SIN AZÚCAR,
Por Alfredo Ortega-Trillo |
Una religión sin DiosEl otro día, andando entre los estantes de una librería, me hallé entre dos anaqueles de esa clase de libros que son como recetas para la felicidad. "Son los que más se venden", me aseguró el librero; "aunque no son los mejor escritos", añadió. "Pero dicen lo que la gente quiere leer". "¿Qué es lo que más te gusta leer?", pregunté a una chica que hurgaba entre los libros. Y, como si tuviera una especie de carpeta de entrada del Outlook en la cabeza me contestó mirándome por el rabillo del ojo: "Algo que me deje un mensaje". Entre esta clase de libros "con mensaje" que suelen ir colocados bajo el rubro de "Superación Personal", hay algunos que intentan ser amenos entreverando historias que por lo general involucran mercaderes, desiertos, oro, joyas y tesoros escondidos. Esto a la gente le gusta mucho. Og Mandino, con su ya legendario El Vendedor más Grande del Mundo, en los años 70 descubrió en el género una veta que no se agota. Hoy día, El Alquimista de Paulo Cohelo saca algunas pepitas de oro de esta veta. La "leyenda personal" a que se refiere en este volumen tiene algunos quilates. Aunque pésimamente narrada, es una bella historia. Otros autores, más prácticos y con menos imaginación van directo al grano corifeando la palabra "éxito". A este grupo pertenecen los textos de Miguel Ángel Cornejo. Éste tipo de ejemplares se pasean con un hombro por delante, ufanos de un individualismo muy a la norteamericana (sin agraviar a nuestros lectores del otro lado del alambre, que la crítica no es personal, sino a un estilo de vida). Y aunque ninguno de los gurús del "éxito", cuya palabra esculpieron con letras doradas en las portadas de sus libros, se molesta en definir su significado, a tres kilómetros ya se sabe que se trata de riqueza y una posición superior en un mundo competitivo. Este tipo de libros gustan mucho de las palabras "triunfo" y "triunfar" y de frases tan sugerentes como: "Atrévase a ser un triunfador". Por cierto que, ajenos a los camellos y las dunas de arena, estos ejemplares prefieren las alturas, el vuelo de las águilas, y enseñorearse en el lugar común de la montaña y la cima. Otros, de curso psicologista, como Tus Zonas Erróneas, de Wayne W. Dyer, llegan a declarar con un desplante rayando en el cinismo la autoafirmación del ego por encima de la caridad y la solidaridad. Para ellos no cabe ningún tipo de entrega generosa ni sacrificio por los demás porque Uno es y está siempre primero. Por otro lado, y con mucho más camino andado están las corrientes orientalistas, que más que vivir preocupadas por el "éxito" a lo occidental buscaron, en cambio, el nirvana o estado de liberación de los deseos que garantiza una especie de renunciación y "armonía" con el cosmos. El método Silva, tan solicitado por su estructura didáctica durante los 80 y 90, bebe un poco de este abrevadero, ensalzando la autosugestión y el poder de la mente. También, desde luego, llegan hasta estos anaqueles, en larguísima procesión de siglos, las corrientes esotéricas, teosóficas y metafísicas. Y el abanico de recetas para la felicidad se ensancha como el mundo. El sincretismo traslapa comunes denominadores como la inclinación o manía por la revelación de las cosas ocultas y secretas, los enunciados de fórmulas mágicas, el uso de amuletos, talismanes, cartas, pirámides; la identificación de auras, chacras; la interpretación de los sueños, la adivinación, la videncia y la telepatía, la astrología y los símbolos del zodíaco; y a todo esto se suma un entusiasmo desmedido por arrancarle secretos a las momias egipcias, por sobar las pancitas de los budas, por inventar cuentos árabes y hasta por meterse con los chinos, que tan circunspectos iban por la historia. Por cierto que la palabra metafísica significa "más allá de la física". Y aunque más allá de la física, es decir, del mundo palpable y plausible se entiende por antonomasia que nada fenoménico existe, los "iniciados" en el esoterismo hablan de "fenómenos sobrenaturales o paranormales" con entera ligereza. Sin escrúpulos científicos le roban a las ciencias físicas términos y vocablos para darle a su especulación un discurso con posibilidades imaginativas. De tal manera que hablan de "energías positivas o de energías negativas", de "cargas", "ondas", "vibras" y cosas por el estilo, que tan buen caldo de cultivo encuentran en la ignorancia de la gente que gusta de fantasear en el misterio. Entre todos estos libros llama la atención una especie que ha logrado imponerse como una moda cultural presuntamente nueva, aunque semejante novedad tiene que ver más con la publicidad y la forma de presentación que con los elementos que lo constituyen. El New Age, en realidad, sólo tiene de nuevo el nombre, pues se trata de un repertorio de ideas muy antiguas basadas en teologías orientales, cosmovisiones panteístas e idearios ecologistas; un movimiento cultural que aprendió a dejarse arrullar sin mover un dedo desde la música del legendario Alan Parsons hasta la Enya de los últimos años, que popularizó la música New Age con la sorprendente altura de su garganta. El New Age es una religión sin Dios. Es un intento por llenar el vacío espiritual del hombre moderno abandonado a la soledad de la especie en el universo; un intento por llenar ese vacío con un alud de manifestaciones con sabor a divino pero sin Dios. Al menos sin un dios personal distinto y superior a lo creado, como lo entendemos cristianos, musulmanes y judíos. El New Age es una vuelta al panteísmo naturalista en que Dios, más que Dios, se confunde con una fuerza divina impersonal que es todo y está en todo. Para el New Age Dios no es Otro que me ama y me hace una propuesta de salvación. Para este movimiento el encuentro con Dios se resuelve en un viaje al interior de uno mismo, donde uno mismo se convierte en el becerro de oro de la antigüedad, y en que la propia psique y el auto conocimiento se convierten en el dios interno para adorarse a sí mismo. Junto a la idea de este dios del New Age que está en todas las cosas corre aparejado un ecologismo que asegura la igualdad en dignidades entre un hombre y una tortuga. Desde esta posición el cosmos está animado por un espíritu único, por una conciencia universal de la que el hombre es solamente un participante más y, aún, un intruso. Un intruso al que ciertos verdes ecologistas vuelven la espalda para abrazarse a un árbol. El Credo del New Age Para esta religión sin Dios la iluminación interior toma el puesto de la fe; la llamada liberación ocupa el lugar de la salvación (el sacrificio de Jesús es absolutamente innecesario); el viaje a la profundidad del yo sustituye a la oración; una vaga armonía con el cosmos reemplaza todo compromiso social; la revelación se encuentra en el corazón de la persona y no en la historia. Y el resultado de esta fe es un vago e ingenuo optimismo para "sentirse bien" temporalmente; pero sin ofrecer respuestas válidas a problemas como el sufrimiento y la muerte. Por cierto que la "superación personal" debe ser muy digna de perseguirse, a pesar de todo lo dicho aquí, pero valdría la pena preguntarse si, en vez de ensalzar descomunalmente la humana fuerza de voluntad, no nos valdría más ensalzar la voluntad de Dios y aprender a buscar y descubrir esa voluntad en nosotros; esa voluntad que nos devuelva un destino, una misión, una razón de existir y, desde luego, un camino, más que una receta, a la felicidad, a la que Jesucristo, el Hijo de Dios, con su sangre nos dio derecho.
|