La Cruz de California

ARTICULOS

ARTICULOS DE
OCTUBRE 2004




BREVES

CARTAS AL EDITOR

SIN AZÚCAR,
POR FAVOR


¿A QUIÉN IREMOS?




Contents © 2004
by Jim Holman.
All rights reserved.





La penumbra del confesionario se ilumina

Las confesiones en la Basílica de Guadalupe


POR ALFREDO ORTEGA-TRILLO

Las confesiones en la Basílica de Guadalupe tienen una intensidad especial; tanto para el que se confiesa como para el confesor.

En este artículo La Cruz de California se acerca a la experiencia de la confesión en la Basílica de Guadalupe con devoción y respeto, rescatando el testimonio de algunos de los sacerdotes que actualmente administran este sacramento en el segundo santuario católico (después del Vaticano) más importante del mundo.

"¿Así que viniste a ver a la Virgen?"

Las palabras del sacerdote atraviesan la ventanilla cubierta por un velo en uno de los 18 confesionarios que hay en la Basílica de Guadalupe.

"No, padrecito", contesta la voz de una mujer del otro lado. "Vengo a que ella me vea. Yo ya perdí la vista hace mucho".

La penumbra de los confesionarios de la Basílica de Guadalupe se llena de los destellos de una fe que irradia directamente del corazón de los peregrinos. El padre Juan Ortiz Magos, secretario de la Vicaría Episcopal de Guadalupe, a eso se refiere cuando dice: "Son frases que ayudan al sacerdote a tomar conciencia del lugar donde está. La fe y la sabiduría de los peregrinos muchas veces nos sobrepasan".

Para el que viene de muy lejos postergando varias veces el viaje, cargando el peso de culpas acumuladas, llegar a la Basílica de Guadalupe a confesarse es encontrarse con el consuelo de la Virgen de Guadalupe. "Es lo que los peregrinos vienen a buscar, esa figura materna, ese cariño de mamá que los acoja. Yo como sacerdote lo percibo así juntamente con todos los sacerdotes que trabajamos aquí en la Basílica. Lo percibimos en las confesiones", dice el padre Ortiz Magos. "Nos llegan las personas de cinco, diez, treinta años de no confesarse. Cuando nos llegan aquí arrepentidos, se acercan como el hijo que llega arrepentido a la casa de una mamá; una mamá normal. Y creo que aquí es la misión de nosotros como sacerdotes, demostrar ese cariño materno; demostrar ese cariño materno a ese peregrino que llega arrepentido, que no sabe ya como confesarse, pero que le mueve el amor a la Virgen".

La interpretación del amor maternal vinculado a la Virgen María tiene antecedentes prehispánicos desde los primeros mexicanos. "Cuando la Virgen María de Guadalupe pide la construcción del templo es porque quiere demostrar su amor, su ternura, su compasión en esta tierra. El hombre indígena lo capta así inmediatamente desde el tiempo de las apariciones", explica el P. Ortiz Magos.

El origen de una nación bajo el manto de la Virgen María tiene también antecedentes prehispánicos, pues en el contexto indígena se entendía que la construcción de un templo significaba el nacimiento de una nueva nación. Así, cuando en 1531, a 10 años de la conquista, la Virgen expresa en las apariciones su deseo: "Quiero que se me erija aquí un templo", los indígenas lo entienden como el deseo de la Virgen por fundar una nueva nación.

La declaración de la Virgen María, según consta en el Nican Mopohua, es permanecer más allá de las apariciones: "¿Qué no estoy yo aquí que soy tu madre?". El sentido de refugio y protección de la figura materna tiene un lugar predominante en la mentalidad indígena. "Cuando nacía la niña le cortaban el ombligo y lo enterraban en el lugar del fuego, donde están las ollas de la comida. Y las ancianas decían: mi pequeña, mi plumita preciosa, mi quetzal, has venido a este mundo a sufrir, a cansarte, tu ombligo es enterrado en este tlecuil, porque así como aquí abajo de las cenizas hay fuego y se reúnen todos para comer, aquí tú vas a tener a todos tus hijos alrededor de este tlecuil, para darle su tortilla, para darles su alimento. Procura que siempre tus hijos estén unidos como en el momento de la comida." (Ortiz Magos). En este sentido de refugio y protección, de alimento espiritual, es que el indígena entendió el mensaje de la Virgen María cuando ella decide dejar plasmada su imagen en el ayate.

Algunos sacerdotes de la Basílica coinciden en esta percepción: muchos de los fieles que se acercan a la confesión en este santuario están muy necesitados de un desahogo espiritual. "Cuando un arrepentido llega aquí al santuario y platica con el sacerdote y se deshaga de todo ese conflicto llora, llora. Pero es un llorar así como cuando el niño llora arrepentido en los brazos de la mamá".

"A mí me tocó una vez un joven que me dijo en el confesionario: Padre, yo me quiero suicidar, nada más quiero que me confiese para irme bien".

"¿Por qué hijo, qué pasó?"

Traía un fuerte conflicto con su mamá, y la había golpeado. "Yo aquí capté de inmediato el conflicto", declara el sacerdote. "Que él tenía con su mamá biológica. Ante la ausencia de un cariño materno con la mamá biológica, él llegó aquí buscando esa figura materna. Porque él si hubiera querido, traía el arma, venía del Estado de México, ¿para qué viene hasta acá a la Basílica? Aquí es donde viene el reto para el sacerdote que trabaja en la Basílica demostrar el amor materno de la Virgen a los fieles".

¿Y qué pasó?

"Le pedí que me diera el arma, se la quité y me hice responsable de llevarlo a un lugar donde recibiera atención psicológica".

Los pecados que se confiesan en la Basílica de Guadalupe son los mismos pecados que se confiesan en todos los confesionarios del mundo "y a lo largo de la historia del pueblo de Dios siguen siendo los mismos: la misma debilidad de la carne, el mismo egoísmo", añade otro sacerdote que ahora entrevisto en un confesionario, mientras afuera la fila espera. "Es que el diablo es el mismo diablo de siempre", concluye.

Estar bajo el manto protector de la Santísima Virgen de Guadalupe en México es algo que muchos católicos mexicanos no valoramos tanto como alguien que desde fuera nos lo hace notar. El sacerdote argentino, Andrés Chitarrioni, uno de los treinta sacerdotes que actualmente ofrecen sus servicios en la Basílica de Guadalupe se expresa en estos términos: "Muchas personas de América quisiéramos ser mexicanos. Anhelaríamos ser tantito mexicanos de sangre, de nombre, de acento; porque ustedes son de los grandes, de los prestigiados que tienen en su tierra a la Virgen de Guadalupe".

La confesión es un sacramento instituido por Jesucristo cuando se apareció a sus apóstoles reunidos en el cenáculo y les dio la facultad para perdonar los pecados: "A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados, y a quienes se los retengáis les serán retenidos" (San Juan, 20:23).

La confesión devuelve la gracia santificante, restaura el derecho a la gloria y los méritos pasados.

La Iglesia obliga la confesión por lo menos una vez al año. Las condiciones de una buena confesión son el arrepentimiento, el propósito de enmienda, la confesión de los pecados y cumplir la penitencia.

Dios no quiere al pecado pero ama al pecador.