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La Basílica de Guadalupe en México

El segundo santuario más importante en peregrinaciones dentro del mundo católico después del Vaticano


POR ROBERTO TEJEDA

(Para nuestros lectores comienza aquí una serie de tres entregas que tocarán tres aspectos relacionados con la Basílica de Guadalupe de México., Aquí la primera.)

Hacia las seis de la mañana Venus aún brilla en el cielo del amanecer sobre la peculiar silueta del techo en pico de la Basílica de Guadalupe en la ciudad de México. El lejano vocerío de los primeros peregrinos y el breve taconeo de sus pisadas sobre los adoquines del atrio ya se acercan a la entrada del templo, donde el sacerdote oficia la primera Misa del día ante unas doscientas personas.

Por uno de los pasillos varios que convergen hacia el altar mayor un padre empuja en silla de ruedas a un hijo. La llama de la veladora que el hijo lleva en las manos parpadea en sus ojos de niño, pero sus ojos no parpadean. Tan fijos como están, son ya dos alfileres clavados en la imagen de la Virgen de Guadalupe. Debajo de la cera derretida sus dedos también son dos piedras translúcidas apretadas a la tibieza de la veladora.

Todos los días del año, hora tras hora, las Misas se suceden ininterrumpidamente en la Basílica de Guadalupe de puertas abiertas hasta las ocho de la noche. Ininterrumpidamente esos ojos de alfiler se multiplican en millones de miradas que desde hace casi quinientos años se clavan en un mismo punto del espacio: la tilma de San Juan Diego.

A diferencia de las otras revelaciones y apariciones de la Virgen María en otras advocaciones, ésta del Tepeyac está considerada como la única en el mundo, en que la madre de Dios ha decidido quedarse en la tierra a través de una imagen plasmada en un objeto. Los resultados de múltiples estudios sobre la imagen formada en el ayate, ruana, tilma o poncho del indígena Juan Diego han hecho públicos los azoros de la ciencia ante la fibra de maguey incorruptible de que está hecho este tejido que ha permanecido incólume al paso de casi quinientos años, en los que los primeros 116 los transcurrió la imagen literalmente expuesta a las inclemencias del ambiente, sin protección alguna contra el polvo, la humedad, el calor, el humo de las velas y el continuo roce de miles y miles de objetos que tocaron a la venerada imagen, además del constante contacto de manos y besos de innumerables peregrinos.

Más recientemente, en 1921, sufrió el atentado de una bomba oculta en un florero que dobló el crucifijo de metal que la flanqueaba, aunque ni siquiera astilló el cristal del cuadro que la contenía. Por lo pronto, y a diferencia de la mayoría de los museos, en que se prohíbe el uso del flash para salvaguardad la integridad química de los cuadros, en el altar mayor de la Basílica la imagen sigue expuesta al interrumpido disparo de los flashes de cámaras fotográficas que relampaguean sobre ella desde que se inventó el flash.

La imagen tiene un marco de oro, enmarcado a su vez, por otro de plata. El cuadro completo se puede girar 180 grados, de manera que la imagen puede quedar vuelta hacia un camarín, una especie de ermita impenetrable como bóveda de banco, la cual está reservada para la visita de algún prelado de alto rango, alguna encumbrada autoridad civil o algún científico suertudo; los que podrían ver la imagen a la altura de los ojos a tres o cuatro palmos de distancia. En este momento están prohibidos los estudios sobre la imagen.

Por su parte, los peregrinos pueden contemplar la imagen a unos pocos metros de distancia a través de bandas transportadoras que corren por debajo de la pared en que está colocada. Buscándole accidentes a la tela, lo que se puede observar revisando detenidamente cualquier fotografía láser de las que se han tomado al original, uno puede reconocer los dobleces marcados que tiene la tilma, la costura unión de dos lienzos que la recorre de arriba a abajo (aunque esta costura no cruza la cara de la Virgen, pues ella tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado). Hay una marca dejada por el corrimiento de un líquido en dirección vertical en la parte superior derecha que no toca la imagen.

Hace algunos años el entonces abad de la Basílica, Guillermo Shulemburg desató una fuerte polémica en torno a la existencia histórica del indígena Juan Diego, lo que llevó a la formación de varias comisiones que se dieron a la tarea de investigar.

“A mí personalmente me tocó intervenir en la traducción de un manuscrito del siglo XVI”, declara el padre Juan Ortiz Magos, secretario de la vicaría episcopal de la Basílica. “En este documento se hablaba de una herencia en Cuauhtitlán que Cuauhtlatoatzin (Juan Diego) dejaba en herencia con señalamientos, como lo hace la gente campesina, usando las referencias de un pirul, de una piedra, o un nopal”. Eran las limitaciones de un terreno que Juan Diego dejaba en propiedad en Cuauhtilán.

Lo cierto es que el resultado de estas y otras investigaciones ayudaron a confirmar más aún la existencia histórica de Juan Diego y a acelerar el proceso de su canonización que se realizó el año pasado.

