La Cruz de California

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MAYO 2006




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La Santa Muerte anda suelta en Tijuana

Más de la mitad de las plegarias están dirigidas a solicitar el mal de otra persona


POR ALFREDO ORTEGA-TRILLO

En una orilla de la presa de Tijuana, sobre la abandonada carretera que va hacia Tecate, hay una capillita de bloques de concreto en rosa pálido, con techo de chapa a dos aguas, precedida por un breve patio que limitan cuatro muros de tres bloques de altura. En ese pedazo de tierra seca que hace de patio verdean una mata de pirul y dos rosales que cuando pasa el pipero riega con el chorro del agua.

"Ahí cuando se acuerde échele agua". Le dijeron. "Y seguido me acuerdo", dice el hombre dirigiendo el chorro con las dos manos.

"¿Y quién se lo dijo?"

"Una señora".

El hombre lleva prisa, y así como llegó se va en su pipa.

Hace un día soleado, polvoriento y seco, y en el viento ondea como bandera rota la voz de Pedro Infante que sale de un radio en un puesto de cocos que hay por allí.

La puerta de metal de la capilla está abierta y dentro hay floreros y veladoras largas. El apretado enrejado que protege el altar impide ver a primera vista la imagen que allí se venera. Pero en las juntas de las rejas hay puros, cigarros atorados y cajitas de cerillos. Más adentro, por donde cabe una mano, alguien dejó un bote de cerveza sin abrir.

Entonces, poco a poco, por entre la cuadrícula de metal comienzan a surgir los huecos de lo ojos por donde la imagen parece que mirara al visitante. La "santita", a la que se refirió el colega Manuel Villegas en la edición del diario Frontera del 1 de marzo, es nada menos que la Santa Muerte, de cuyas muñecas, los brazos extendidos hacia adelante, cuelgan collares y pulseras de cuentas blancas y plateadas. "Santísima Muerte", corrige una mujer, que ha llegado hasta la capilla en un Sentra 2004.

"¿Por qué santísima?"

"Porque liberó a mi esposo de un secuestro que nos habían amenazado por teléfono, y al que se llevaron fue a un amigo".

Oriunda de Mazatlán, no llega a los treinta. Su belleza rebelde tiene el desaliño de la mezclilla y el cabello suelto. Le acompaña otra mujer un poco más joven y un niño de unos siete años.

"¿Por qué no le rezas mejor a Dios directamente, o a la Virgen María?"

"Me cansé de pedirles".

"¿Qué les pedías?"

"Unas venganzas que tenía pendientes porque me habían traicionado".

A diferencia de Dios, a la Santa Muerte se le pueden pedir venganzas. Hay rezos para pedirle la protección del hogar, la salud o la obtención de un trabajo, pero más de la mitad de las plegarias están dirigidas a solicitar el mal de otra persona. He aquí una jaculatoria del culto: Muerte querida de mi corazón / no me desampares de tu protección. / Y no dejes a fulano / un solo momento tranquilo. / Moléstalo a cada instante / y no dejes de inquietarlo para que siempre piense en mí / Amén.

Por lo general las oraciones comienzan exaltando a la emperatriz de las tinieblas antes de hacer las peticiones, de las que ofrezco aquí la siguiente perla: ... quiero que hagas que fulano / no pueda en mesa comer / ni en silla sentarse / ni tranquilidad tenga. / Deseo que lo obligues a que se humille y rendido / venga a mis pies / y que nunca más se aleje de mí.

Los manuales de procedimientos con que se hacen las peticiones tienden a exaltar la fantasía del devoto con minuciosas descripciones de los pasos que deben seguirse para conseguir tal o cual solicitud. Velas, muñequitos, navajas, hilos, son objetos predilectos incorporados de otros rituales paganos, el vudú y la santería al culto de la Santa Muerte, sin mencionar la preferencia por la luna, el agua, y las doce de la noche.

Con un dejo de altanería la mujer que habíamos dejado ventilando el propósito de sus peticiones líneas arriba, se vuelve ahora a la imagen y profiere por lo bajo: "Pero ella si me resultó cumplidora".

La voz de Pedro Infante se oye cada vez más lejana en el viento.

"¿Cómo te iniciaste en este culto?"

De su bolso saca una figurilla negra que le cabe en el puño.

"Hace dos años me la dieron. Y aunque se me había perdido, un día volvió a aparecer en mi bolsa".

Alargo yo la mano y ella se echa hacia atrás.

"No puedes tocarla".

Entra a la capillita. Enciende una veladora que coloca a los pies de la imagen y le reza tres Padres Nuestros. La otra mujer hace lo mismo. El niño se queda conmigo mirando la escena.

Las dos mujeres suben al coche. Ella me mira directo desde el volante. Sus labios se endurecen en el rictus de una sonrisa y antes de arrancar el carro la oigo decir: "Yo le daría mi alma si pudiera".

Lucio Véjar es el patrón del puesto de cocos y sus bigotes blancos suben y bajan cuando se entrega al placer de conversar con los escasos clientes que por allí transitan los días de entre semana.

Mientras jalo el agua de un coco por un popote el hombre explica que fue una señora de El Florido la que mandó construir la capilla en ese terreno federal junto al camino. Relata que la mujer cuenta haber soñado a la Santa Muerte pidiéndole una capilla a la orilla de la presa por todos los que se han ahogado.

