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"La parroquia es mi familia"Un día en la vida de un sacerdote en la diocesis de TijuanaPOR ALFREDO ORTEGA TRILLO En la terraza del tendedero que hay sobre el techo de la iglesia de la Sagrada Familia en la colonia Altamira de Tijuana, el gallito que le regalaron la semana pasada al padre Javier amaneció tieso de frío a un lado de la cáscara y el hueso de un aguacate. Junto a la saliente joroba del ábside hay también un nopal con dos pencas, una biznaga y un arbolito de hojas gachas irreconocible, que la mano del padre riega cuando se acuerda. "Escogiste un mal sacerdote", aclara el padre Javier, alisando con la mano, apenado, su pelo corto e indomable. El padre Javier tiene 54 años, lleva una barba de dos días. Sonríe con facilidad y cuando reza aprieta los ojos y se le hacen unas marcas en los párpados. Durante el día rezó tres rosarios, dio cuatro misas: la de ocho, una de aniversario luctuoso, otra de quince años, y una boda; bautizó, entregó constancias, comió con su padre, dio una plática a una quinceañera, acompañó la reunión del Movimiento Familiar Cristiano (mfc) y fue a cenar con su séquito de indigentes a la casa de un benefactor. Al final del día no supo dónde dejó su chamarra. Habría quedado muy cinematográfico comenzar este reportaje con un despertador y una mano que lo apaga o un pie que sale de unas sábanas tibias al punto en que entra un sol por una ventana, pero el padre Javier hasta para dormir es poco ortodoxo. "Escogiste mal de sacerdote", insiste. Su cama se la dejó a su papá, a quien tiene de visita. Le cedió su cuarto de paredes desnudas con tres sillas alineadas para dejar la ropa. Su padre es un anciano de 84 años, ojos grandes y expresivos y una boina café que cuando se quita deja al descubierto una frondosa cabellera de entreverados gri ses y cafés. "Es que donde yo vivía antes me caía mucho y no me podía levantar". Dice el venerable anciano y apoya la cabeza en las manos sobre la empuñadura del bastón. "No lo dejo dormir con mis idas al baño", sigue el hombre. "Está despierto desde las tres de la mañana". En el pasillo que lleva al torreón del campanario está el catre sin tender donde durmió el padre Javier, quien aprovecha que desde allí le queden más cerca los escalones para bajar al interior de la Iglesia a cualquier hora de la noche o de madrugada: "Puedo tener momentos de recogimiento e intimidad con el Santísimo. Soy muy afortunado de vivir en la casa de Dios". Abajo, detrás de la puerta de la cochera pintada con el mural de un cristo del Sagrado Corazón aún duerme un hombre de muletas trastornado de sus facultades mentales. "Yo sé que no es muy ortodoxo esto", se justifica el padre, "pero el hombre es muy despreciado por todos y no tiene donde pasar la noche". Frente a la puerta de la sacristía una anciana recoge los cartones aplanados a mano debajo de un escritorio, porque no acepta el sillón que ya le ha ofrecido el padre Javier para que duerma. "A veces la vida no sale como uno la planea". Dice la anciana. Y se va durante el día jalando unas bolsas por los juzgados, y el caso de una tierra que ganó y no se la han dado. La Jornada Sobre los calcetines negros, el padre Javier lleva unas sandalias de correas de cuero que luego asoman debajo del alba durante las misas del día. Ésta es la primera. La de las ocho. Se coloca la casulla con el bordado de una espiga dorada. A esa hora la mayoría de las personas que asisten a misa son gente mayor del barrio. A las nueve el padre Javier se encuentra en la sacristía, que con el tiempo se ha ido llenando de cestas y de bases de floreros. Está con una quinceañera y su mamá. Dirige un Padre Nuestro y un Ave María. Los invita a sentar. Habla a la quinceañera del misterio de la Santísima Trinidad y del origen eterno de Dios, mientras llegan desde la oficina los repiques eléctricos de una máquina Brother. La previene de los engaños de los Testigos de Jehová, que el padre tiene de vecinos a una cuadra de su templo, y busca una Biblia, que no encuentra a mano, y debe subir a traer de su casa. La madre y la hija aguardan. "¡Son los niños que ya llegaron al catecismo, papá!", se oye la voz del padre Javier bajando por la escalera. En efecto, a los repiques de la Brother se suma el bullicio de los chiquillos en la nave. El padre sigue la explicación. En el atrio, un grupo de mujeres sentadas en la barda, lo mismo que un churrero de sombrero y lentes oscuros, esperan la salida de los niños. El padre Javier explica, Biblia en mano, a la quinceañera, la