Ubicado a tres cuadras de la Basílica, se está construyendo el santuario de San Juan Diego, que se dedicará a cumplir con la pastoral socio-caritativa de la Basílica. Su diseño se inspira en el diseño mismo de la imagen de la Virgen aparecida y en abundantes estudios que se han hecho respecto de su rica simbología según el paradigma de la cosmovisión indígena.

El nombre de Guadalupe es una españolarización del término náhuatl: “coatlaxopeuh”, que significa “la que aplasta a la serpiente”, y que se pronuncia en castellano: “quatlasupe”. Los ayudantes del obispo de México, que eran españoles, le habrán podido decir a Fray Juan de Zumárraga: “Ahí está otra vez el indio”, o algo por el estilo. Y como habrían entendido que el indígena de la antesala se refería a la madre de Dios que lo mandaba, sus oídos españoles debieron asociar aquella pronunciación con la del nombre de la Virgen que habían dejado en Cáceres, España, “Guadalupe”, y así se lo repitieron a Fray Juan de Zumárraga.

Existen pues, dos advocaciones para la Virgen de Guadalupe, aunque nada que ver entre las dos imágenes. La española tiene el semblante europeo y el vestido blanco en forma de triángulo y fue hecha por hombres. La del Tepeyac es, a todas luces, mestiza, con el manto azul estrellado y la Iglesia reconoce su origen divino.

El templo de la Nueva Basílica, dedicado a la pastoral litúrgica del santuario, se caracteriza por su techo en forma de carpa de circo y su planta circular. Aunque la estructura es relativamente liviana en proporción a sus dimensiones, sus cimientos cuentan con un sistema hidráulico que le permite amortiguar el efecto de los sismos, propios de la zona. El pilar único que sostiene la estructura, también conocido como “el mástil” tiene 38 metros de altura, la que es la altura del techo en su punto más alto.

No obstante las dimensiones de la Basílica, la acústica es prácticamente impecable. De hecho está considerado como el primer recinto sagrado del mundo que tuvo acústica casi perfecta.

El templo, cuya capacidad es para unas 18 mil personas, tiene la peculiaridad de permitir avistar el manto de la Virgen desde cualquier ángulo del recinto, lo mismo que desde cualquier punto del atrio que recubren el medio millón de adoquines traídos de Querétaro, donde se pueden concentrar treinta mil personas más.

Durante las primeras horas de la mañana el gran santuario en su basto complejo de formas coloniales, barrocas y modernas luce su estampa más lucida. El sol ribetea en dorado los contornos de las cosas y destaca el relieve y la textura de las superficies, definiendo visualmente mejor el carácter del lugar.

Siguiendo las ondulaciones de la falda del cerrito adjunto al santuario se extiende un jardín donde crecen abundantes rosas de castilla. Una ancha escalinata de piedra, flanqueada por árboles cuajados de pájaros, sube hasta el templo del cerrito, lugar de la primera aparición. Desde esa altura se domina entre la bruma el centro de la ciudad de México.

A media mañana el mercado sobre ruedas de las inmediaciones al santuario comienza a levantar sus carpas. Se despereza el barrio que rodea a la Basílica. Un lugar bastante desprolijo, que no se aviene con la presunta bonanza que uno esperaría de un lugar tan concurrido por gentes que lo visitan en millones al año.

Desde un puente peatonal cercano se divisan fondas para comer, zapaterías (a propósito de peregrinos), farmacias, hoteles y baños públicos. Aunque el santuario es visitado por personas de todas las clases sociales, en su gran mayoría se trata de gente humilde que, procedente del exterior a esta ciudad, han debido realizar verdaderos esfuerzos para llegar hasta aquí.

Alfonso Sánchez, encargado de Comunicación Social de la Basílica, explica sobre las obras de remodelación con que se proyecta incorporar un terreno adicional al atrio para construir la Plaza Mariana, que se calcula esté terminada para septiembre: “La Plaza Mariana va a atender al peregrino en la pastoral profética a través de encuentros y retiros. Esta plaza también va a alojar la Casa del Peregrino, la que va a proporcionar espacio para dormir, baños y calentadores para los visitantes”.

El tema de la reubicación del mercado sobre ruedas a la Plaza Mariana con lugar para 950 locales es actualmente tema puntilloso entre las publicaciones que circulan en la delegación Gustavo A. Madero, a la que pertenece la Basílica.

La Basílica de Guadalupe está abierta al público todos los días del año de 6 de la mañana a 8 de la noche, con misas a cada hora. La Misa principal de la semana es el domingo a las 9 de la mañana, en la que se toca el órgano. Los domingos a las 4 de la tarde hay una Misa que se oficia en Náhuatl en el altar mayor.

La Virgen de Guadalupe dentro de la Iglesia católica tiene el nombramiento de Emperatriz de América y Patrona de México. La devoción a la Virgen de Guadalupe es tan grande en México que la consolidación de la fe católica en este país se debe, en gran medida, a la devoción guadalupana, transmitida por generaciones a través de cinco siglos que han transcurrido paralelos a la historia nacional, por lo que se le considera a la Guadalupana también un símbolo de la mexicanidad.