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Por Alfredo Ortega-Trillo

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Los signos de los tiempos

La Iglesia En La Crisis Argentina

Las cacerolas repiqueteando en la Plaza de Mayo, las telarañas en los rincones de abandonadas estaciones de ferrocarril, los ojos nerviosos de la gente haciendo fila a la puerta de los bancos, la felicidad tomando mate en una esquina, los puños alzados de los piqueteros bloqueando las rutas, el sol chispeante en las manos mojadas de los niños junto al río, las campanas del cabildo en Humahuaca rasgando los aires del altiplano en misterioso. Mi bemol mayor desde la otra Argentina: la del norte, a la distancia de una noche de autobús, y la eterna sonrisa de Menem en los periódicos sobre las mesas de los cafés como la burla de una ironía siniestra.

Allá fui a ver desde la primera fila la mejor muestra que me he encontrado de la expresión de un pueblo en su geografía: Argentina, donde los asesinos matan de frente y los santos dicen groserías, porque la crisis polariza en Argentina los vicios y las virtudes de la sociedad y los pone de relieve a contramano: la corrupción, la competencia ventajosa, el crimen; conviven con la solidaridad, el amor, la caridad y el sacrificio, en un contraste imbricado del blanco y el negro que al tejerse forman el poncho gris de esa gran nación cuyo nombre, de paso, viene del latín argentum que significa plata. Plata como el río café que la desborda hacia adentro, su dinero que ya no vale lo que decían, y ese poncho gris, precisamente, indumentaria nacional del gaucho. Argentina o plateada, para mí seguirá siendo la ilusión dorada del color gris y por eso es tan humana. Tengo fe en que al final deberá salvarse por su gente desenfadada y unida porque, a final de cuentas, la solidaridad que vi en la calle, en el mercado, en el subte, en la Iglesia, en el balneario, en el banco, en el asado, vale mucho más que el dólar que ya estaba a dos por uno cuando me vine.

Discutir aquí las causas que llevaron al debacle de la economía argentina superan nuestro espacio y conocimiento. La realidad es que la industria argentina está detenida por debajo de los márgenes de crecimiento y ha dejado en la calle al 20 por ciento de la fuerza laboral; que la clase media tiene congelados sus depósitos bancarios y que la moneda se devaluó a la mitad de lo que valía en diciembre.

La realidad es que la noche del 20 de diciembre de 2001 las cacerolas comenzaron a sonar en las ventanas de unas casas, que el ruido descendió a la calle, que en las esquinas se formaron los primeros grupos y que el desfile de las cacerolas difundido de boca en boca y también por Internet inundó Buenos Aires y obligó a que esa misma noche renunciara Cavallo, el ministro de economía seguido, al día siguiente, por el propio presidente De la Rúa.

El cacerolazo fue la manifestación del rechazo al congelamiento de los depósitos bancarios pero, sobre todo, del hartazgo político en un momento en que la sociedad dejó de creer en sus dirigentes.

La sociedad civil se organiza y lo hace con los medios que tiene. En Argentina, el prestigio moral de que goza la Iglesia en amplios sectores de la clase media, en buena parte debido a la fuerte presencia de Cáritas, la convirtió en uno de estos medios. En Argentina la Iglesia ofrece espacios de terreno neutral y de reconciliación para el diálogo, tal es el llamado Diálogo Argentino, al que incluso se han acercado representantes del FMI y del Banco Mundial para analizar la crisis.

En cierta forma el desencanto hacia lo político volcó las utopías hacia lo barrial y parroquial. Y así fue como Argentina salió a reencontrarse consigo misma a la calle y a las iglesias.

En un pueblito del altiplano del norte argentino, seco y hecho de piedra, que me enseño lo hermoso que es ver las calles con gente en lugar de autos, caminando por el empedrado llegué hasta la Iglesia de la Quebrada, donde me entrevisté con el padre Pedro Olmedo, obispo de Humahuaca.

"La Iglesia como institución es única en Argentina por su gran capilaridad y formación de grupos de base que fortalecen a la sociedad civil", me dijo.

El Estado es consciente de esta realidad y, buscando justamente articulaciones con la sociedad, se acerca a la Iglesia para buscar consensos. Por esos días leí en el periódico que el vocero presidencial, Eduardo Amadeo, dijo que se comunicaría con los dirigentes del denominado Diálogo Argentino para sugerirles que también convoquen a los representantes de entidades que se van constituyendo y que se manifiestan a través de los cacerolazos.

"La Iglesia argentina también se ha manifestado a través de los obispos para pedir y exigir que los políticos renuncien a prebendas y beneficios en estos momentos de sacrificio", continuó el obispo de Humahuaca. Hizo una pausa y pronunció pausado: "La tradición de la Iglesia es leer los signos de los tiempos".

"¿Y qué lee ahora?"

Se puso la mano en el mentón y me miró fijo:

"Solidaridad".