diferencia entre el «un dios» de los Testigos de Jehová y el «Dios» católico. Por último, le da unos consejos de vida práctica sobre cómo debe vivir su juventud y tratar a sus padres. La despide con su madre. Entran tres señoras con cestas de frutas y otros alimentos a la oficina. "Las tres se han tomado voluntariamente la tarea de recorrer el barrio recolectando entre los vecinos despensas que traen a la iglesia todos los días". Explica el padre Javier. Él luego reparte buena parte de todo eso entre los indigentes que le vienen a pedir. "Estas son las colectas", muestra el padre una canasta con algunos billetes arrugados y un puño de monedas. "Se distribuyen entre los pobres, y lo que sobra es para las necesidades del templo, y así va saliendo". A las once de la mañana el padre Javier intenta con la mitad de las llaves de un llavero hasta que consigue abrir el confesio nario. Una jovencita ocupa el cubículo adjunto. "La mayoría de las veces la gente se confiesa de frente y en cualquier lugar", aclara después el padre Javier. Comienzan a llegar ramos morados y señoras de negro. A las once el padre celebra una misa de aniversario luctuoso. Pasado el medio día está llena la nave de voces y chillidos. El padre Javier ha dirigido la ceremonia del bautizo en grupo a unas sesenta personas y luego va escanciando el agua bendita sobre las cabezas de los niños en la pila bautismal. "¿Cómo se va a llamar?", pregunta.... "Fabiola Alejandra, yo te bautizo en el nombre del Padre...." A la una y media, auxiliado por su secretaria, llama a los recién bautizados por su nombre y les va entregando las constancias de bautizo. A las dos el padre Javier ayuda a su papá, boina de lado, a bajar los escalones de la casa y a subir al carro, un Mercury Topaz 83 que batalla para prender. El papá, dueño anterior del carro en sus mejores días, opina que es el carburador. El padre Javier conjetura que es el filtro de la gasolina. Como anda en la última rayita el Topaz le pone el sacerdote cuarenta pesos de gasolina. Comen menudo en un local de la Pancho Villa. El anciano padre, oriundo de Sonora, echa de menos los granos de elote. "Es estilo Jalisco", aclara el padre Javier. Escuchan amables y atentos la conversación de un invitado que tienen a la mesa. Toman agua de naranja con papaya. El restaurantero no les cobra al final y los despide amablemente en la puerta. A las seis sale la quinceañera de una li mousine frente a la Iglesia, y el padre la recibe en el atrio. "Las misas de quinceañeras y las de boda traen a muchos fieles de distintas parroquias", dice el padre Javier. Añade sonriente: "Es cuando tengo más gente". A las siete oficia una misa de boda. Mientras afuera esperan los carros con moños blancos en los cofres, habla a los novios y conmina a la concurrencia a que los niños chillones no sean pretexto para dejar de venir a misa. "Vengan aunque traigan niños chillones; la palabra de Dios entra en el corazón y les remueve la mugre....". A las ocho llega un carro por el padre Javier, que se lo lleva a la reunión del mfc, Sector Centro, del que es asesor espiritual. Preside la reunión con un rezo y unas pa labras de reflexión sobre el significado de adviento. La gente se le acerca y ofrece cálidos saludos. El maestro de ceremonias pide un minuto de silencio por la memoria del padre Luis, ex-director del MFC a nivel diocesano, asesinado arteramente el mes pasado. El minuto termina con una salva de aplausos. El padre Javier vuelve a casa, sube a su carro acompañado de una ancianita y enfila a lo de la familia Márquez, donde le esperan con la mesa servida. Bendice los alimentos, come, pregunta por los miembros de la familia, y se despide en la puerta con una ración que una de las hijas ha envuelto en una bolsa. Dice el padre Javier que cuando no le alcanza el día reza laúdes y vísperas antes de acostarse, aunque a veces se queda dormido en el intento. Los domingos oficia cinco misas en su parroquia de la Sagrada Familia en los hora rios de 7, 8, 10, 12 y 7. Para la misa de 10 no toca las campanas para no competir con la iglesia del Perpetuo Socorro que tiene misa a la misma hora. Preguntas Indiscretas ¿Cómo sobrelleva el voto de castidad y las promesas de pobreza y obediencia? "Así como lo has visto". ¿Humanamente no se siente solo? "No, la parroquia es mi familia". ¿No le incomoda llevar a las comidas que lo invitan a personas indigentes con usted? "Me siento mal de que yo coma y otros no coman". ¿Cómo percibe en su casa la estancia de su anciano padre que usted mismo cuida? "Como una bendición". |