La Cruz de California

ARTICULOS

ARTICULOS DE
JUNIO 2006




BREVES

CARTAS AL EDITOR

SIN AZÚCAR,
POR FAVOR


¿A QUIÉN IREMOS?




Contents © 2006
by Jim Holman.
All rights reserved.





La Capilla de la Cañada

Una capilla bajo las ramas, más hecha de voluntad que de paredes, desafía el paso del tiempo junto al arroyo


POR ALFREDO ORTEGA TRILLO

Los domingos por la mañana se reúnen varias decenas de migrantes indocumentados procedentes de Oaxaca y Guerrero para oír Misa en una capilla bajo las ramas de los palotruenos en una cañada de Rancho Peñasquitos en California.

La capilla se estableció allí hace dieciocho años a petición de los jornaleros agrícolas y desde entonces quedó bajo la jurisdicción de la parroquia de Nuestra Señora de Monte Carmelo de la diócesis de San Diego.

A las 8:30 a.m. el pick up 73 de color marrón, cargado de contenedores de refresco y ollas de comida caliente: frijoles, pollos rostizados y tortillas, sale del estacionamiento del templo de Monte Carmelo. En un ángulo de la caja del pick up van apiladas cajas de botas nuevas con punta de acero.

Los voluntarios repartidos en distintos carros recorren las cinco millas desde la iglesia hasta las inmediaciones de la cañada por diferentes accesos. Aunque la campiña domina el paisaje, desde hace cinco años la urbanización se ha ido acercando levantando exclusivos fraccionamientos en los bordes de la cañada. Como no hay acceso para los coches los voluntarios cargan en brazos los víveres hasta el fondo.

Campea un cielo prístino en azul cobalto con algunos jirones de nubecillas que anoche dejó la lluvia. El sol cae dividido en rayos dorados sin temperatura perceptible y el aire huele a hierba mojada.

Martha Martin es la coordinadora del grupo. "Somos cinco grupos que nos turnamos las visitas", dijo. "Unos colectan la comida, otros la llevan a la capilla".

Deja su coche estacionado en un fraccionamiento cercano, luego se interna en los matorrales. Por teléfono celular se comunica con los otros que están bajando por la vertiente opuesta. Su alocución es una mezcla de instrucciones y saludos en inglés.

Debajo de las tupidas ramas los voluntarios, en su mayoría jóvenes de la Universidad de San Diego (USD) y de la parroquia de Monte Carmelo llegan a la capilla de la cañada y van acomodando los víveres sobre unas mesas. Cada quien actúa siguiendo una rutina que ya conoce bien. Otros cuelgan las mantas azules desde el alero que cubre el altar hasta las primeras bancas de madera, mientras otros más pasan distribuyendo refrescos y donas en charolas de cartón.

La jornada del día comienza con una oración que dirige Christauria Welland Arong: "Ayúdanos a compartir tu palabra..."

En dos mesas, cara a cara, se han colocado a un lado las chicas de la Universidad y al otro los jornaleros. Ellas siguen con el dedo la línea de la lectura que los hombres de sombrero van recitando a su propia velocidad: "Five dollars... five fifty... thirty dollars..."

Sus voces vacilantes vibran sobre el rumor del arroyo que pasa entre guijarros y raíces junto a la capilla.

Frente al altar un campesino permanece en silencio, ligeramente inclinado hacia delante, los ojos entornados, los pies muy juntos y el sombrero bajo el brazo. El altar tiene al centro una imagen de la Virgen de Guadalupe, y en el travesaño superior del marco hay algunos billetes enrollados dejados a manera de ofrenda.

Los estudiantes voluntarios de la USD participan en el proyecto de asistencia a través de un programa de ayuda comunitaria de la universidad. Y es tal la fama de este programa que uno de los libros de texto para este tipo de programas de la universidad lleva en la portada una fotografía de la capilla.

Isidro Barragán, del penúltimo semestre de Economía, es el coordinador del programa por parte de la USD, quien lleva la asistencia y el control de los estudiantes. "Para mí es importante entender las razones por las que uno se tiene que mudar para irse a vivir a otro país", explicó. "Mis padres vinieron de Michoacán, y es importante para mí seguirme comunicando con la gente que viene como lo hicieron mis padres".

Pero la mayoría del cuerpo de voluntarios por parte de la universidad (cuatro por visita) no son de origen hispano.

A Katie Gosen, estudiante de comunicación con sub-especialidad en español, este programa le da la oportunidad de practicar su español, de ayudar a las personas a aprender inglés para que rehagan más fácilmente su vida en su nuevo país. "Lo disfruto y es divertido", dijo.

Además del programa de la USD, la iglesia también tiene programas de ayuda que ofrecen créditos para obtener la Confirmación.

A un momento ha llegado el sacerdote André Ramos y los congregados se reacomodan en las bancas frente al altar.