La presa allí abajo a medio llenar la enmarcan colinas rayadas de líneas horizontales indicando épocas de lluvias memorables, como las del 1993.

"¿Y los camioneros que pasan por aquí son los visitantes de la imagen?

"No, los camioneros son guadalupanos. Los que vienen son más bien personas que llegan en buenos carros".

Un agente de policía encargado de las rondas del lugar accede a declarar a La Cruz de California no haber visto nada anormal, salvo lo que ocurrió una noche.

"Eran pasaditas de las doce. Yo estaba de turno y vi las luces de las velas. Me acerqué para ver qué era y vi a un grupo de personas sentadas en sillas".

"¿Notó algo extraño?"

"No. Me pareció que estaban rezando y me retiré del lugar".

Aunque hay versiones que insisten en darle al culto de la Santa Muerte un pintoresquismo de adelita mexicana o aún pretenden remontarlo a la mítica ancestralidad prehispánica, lo evidente es que la imagen no calza huaraches ni usa taparrabo ni ostenta ornamentos a la usanza indígena, sino que más bien viste una túnica talar de corte griego. La guadaña y el reloj de arena tampoco son muy prehispánicos que digamos.

Los indicios más evidentes de este extraño culto surgen en la década de los años cincuenta, a través de estampitas que comenzaron a circular en el mercado Sonora en la ciudad de México.

Los primeros fieles del culto a la Santa Muerte fueron gente que estaba muy cerca de la muerte: policías, basureros, prostitutas. Lo que se sabe es que le rezaban con oraciones católicas, como lo siguen haciendo, y le ponían un altar con un vaso de agua, flores y una veladora.

Más que una religión tradicional, el culto a la Santa Muerte obedece a un fenómeno social vinculado a la crisis económica y a la falta de confianza de la gente en la providencia de Dios.

Actualmente uno de los principales semilleros del culto se ubica en el reclusorio norte del Distrito Federal, donde reos jóvenes la eligen como "madrina", comenta un guardia, aterrado ante la proliferación de santuarios que aparecen en las celdas dedicados a la "niña blanca".

El que supo llevar toda el agua a su molino fue el falso sacerdote David Romo, quien estableció la primera capilla a la Santa Muerte el 7 de septiembre de 2001 en la ciudad de México.

Romo, casado, con cinco hijos, se autodenomina arzobispo primado de la "Iglesia Católica Apostólica Tradicional México-USA., Misioneros del Sagrado Corazón y San Felipe de Jesús". El es el encargado del Santuario Nacional de la Santa Muerte, ubicado en la colonia Carranza en el D.F. Recientemente Romo saltó a la fama por Niurka, casando a la controvertida actriz cubana con su amante Bobby.

Romo dirige el culto en una docena de altares más en el norte de la ciudad de México. El fenómeno del culto está por llevarlo a Los Ángeles y Nueva York, donde la cosa está prendiendo como la leña, para lo que está impartiendo un curso de cuatro años a una veintena de hombres de entre 15 y 40 años para ordenarlos como sacerdotes o "laicos comprometidos" en el culto a la Santa Muerte.

Editoriales marca patito han surgido como hongos estimuladas por el negocio de ofrecer recetas, fórmulas, ritos y rezos inventados para satisfacer la demanda de la ignorancia, el fanatismo y la superstición de la gente. Aprovechando el boom económico que representa el culto, Internet ofrece un amplio mercado para la venta de objetos, desde cursos sobre "La Magia de la Santa Muerte" en diez lecciones a diez dólares hasta la petición de donaciones para erigir bultos de centro en cadenas de cementerios, pasando por la venta de estampitas, imágenes y multitud de accesorios, velas y hasta vestidos de distintos colores, pues esta mona, como la Barbie, se viste con distintos colores según las necesidades de los devotos: en negro para la protección contra los enemigos, en rojo para que les brinde armonía, en blanco para que les de paz y salud, y en morado para que les de la libertad.

En el Mercado Sonora la Santa Muerte se vende más que los santos, comenta María del Refugio, empleada de una de las tiendas del mercado.

En el pasaje Maya del centro de Tijuana hay dos locales de una misma familia que exhiben bultos de la Santa Muerte. Uno de estos bultos está junto a una escultura de Juan Pablo II y otra de una Virgen de Guadalupe, flanqueados por un Malverde y un busto de Juan Soldado que atisba desde una repisa completando la escena. A pocos pasos está otro establecimiento con la razón social de: "La providencia". En éste no existe una sola imagen de la Santa Muerte.

"¿Y eso por qué?", pregunto al encargado con fingido asombro.

"Nosotros somos católicos y no andamos con esas cosas", se excusa.

"¿Y sus vecinos de acá por qué si la venden?"

"Porque con tal de hacer dinero también le venden el alma al diablo y la venden como cajeta".

El magisterio de la Iglesia católica expresa su rechazo total y absoluto. "Yo soy el camino, la verdad y la vida", dijo Jesucristo, con lo que no dejó nada bien parada a la muerte.

Más que declararla su aliada, Jesucristo luchó contra la muerte, venciéndola al resucitar al tercer día, como reza la Escritura. Este es el fundamento en que se sustenta la fe católica.

Al vencer Jesucristo a la muerte dio la Vida Eterna a quien en Él crea; por eso venir ahora con el cuento de la Santa Muerte, más que absurdo y contradictorio a la fe, constituye una herejía.