores maliciosos la penitencia de llevar una almohada de plumas a la parte alta del campanario en un día de vendaval y soltar las plumas al viento. Luego debían bajar de la torre y recoger todas las plumas regadas por la campiña para volverlas a poner en la almohada. Tarea de antemano imposible, con que Felipe quería ilustrar los daños irreparables producidos por el escándalo, fruto de la deformación amplificada de la realidad a partir de un hecho real o de una calumnia.

Y aquí se trata de hechos reales, de casos comprobados sobre abusos sexuales de sacerdotes contra niños. Y aunque se podría aprovechar la fuerza del escándalo para desviarlo hacia las estadísticas y decir que son cuatro veces más las denuncias, de acuerdo con las cifras manejadas por la SEP y el Instituto Mexicano de la Salud, que involucran a ministros de otros cultos sobre abusos religiosos, ésta sería una defensa triste. Injustas son todas las generalizaciones, y decirlo ya es una generalización, pero es así, sobre todo si se arrojan tantas plumas al aire y los medios de comunicación son un huracán. Ya probablemente ahora sea imposible recogerlas todas, pero aquí traigo, amigo lector, ésta pluma que me encontré.

No se trata aquí de ningunear la realidad, pero sí de acotarla dentro de su contexto. Contexto humano que, como el de todas las instituciones, explica, pero no justifica, la realidad del problema, mucho menos, tratándose de una institución con la probidad de la Iglesia católica. Y aunque la palabra "católico" significa "universal", aquí me van a perdonar mis hermanos del norte, pero es importante reconocer los deslindes culturales entre la Iglesia católica norteamericana y, por lo menos, la de América latina, porque es innegable que existen visibles diferencias entre un catolicismo y otro. Diferencias que tienen que ver con las formas culturales de asumir la moral, la libertad y la democracia entre las dos sociedades. Debatir aquí esas diferencias sobrepasa los alcances de esta columna, pero me basta saber que el Vaticano no reconoce en la Iglesia norteamericana precisamente un catolicismo modelo que deba inspirar a la Iglesia en otros lugares del mundo. En Berkley, California, escribió el padre Germán Orozco Mora, en el semanario Presencia, se imparten clases de teología para sacerdotes "normales" y clases de teología para sacerdotes "gays", una consideración impensable en América latina, que tiene que ver con las formas de asumir la moral, la libertad y la democracia en ambas sociedades y que, en última y más grave instancia, también tiene que ver con la doctrina misma de la Iglesia.

Aplacado el huracán pero dispersas las plumas, vale decir que no corresponde a tantos hombres justos escogidos por Dios al sacerdocio el salir ahora a defender la honra de su investidura sino, talvez el poner la otra mejilla, siguiendo las enseñanzas de Jesús. Por eso a mí me parece bueno que salgan ahora algunos sanpedros a cortar orejas. Primero las de los sacerdotes estadounidenses que apoyan entre dientes la propuesta de retirar el celibato como alternativa para reducir los casos de pederastia entre sus ministros. Y es que estos señores o no están a la altura de las exigencias de su ministerio, es decir, que se equivocaron de vocación o de plano no entendieron el sentido sagrado del celibato, y lo digo sin apelar al sucio juego de las comparaciones que da cuenta de muchísimos más de casos de pederastia perpetrados en el mundo por padres de familia. No, no es este el terreno de mi debate, esta pluma que me encontré es de aquella otra clase de plumajes que decía el poeta, que cruzan el pantano y no se manchan, me refiero al celibato.

En primer lugar, el celibato no es gracia ni virtud ni disciplina de todos, ni siquiera de la mayoría sino, más bien, de una minoría selecta, dotada de una estructura personal propia, a la que esta gracia, esta virtud, esta disciplina no hace violencia. El reino de Dios no es de este mundo, ni lo son, en este sentido, sus embajadores en la tierra, que nos dan testimonio de aquel reino precisamente con su forma desprendida de vivir esta vida.

El sacerdote al renunciar a sí mismo todos los días se da por entero a Dios y a sus hermanos los hombres. Que no se entienda esta realidad porque el mundo en que vivimos, orgulloso de los valores humanos y de las humanas conquistas ha perdido la sensibilidad para entender estas sublimes conquistas del espíritu es otra cuestión. Mucho menos se entenderá que por encima del sacrificio que, por un lado (el único lado que somos capaces de ver) encierra su significado de renuncia, por el otro es gozosa donación a Dios; castidad vivida, no por desprecio del don de esta vida sino por un amor superior a la otra. Pero es que tampoco se esperó que lo entendiéramos todos sino aquellos a quienes fuera dado entenderlo como ya estaba escrito en su sentido figurado: "Porque... hay eunucos que así mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda". (Mateo en 19, 12)

Interpretar el celibato como una imposición arbitraria de la Iglesia sobre sus sacerdotes es, por una parte, no reconocer la autoridad de la Iglesia para determinar cuáles deben ser los hombres y cuáles sus requisitos para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma y, por el otro, faltar al entendimiento de que esta condición no es ni debe ser soportada como una imposición desde fuera sino, interiorizada, integrada en el conjunto de la vida espiritual de quien la vive, con la íntima alegría de una elección hecha por amor de Cristo.

El ministerio del sacerdocio tiene en Jesucristo el modelo directo y el supremo ideal, quien en plena armonía con su misión mediadora entre el cielo y la tierra, permaneció toda la vida en el estado de virginidad que significó su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres, estado que Jesús mismo sugirió al reclutar a sus pescadores apóstoles al decirles que dejaran sus redes y lo siguieran para que fueran pescadores de hombres.

Bien, querido amigo, esta era la pluma que me encontré, llevada por el viento, por el vendaval del escándalo, que nada tenía que ver con la repudiable conducta de aquellos apóstatas del ministerio, la pluma blanca que calló a mis pies.