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Por Alfredo Ortega-Trillo

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"Al filo de razón"

Conversaciones con un ateo

Afirmar o negar la existencia de Dios es un debate que ya tiene muchos siglos y frente al cual sólo los agnósticos pueden permanecer indiferentes, arrellanados cómodamente en la duda. En cambio, los ateos y los creyentes asumimos nuestro tiempo con la ilusión de pensar que aportaremos argumentos nuevos, aunque tengo la impresión de que los argumentos más contundentes a favor y en contra ya los dijeron otros mucho antes que nosotros.

Pero bueno, con la ilusión legítima de tomar partido frente a la existencia de Dios y defenderlo con los solos medios que nos son dados fue que ingresé a un círculo de aficionados a la música del español Joaquín Sabina, que se reúnen en Internet para tratar temas diversos. Joaquín Sabina es un músico genial y un poeta que hace prodigios con las palabras, verdaderos malabares de imaginería mental, con los que no necesariamente estoy de acuerdo. Y muchas veces no lo estoy. No estoy de acuerdo, por ejemplo, con su irreverencia hacia la religión y especialmente hacia la fe católica.

Escogí este círculo de personas "sabineras" porque pensé que encontraría entre ellos algunos ateos convencidos, quiero decir, con argumentos válidos o al menos interesantes con los cuales pudiera discutir mi fe, aun a sabiendas de que no convencería a nadie ni nadie me convencería a mí. Y es que es muy cómodo y, a veces, hasta aburrido - se lo he dicho a alguien - rodearnos sólo de gente que piensa como nosotros. En fin, se trataba, en todo caso, de salvar la distancia entre yo y la diferencia y ejercitar mi fe en la contienda.

En una discusión pública como éstas es muy fácil dejarse seducir por la agresión descalificadora hacia el oponente, lo que desde un principio traté de evitar. Por eso puse especial atención en esquivar las ofensas, que al principio me llovieron, intentando cierta altivez moral que me permitiera sobrellevar la discusión más lejos. La estrategia dio resultado, pues comenzaron a hacerse a un lado los que no tenían más que insultos en la lengua, y sólo fueron quedando los que estaban más seguros de sus posturas, quienes terminaron por recibir, no sin cierto desconcierto, la sorpresa de mi visita en el círculo. Y no es que hayan terminado por tratarme con pétalos de rosas ni mucho menos. La ironía es un recurso "sabinero" por antonomasia, y ciertamente punzante, del que no esperé ni deseé se deshicieran, sino que yo mismo la asumí. Cuando la ironía es fina e inteligente, nos puede hacer desplegar los labios en una sonrisa.

Comparto aquí con ustedes un breve fragmento de esta discusión que sigue cobrando más interés del que inicialmente yo me esperaba tanto entre ateos como entre creyentes, que a última hora han venido a aparecer también en el círculo.

Disculpen el protagonismo, pero no sería congruente conmigo mismo si no pensara que lo que digo es mejor que lo que escucho. Si así no fuera, estén seguros de que me quedaría callado.

Evidentemente, estas en superioridad de condiciones para opinar, teniendo en cuenta el hecho de que, por lo que dices, has visto a Dios para confirmar ese extremo y yo no. Yo sólo hablo de lo que veo.

Creo, Camila, que la parte medular de esta conversación nos lleva precisamente a este punto, al terreno de la fe. Te puedo decir que no sé si estoy en superioridad de condiciones para opinar, como dices, pero te aseguro que no he visto a Dios y que si me restringiera a hablarte de lo que veo nuestra conversación sería muy limitada.

Yo, en cambio, no me fío tanto de mis ojos. Me parece que los ojos en general son bastantes limitados para mirar el mundo, sobre todo si se precisa de anteojos o gafas para hacerlo, aunque todavía no es mi caso. Ya se sabe que los ojos sólo pueden percibir ciertas longitudes de onda que van del rojo al violeta, es decir, sólo una franja del espectro de luz. Del infrarrojo para abajo, del ultravioleta para arriba, estamos literalmente ciegos. Pero daré un paso adelante a tu favor, porque me podrás objetar, con toda razón, que el hombre con la ayuda de su tecnología puede ver más allá de ese espectro, como de hecho ve la "migra" con rayos infrarrojos a mis compatriotas que se cruzan en la noche de ilegales por esta esquina del mundo al país de las oportunidades (Valga el comercial). Y bueno, llevemos de una vez esto más lejos. Digamos que por extensión de los ojos, te refieres a los sentidos, a la experiencia. En fin, a la misma ciencia, si lo prefieres, cuya condición es medir las cosas.

Pero entonces, ¿negar la existencia de Dios porque mis ojos, ojos limitados, no lo pueden ver; por que ni a empellones puedo meter a Dios en un tubo de ensayo, porque mi ciencia no lo puede medir, por que, en fin, no puedo medir lo inmedible por definición?

No, Camila, a ti tampoco te he visto y creo en tu existencia porque tengo la evidencia que me dan tus cartas de ti, como tengo la evidencia en el mismísimo orden que percibo en el universo de la existencia de un ser creador al que llamo Dios.

Por supuesto, Camila, cuyo nombre cambié por no ridiculizar a nadie, no se quedó callada. Y la discusión siguió y sigue. Pero les digo a ustedes, amables lectores, que por encima de cualquier argumentación sobre este tema, la última certeza de la existencia de Dios nos la da la fe, y ésta es un regalo de Dios.