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Por Alfredo Ortega-Trillo

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La Teología de la Liberación y Liberación de que


Levemente caído del hombro derecho, el hombre de 78 años cruzó el pasillo y se sentó a la mesa delante del público que llenaba el Hojel Hall del Instituto de las Américas de la Universidad de California en San Diego; saco oscuro y una camisa azul a cuadros violentada por la corbata con estampados verdes. Detrás de los anteojos sus ojos grandes y cansados miraban hacia una zona indefinida del fondo de la sala mientras el presentador condensaba en quince minutos su biografía. Era el 28 de octubre del año 2002 y era el legendario obispo emérito de la diócesis de Chiapas, el padre Samuel Ruiz, paladín de la teología de la liberación en el sureste mexicano y mediador que pacificó el conflicto en Chiapas.

No, no es éste un panegírico al obispo aunque sea, de paso, un reconocimiento al hombre que se equivocó de profesión. Samuel Ruiz debió haber sido político. Con la falta que nos hace gente con esa lucidez y con esa sensibilidad social. Con suerte habría sabido mantenerse en la misma lucha y, encima, habría causado menos confusión dentro de la Iglesia. Lo que este artículo quiere ser es, aunque incómoda, una modesta aclaración para desencubrir el disimulo oculto en la llamada "teología de la liberación". Y, ¿cómo no ha de resultar incómodo hacer una aclaración que ataca a una teología cuya fuerza de seducción se basa justamente en su vocación al prójimo?

El Concilio Vaticano II alentó el reencuentro y el diálogo interreligioso e intercultural respecto a las distintas formas de evangelizar y hacer apostolado. Lo que no se definió bien entonces fue qué tan lejos debía marcharse en esa dirección. Y como siempre ocurre cuando de tendencias se trata, las posturas se polarizaron entre los que no estaban conformes con los cambios y los que querían llevar los cambios más lejos. Dentro de esta segunda corriente se inscribe la teología de la liberación, una teología que nace de una pregunta fundamental que se han venido haciendo muchos sacerdotes misioneros que han ido a predicar el evangelio a lugares tan remotos y olvidados como Chiapas: "¿cómo decirle al maltratado, al oprimido y marginado; cómo decirle que Dios lo ama?", declara Ruiz.

El Concilio había iniciado una reflexión sobre la pobreza, reconociendo que la pobreza no es una etapa casual, sino el producto de causas económicas, sociales y políticas. Para muchos obispos latinoamericanos evangelizar a las víctimas de estas causas llamadas estructurales era una tarea que debía partir desde una teología que se instalara en la realidad de esa "experiencia fundante" que es la opresión social, asumiendo la opción por el pobre.

El compromiso con el pobre es sin duda la primera vocación de la caridad cristiana pero aquí hay que aclarar que los teólogos de la liberación olvidan el hecho de que la Iglesia no se mueve por opciones. Siguiendo el ejemplo de Cristo, a la Iglesia no le concierne cuestionarse el mundo del César sino predicar el mundo de Dios, que como bien lo dijo San Agustín, "no es de este mundo". A la Iglesia toca evangelizar, orientar y dar dirección y sentido a las éticas y morales que conducen a la sociedad, para que con toda esa artillería cristiana sea ella misma quien asuma el compromiso de las opciones y, urgentemente, la opción por el pobre.

No debe ser fácil para un sacerdote en Chiapas dirigirse desde el presbiterio a los marginados del mundo, como tampoco ha de agradar a Dios permanecer como testigo omnisciente de la extrema pobreza en que viven tantos pueblos sin recurrir a retractarse del libre albedrío entre el bien y el mal que regaló al hombre para que, dado el caso, el que tuviera repartiera o se convirtiera en explotador de sus hermanos. Desde este granito de eternidad que nos tocó vivir, no nos es dable entender tan grande respeto de Dios hacia el libre albedrío, a pesar de que la corrupción de ese albedrío hizo aun de su propio Hijo víctima crucificada. No está, pues, ni en Dios ni en su Iglesia, como quieren los teólogos de la liberación, enmendar los males de la sociedad. Señalarlos sí, denunciarlos; pero toca al político militante tomar las opciones, no al sacerdote.

La teología de la liberación olvida que el Evangelio es un mensaje de acción para los ricos, y no para los pobres. Mientras el Evangelio encarna a Cristo en el pobre; la acción de amor, de caridad, la exhortación a dar, sólo tiene sentido para el que tiene, no para el que no tiene. "Comparte tus bienes con los pobres y entonces sígueme" (Mc 10, 21). El mensaje a los pobres es muy otro: "Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios".

A la teología de la liberación le pasa lo que a los judíos, que se quedaron esperando a un Mesías que llegara con la espada desenvainada a liberar a los judíos del yugo romano. Hoy los teólogos de la liberación predican a un Cristo libertador del pobre que más podría parecerse a un Pancho Villa que a Dios. Y es que fundar toda una teología en la liberación del pobre respecto de las injusticias sociales y económicas es esperar demasiado poco de la sangre de un Dios, que vino no a librar a los judíos de los romanos ni a los explotados de sus explotadores; sino que vino a liberarnos a todos: judíos y romanos; explotadores y explotados, de un yugo mucho más pesado y perenne que es el pecado. Y que a nadie le extrañe que detrás del eufemismo de las causas "estructurales" que tienen en la miseria a millones de personas se enrosca el pecado de los que tienen, el pecado de los explotadores; que son quienes más necesitarían realmente de una teología de la liberación, de la liberación del pecado.