Christauria termina de repartir los misales y pide un aplauso por los que acaban de cruzar la línea con bien.

"Si hablan sólo mixteco, me van a tener que entender por milagro", dice en español la catequista del grupo.

Christauria es una mujer alegre y entregada a la obra desde 1992, junto con su esposo, Michael Arong, médico acupunturista, quien al terminar la Misa ofrece gratuitamente clínicas de acupuntura entre los jornaleros, principalmente para aliviar dolores musculares.

Hace seis años Christauria y su esposo Michael hicieron un viaje a Oaxaca, después que ambos se tomaron la iniciativa de apadrinar a varios jóvenes mixtecos de la capilla.

"Fuimos a Oaxaca a conocer a nuestros compadres", dice ella con un dejo que apenas transluce su nativo acento inglés.

Y fueron a Oaxaca, llevando consigo los saludos grabados en video de sus ahijados para sus respectivos padres.

Allá pasaron los videos con el esperado estrépito de muestras de gratitud por parte de los conmovidos padres, y repitieron el experimento de vídeo grabarlos a ellos para traer sus saludos a sus hijos en el extranjero.

"Fue una experiencia muy emotiva", recuerda ella.

Christauria dirige a capela los cantos previos a la misa. Y esos cantos en español brotados también de las gargantas mixtecas atraviesan el ramaje y suben por los flancos de la cañada, disolviéndose en la quietud de la mañana hasta los lujosos fraccionamientos de los alrededores como un murmullo lejano.

Mientras cantan, un migrante atiende su celular en mixteco y el sacerdote pasa por las bancas lanzando agua bendita.

El padre André se coloca detrás del altar y comienza la Misa en español.

Llegado el momento dice: "Escuchen la homilía humilde de un padre filipino". Lee la homilía en español y al final la resume en inglés.

Cuando se dan la paz en la capilla de la cañada con el fondo de los cantos y el rumor del arroyo, la escena parece un fragmento en cámara lenta de una película de cine, porque entonces las manos duras y callosas de los migrantes se dan la mano con las manos blandas y suaves de los estudiantes que no conocen la tierra, y las miradas se encuentran en un punto del corazón que no sabe de fronteras.

Al terminar la misa algunos campesinos hablan con el padre mientras los encargados de servir la comida se organizan rápidamente.

Es verdad que no todos los voluntarios reciben crédito oficial por su trabajo. Deborah Messina, originaria de Tijuana, con ocho años viviendo en San Diego, ha encontrado en este programa suficiente recompensa en la satisfacción pura de ayudar. "Me gusta participar porque me gusta ayudar a personas necesitadas, pero también porque es mi gente, mi gente mexicana", enfatiza.

Deborah va sirviendo las porciones de comida en platos de cartón.

"Me gusta que ellos sientan que hay personas que se preocupan por ellos y que los quieren. Sobre todo, me gusta traerles la palabra de Nuestro Señor; ayudarles a que tengan fe, que sigan adelante, y que sientan que no están solos".

Todos hacen fila junto a las mesas donde reciben sus porciones y, al cabo de un rato, trabajadores migrantes y voluntarios acaban departiendo juntos sin ningún tipo de distinción o separación entre ellos.

Debajo de una rama, el voluntario John Cannon comienza a abrir cajas y entregar botas, llamando a los destinatarios por su nombre, que ya le rodean con un alborozo contenido.

Previamente los muchachos habían dado sus medidas al equipo encargado de comprar las botas. La iglesia paga por ellas y después las revende a un precio simbólico de diez dólares.

La cañada, antes poblada por familias enteras viviendo en los matorrales, poco a poco se ha ido vaciando de gente, al punto que hoy día son unos pocos los que viven entre los arbustos cercanos, pero la capilla sigue siendo el punto de reunión los domingos.

Sixto Gutiérrez es uno de los primeros que llegaron al lugar hace veintidós años.

"Era una tomatera rodeada de establos de caballos", recuerda. "Éramos muchos y estaba todo esto poblado de carpas".

Señala con un dedo.

"Yo vivía ontá aquél matorral. Me cubría con una lona de plástico".

¿Y luego qué pasó?

"Los diablos (como llaman los trabajadores migrantes a los contratistas del lugar que arrendaban la tierra para su cultivo) se arreglaron con el gobierno y la dieron la tierra como reserva natural, pero yo ya me hice de una casita en Oceanside".

Al desaparecer las tomateras, los jornaleros migrantes debieron salir del lugar a buscar suerte en otros lugares. Algunos de los últimos que aún permanecen en la cañada se han ido integrando a las necesidades de servicio de los nuevos fraccionamientos habitacionales que se han edificado en los alrededores: arreglan jardines, techos, limpian patios, etc.

Hasta ahora la parroquia cuenta con un permiso verbal por parte de las autoridades para seguir manteniendo la capilla en la cañada.