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Día de MuertosEntre la tradición y el folklorePOR ALFREDO ORTEGA-TRILLO La celebración del Día de Muertos es una tradición prehispánica de la región central y sureña de México que consiste en un ritual de celebraciones a los antepasados vinculada originariamente con el levantamiento de las cosechas hacia finales del verano. Durante el período de evangelización de Mesoamérica la celebración se trasladó al 2 de noviembre para acercarla a la festividad del día de Todos los Santos que registra el calendario católico el 1 de noviembre. Los últimos veinte años la tradición del Día de Muertos se ha propagado rápidamente por todo el territorio mexicano debido, en parte, a los esfuerzos de una campaña de corte nacionalista por parte de la Secretaría de Educación Pública en un esfuerzo por contrarrestar la influencia del Halloween, cuya propagación se ha extendido, a su vez, desde la frontera norte del país hacia gran parte del territorio nacional durante estos últimos veinte años. Las escuelas de enseñanza elemental han sido el principal vehículo de expansión de ambas tradiciones en México: el Halloween y el Día de Muertos. Durante la víspera al 2 de noviembre la escuela pública promueve la confección de altares de muertos entre los niños; por su parte, la escuela privada suele promover las fiestas de disfraces y la petición de dulces entre los niños en torno al día 31 de octubre, aunque no exactamente en esa fecha, como sí ocurre en Tijuana y demás ciudades vecinas de la frontera mexicana. Como las fechas de ambas celebraciones son tan próximas entre sí, la influencia mutua ha sido natural y el resultado un enriquecimiento de aportaciones en ambas direcciones. Se trata de una superposición de sincretismos a sincretismos anteriores: el Halloween ya venía de la fusión del All Hallow's Eve de la tradición católico-irlandesa y del Shamhain del paganismo Celta. Por su parte, el Día de Muertos procede de la fusión del culto a los muertos prehispánico aparejado a las cosechas y su "cristianización" bajo el tamiz de elementos y símbolos católicos. Así ocurre que de pronto colores naranja y negro hoy tiñen listones en los altares de muertos del 2 de noviembre sobre las tumbas, nada menos que, en uno de los sitios donde la celebración del Día de Muertos hasta el día de hoy ha sido considerada en México como uno de los bastiones más consolidados y centros de irradiación que sirve como modelo a esta tradición: la isla de Janitzio en Pázcuaro, Michoacán donde, de paso, niños purépechas deambulan por la isla con una calabaza hueca pidiendo dinero (que no dulces) a los turistas. Sin embargo, hoy la gran "amenaza" de la tradición del Día de Muertos no es el Halloween, que enriquece la tradición con nuevas aportaciones, sino su carácter de exhibición -- espectáculo que lo ha convertido de pronto en folklore y a los celebrantes en actores de su propia celebración; especialmente si somos millares de turistas profanando la media luz de los cementerios con el grosero disparo de nuestros flashes, atraídos por el exotismo de las velas y de las tumbas adornadas con flores de cempasúchil, panes, dulces y frutas en Janitzio donde se paladea, de paso, el famoso pescado blanco que se extrae del circundante lago de Pázcuaro en esas barcas de postal sacando del agua las anchas redes en forma de alas de mariposa. Entre el 1 y 2 de noviembre la isla de Janitzio se llena de una actividad febril impulsada por el turismo. Un flujo ininterrumpido de balsas repletas de visitantes hace el recorrido desde los embarcaderos rodeados de nenúfares en la ribera de Pázcuaro hasta la isla de Janitzio en el corazón del lago. Lo cierto es que, a expensas de la tradición, todos parecemos salir ganando. Los turistas se divierten "culturalmente" como podrían divertirse "ecológicamente" subiendo por las faldas de un volcán; y la isla de Janitzio recibe una bienhechora derrama económica. En su navegación las lanchas repletas de turistas antes de desembarcar en la isla hacen un recorrido al rededor de ella. Sobresalen en las empinadas cuestas casas blancas con techos de teja roja, diseminadas irregularmente por todo el encrespado relieve de la isla que remata en lo alto la figura monumental de un Morelos dominando el gran lago. El desembarco de turistas en la isla emularía cualquier mega producción de Hollywood. Un ejército de alegres invasores echa pie a tierra y discurre por las intrincadas y empinadas escalinatas que flanquean balcones y soportes de madera de los que, a veces, cuelgan redes. "¿Dónde está el cementerio?", "¿a qué horas va a ser la exhibición de las lanchas con antorchas?", "qué va a haber en el teatro?". Los turistas se responden lo que han oído y las respuestas, a menudo contradictorias, recorren de boca en boca toda la isla. Lo cierto es que a la media noche, precedida por bailables, música, comidas de platillos típicos y la compraventa de toda clase de artesanía de todos colores, materiales y formas, se realiza la procesión de mujeres y niños acompañada por un ejército de turistas hacia el cementerio que se ubica en una explanada a media altura de la isla detrás de la iglesia. Las mujeres y los niños adornan las tumbas con servilletas bordadas y en ellas depositan frutas y panes y cosas que en vida fueron del agrado de sus antepasados difuntos. También colocan ofrendas florales enmarcadas por las luces de numerosas velas, y así transcurre la noche entre alabanzas, rezos y cantos. Una campana colocada en el arco de la entrada del cementerio suena discretamente toda la noche hasta el amanecer mientras en toda la isla hacen eco los cantos purépechas implorando el descanso de las almas de los ausentes y la felicidad de los que quedan en la tierra. Independientemente de los distintos matices que toma esta celebración del Día de Muertos en el país, de lo que se trata es de recordar y honrar a los muertos que fueron familiares o amigos. En las grandes ciudades de México la tradición se reduce a llevar flores a las tumbas y una escoba para barrer la lápida, ya que por lo general habrá pasado mucho tiempo desde la última visita. Hay quienes, de espíritu más festivo, incluso llevan músicos y acaban con algunas cervezas empinadas a la "salud" del muerto bailando sobre la tumba. El sentido cristiano de esta fecha convoca a la reflexión y la meditación en torno al significado de la muerte como tránsito a la vida eterna. "El cristiano no le puede tener miedo a la oscuridad de la muerte, pues ha depositado su fe en Cristo, que es antorcha de amor y de esperanza, la cual alumbra nuestra vida hacia la eternidad", declara el padre Roberto Díaz.
El dos de noviembre, es un día señalado por la misma Iglesia para pedir de una manera especial por nuestros difuntos. Bajo los auspicios espirituales de la Iglesia, la mejor ayuda para las almas de nuestros difuntos en la purga de sus penas es ofrecer por ellos la Santa Misa.
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