La Cruz de California

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ARTICULOS DE
SEPTIEMBRE 2005




BREVES

CARTAS AL EDITOR

SIN AZÚCAR,
POR FAVOR


¿A QUIÉN IREMOS?




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Entre el crimen y la desconfianza


La delincuencia atenta contra la integridad de las personas y la propiedad privada; pero también contra la confianza, ese valor social que los defensores de la “cultura de la legalidad” y los que propugnan por una sociedad cada vez más carcelaria ni siquiera han tomado en cuenta.

Cuando el crimen y la corrup ción sobrepasan cierto límite -- y supongamos que en ciertas ciudades ya está sobrepasado -- la sociedad exige al Estado más seguridad, y los ciudadanos se hacen de alarmas y candados.

Ciertamente la llamada “cultura de la legalidad” y la cultura de una sociedad más carcelaria ayudarían a que todos anduviéramos más derechitos; pero eso no nos devolvería el valor social perdido de la confianza.

Convengamos que los esfuerzos del Estado y las dotaciones de alarmas y candados lograrán devolver la seguridad a los ciudadanos; una seguridad así alcanzada sólo estaría sustentada en la fragilidad de esa bomba de tiempo que es la desconfianza, pronta a estallar el día que las alarmas aúllen sin parar y los candados revienten a la presión de afuera. Sería sólo cuestión de tiempo.

Hoy día se enseña a los niños la desconfianza a los demás, y quizá se justifique esta enseñanza, pero no deja de ser uno de los síntomas más tristes de los años que corren. A mí mi madre me enseñó a confiar en los demás, en el corazón bueno de la gente: “En el fondo todas las personas son buenas”. A lo que la vida sólo habrá sabido añadir: “... pero muy en el fondo”. Como fuera, de lo que se trataba era de escarbar. Un tío “escarbaba” así: “Dale la llave al ladrón y no te roba”. Y le funcionó. La única vez que le robaron fue por la ventana.

Yo no sabría calcular si en mi caso ha sido más lo ganado que lo perdido por andar de confiado, pero me gustaría afirmar que por una sola persona digna de confianza en el mundo habrá valido la pena equivocarme con todas las otras. Se me acusará de exagerado y no me defenderé. Lo que trato aquí es de considerar lo que representa para la sociedad la pérdida de la confianza en los demás, por muy justificadas que sean sus causas.

Me he llegado a preguntar, incluso, si el día que desapareciera toda confianza sobre la tierra no habría desaparecido también la sociedad. Los seres humanos somos seres de encuentro, y cada vez que la desconfianza nos priva de un acercamiento genuino con otra persona es como si algo dentro de nosotros se rompiera, es como si esa rotura nos condenara al claustro de una soledad cada vez más impenetrable.

Tal vez nuestra verdadera tragedia social sea precisamente esta: la incapacidad de vernos en el otro sin siquiera damos cuenta de esta incapacidad.

El problema de la inseguridad de la calle no se resuelve en la calle. Si como sociedad lográramos resolver los problemas que causan la marginación -- formidable caldo de cultivo de la delincuencia -- no por sus efectos sino por sus causas, ya estaríamos en la otra orilla. Se me objetará que la otra orilla no existe, que el comunismo se hundió en la historia. Supongamos que así haya sido, lo lamento; pero en esta orilla tenemos la libertad que tanto exaltan nuestras leyes. ¿Tenemos realmente el coraje de vivir en ella? ¿el valor de asumirla con sus riesgos, sin los candados que al tiempo que nos dan seguridad nos hacen prisioneros de ella? Ya veo que no. Vivir en libertad es también atrevernos a establecer mejores diálogos, a mirarnos a los ojos, a obsequiarnos sonrisas más sinceras, a dar más abrazos...; es atrevernos a educar a los niños más allá de la desconfianza, en una responsabilidad so lidaria que los integre a esta gran familia que es el género humano.

Pero no todo está perdido: en los autobuses que recorren las ciudades mexicanas, monedas y boletos, a través de una cadena de manos, siguen llevando la confianza en opuestas direcciones entre el chofer y el último pasajero que en el estribo de atrás lleva un pie en el aire. Así mismo, en las esquinas el taquero sigue preguntando cuántos fueron. Usted siga buscando ejemplos de esa confianza sobreviviente de la delincuencia y de los que la combaten. Yo espero que los defienda.