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La niñez y las cifras que no se ven


POR ALFREDO ORTEGA-TRILLO

Aunque la pirámide de población de México a partir de los años 80 tiende a imitar la tendencia de la pirámide mundial (la base de la pirámide se va encogiendo), los niños en México siguen conformando un importante sector de la población.

El 30 de abril se celebra en México el Día del Niño. El origen oficial de esta celebración parte de una resolución de la Asamblea General de la ONU promulgada en 1954, y en la que se declara el 20 de noviembre como el Día Internacional del Niño. Indistintamente, cada país lo celebra según la pertinencia de sus propios calendarios. Venezuela el tercer domingo de julio, Chile el primer domingo de agosto, Argentina el segundo domingo de agosto, etcétera.

El propósito de la resolución de la ONU es promover anualmente un día consagrado a todos los niños del mundo. El organismo encargado de impulsar los programas y proyectos que conlleven a hacer efectivo el apoyo a la niñez es la Fundación de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF (por sus siglas en inglés).

En 1959 la ONU promulga la Declaración de los Derechos del Niño, mismos que se concentraron fundamentalmente en nutrición, salud y educación. En 1990 la ONU aprueba la Convención sobre los Derechos del Niño, que garantizan el derecho de los niños a la supervivencia; al desarrollo pleno; a la protección contra las influencias peligrosas, contra el maltrato y la explotación; y a la plena participación en la vida familiar, cultural y social.

Los esfuerzos de la ONU por decretar, impulsar y defender los derechos de los niños representan un gran avance de civilidad mundial considerando, sobre todo, que 1,250 millones de niños viven hoy al margen del desarrollo en condiciones de explotación. Lo que ninguna fecha ni ninguna instancia oficial ha podido garantizar hasta hoy es la derrama de cariño y amor que hace falta a millones de niños en todo el mundo.

La pobreza de la niñez no debería medirse únicamente en términos económicos, como laudablemente lo hace UNICEF. La pobreza en amor podría extender el término de "tercer mundo", acuñado por el economista francés, Alfred Sauvy, para referirnos a ese otro mundo subdesarrollado en los afectos en el que viven tantos niños del planeta sin distingos hemisféricos ni de clases.

No hay registros de números para siquiera poder calcular cuántos millones de niños han visto destrozada su infancia a causa de matrimonios destruidos por la separación y los divorcios, ni se sabe cuántos niños, aun viviendo bajo el mismo techo de sus padres viven como huérfanos. Que estas cifras no figuren en las estadísticas porque los economistas no sepan cómo medirlas no significa que no exista también una pobreza de los niños respecto a la calidad de los afectos.

De lo que sí hablan las estadísticas es de niños que disminuyen su rendimiento escolar, de jóvenes que se autoexilian al país de las drogas, y que acaban por encontrar en la delincuencia una opción de vida. Detrás de estas estadísticas heladas lo que prevalece es un común denominador: la desintegración familiar, algo en lo que no parecen parar mientras las organizaciones que hoy día proponen modelos alternativos de familias que amenazan con minar los cimientos de la familia tradicional.

Los esquemas desintegradores de la familia tradicional no sólo se promueven en cabildeos dentro de todas las instancias legislativas por parte de grupos de homosexuales y lesbianas. El mismo tipo de progreso que va eligiendo la sociedad hacia la comodidad y el consumo es igualmente responsable de esta desintegración. A menudo los padres de familia dedican largas jornadas de trabajo y de relaciones públicas en sus intentos por obtener mayores beneficios para su familia sin darse cuenta que en muchas ocasiones lo que van a buscar fuera de casa no compensa lo que dejan dentro.

Que cada vez sean más los niños de las clases media y acomodada que pasen más horas enteras frente al televisor, los videojuegos o Internet no es un indicador de la preferencia de los niños por estar solos, según revelan estudios de la Universidad del País Vasco sino, más bien, de los paliativos que usan los niños contra la soledad.

La copiosa información que existe sobre la influencia de los videojuegos en los niños es coincidente: los videojuegos ofrecen al niño estimulación de sus habilidades psicomotrices, de coordinación visual y manual, de razonamiento deductivo, abstracto, de la memoria y aumento de la atención; pero también los video juegos tienden a generar entre los niños insensibilidad hacia la violencia, a producir tendencias al ensimismamiento, a la soledad, a la timidez y, en algunos casos, a la agresividad.

La orientación actual del progreso no sólo deja a los niños sin padres, sino también sin abuelos. La pérdida generacional de los abuelos en las familias es bien plausible, sobre todo en familias de clases acomodadas. A diferencia de los abuelos que antaño leían cuentos a los nietos, muchos abuelos de hoy viven desterrados del hogar, confinados en asilos.

Como lo confirman las estadísticas, la descomposición de la familia es el caldo de cultivo para el consumo de drogas y la delincuencia y, por ende, de la inseguridad. La misma que, encima, priva a los niños de la convivencia barrial con otros niños de su edad, confinándolos doblemente al encierro de sus casas.

Según la profesora Genoveva Hernández, los padres quisieran dejar a los maestros la responsabilidad de la educación de sus hijos, soslayando que la escuela fundamentalmente educa, pero no forma. "Ninguna calidad formativa de la escuela puede ser mejor que la que reciben en casa".

El problema de la soledad en la infancia, sin embargo, no es asunto exclusivo del abandono físico de los padres. "A veces la distancia de la indiferencia es más dolorosa para un niño que la distancia física", declara la psicóloga Graciela Castauro, especialista en niños, quien pone el énfasis, más que en la cantidad, en la calidad del tiempo que pasan los padres con sus hijos.

Respecto de la necesidad de un tiempo compartido de calidad plena entre padres e hijos al seno de la familia el Papa Juan Pablo II expresó en el año jubilar 2000 lo siguiente: "Al ser humano no le bastan relaciones simplemente funcionales. Necesita relaciones interpersonales, llenas de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre éstas, es fundamental la que se realiza en la familia: no sólo en las relaciones entre los esposos, sino también entre ellos y sus hijos".

Paralelamente a la celebración del Día del Niño y de manera creciente diversos países han ido adoptando desde 1999 la propuesta de Argentina de celebrar el 25 de marzo como el Día del Niño por Nacer, de acuerdo con el día en que la Iglesia celebra la Anunciación, cuando Jesús fue concebido en el seno de María.

Entre los países que han acogido esta iniciativa se encuentran Brasil, Chile, Costa Rica, Cuba, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Uruguay, España, Paraguay, Perú, El Salvador, Austria, Eslovaquia, Filipinas y México. En México se celebra esta fiesta bajo el título: "Día de la vida concebida en el seno materno". Esta celebración es una clara manifestación oficial que reconoce el origen de la vida humana en el momento de la concepción y una declaración implícita en contra del aborto.

En los últimos años se ha ido propagando en México una tradición que inició en Tuxpan, Veracruz: el Día del Niño Perdido, con fecha del 7 de diciembre, en que la Iglesia recuerda la pérdida del niño Jesús en Jerusalén, que tres días después fue encontrado en el Templo de Salomón. Esta tradición lleva consuelo y esperanza a las familias que han sufrido el extravío de un niño y a la vez intenta despertar conciencia en torno a la gravedad de los secuestros de menores. La tradición de este día consiste en colocar y encender velas a la entrada de las casas y negocios el 7 de diciembre en punto de las 7 de la noche.

Del Evangelio se desprende el mandato divino de que los niños sean preservados de todo mal: "Al que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valiera que le colgaran al cuello una rueda de molino de asno, y así lo arrojaran al fondo del mar". (Mateo 18, versículo 6.)