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SEPTIEMBRE 2006




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A 40 años de la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II

El patrimonio doctrinal de la Iglesia Católica y su actualización


POR PBRO. LIC. FLORENTINO DURAZO

Para los años 60s había grupos sociales que abandonaron al Magisterio de su Iglesia Católica, porque no les decía mucho y no iluminaba su problemática.

A fines del siglo XIX emergió todo un mundo con la revolución industrial que significó para la Iglesia Católica la pérdida, en buena medida, del grupo de los obreros surgidos con la producción en masa de la industrialización. Sucedió también con los científicos. El siglo XX estaría llamado a ser un siglo de innumerables logros tecnológicos y científicos; poco a poco, este grupo social fue retirándose de la Iglesia.

En la primera mitad del siglo XX, el mundo participó en dos grandes guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945). Estas dos guerras con su enorme cantidad de personas muertas y su capacidad de destrucción a gran escala, trajeron una enorme amargura y desilusión moral, sobre todo porque ambas guerras habían surgido en países cristianos como lo era Alemania.

Durante el siglo XX, la Iglesia perdió a media humanidad; ya que muchos pueblos se habían hecho comunistas: URSS, China, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc. La Iglesia no logro inspirar en ese momento a muchos pueblos que terminaron aceptando o sufriendo la expansión del comunismo.

Otros grupos sociales como los estudiantes, los jóvenes, los medios de comunicación, los profesionistas se fueron también alejando de la Iglesia.

Ante esta realidad tan tremenda, el Magisterio de la Iglesia, arranca un empeño decisivo por hacer que el Patrimonio doctrinal y espiritual de la Iglesia alumbre, de nuevo, las realidades emergentes de los últimos siglos. A este proceso se llamo aggiornamento (actualización), puesta al día, del depósito sagrado de la fe a las nuevas circunstancias de la humanidad.

Acercar este alejamiento entre el depósito milenario de la fe y las realidades contemporáneas fue el objetivo de este gran Concilio Ecuménico Vaticano II. Lograr el encuentro entre el patrimonio doctrinal y espiritual de la Iglesia con las realidades que emergieron durante los cinco siglos que van del Concilio de Trento (1543-1563) al Vaticano II (1962-1965).

Aunque media entre estos dos concilios, el Vaticano I (1869-1870), que fue un concilio más bien breve y que trato muy pocos temas, aunque ciertamente decisivos. Sin embargo, dejó muchos temas sin tratar, de tal manera que fue el concilio de Trento el que conformó la vida de la Iglesia Católica por cinco siglos.

Este alejamiento lo captó, genialmente, el Papa Juan XXIII en el discurso inaugural del Concilio Vaticano II: "El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz... Mas para que tal doctrina alcance a las múltiples estructuras de la actividad humana, que atañen a los individuos, a las familias y a la vida social, ante todo es necesario que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad, recibido de los padres; pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado católico...."

Después de esto, ya está claro lo que se espera del Concilio, en todo cuanto a la doctrina se refiere. Es decir, el Concilio Ecuménico XXI -- que se beneficiará de la eficaz e importante suma de experiencias jurídicas, litúrgicas, apostólicas y administrativas -- quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad.

Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que desde hace veinte siglos recorre la Iglesia.

La tarea principal (punctum saliens) de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados". "Ella (la Iglesia) quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas... la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella...".

Nos queda claro, ahora, que el Papa Juan XXIII tenia un objetivo muy concreto y muy preciso de la labor que la Iglesia Católica y en particular el Magisterio de los obispos debían realizar en esa época.

(En los próximos artículos iremos viendo, los cambios realizados por el Concilio y su efecto en la capacidad de la Iglesia de actualizarse y de poner al día el patrimonio perenne de su doctrina.)