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"Traiga a Dios para acá"

Las obras de la Madre Teresa en Tijuana


POR ALFREDO ORTEGA-TRILLO

Cuando se oye hablar de las obras de la Madre Teresa se piensa en bocas abiertas y manos extendidas; se piensa en una ancianita encorvada que iba por el mundo repartiendo el pan, repartiendo consuelos; repartiéndose a sí misma en todo lo que hacía. Pero, una vez, cuando iba repartiendo su sonrisa universal entre la gente humilde, y sus sandalias levantaban una nubecilla de polvo por las colinas secas de El Florido en Tijuana, un hombre que salió de entre la multitud se le acercó y le dijo: "Madre, por favor, aquí no hay Dios". La Madre Teresa hundió su mirada azul en los ojos de aquel hombre esperando la traducción.

Aquel "There isn't any God here" le atravesó el alma. El hombre seguía hablando: "No hay iglesia, no hay nada. Por favor traiga a Dios para acá".

No pedía pan, no pedía vestido ni techo ni nada material. Pedía a Dios, y eso debió conmover tanto a la Madre Teresa que nuestro entrevistado es ahora el Padre Roberto.

El Padre Roberto, de origen norteamericano, es el superior general de la rama sacerdotal de las Misiones de la Caridad en Tijuana, quien nos ha contado esa historia, "...y por eso estamos aquí", agrega.

¿Escogieron Tijuana para hacer el primer seminario de las obras?

"Madre Teresa siempre tenía un amor muy especial para Tijuana y para México en general, por el sentido, tal vez, del cariño que ella pues recibió por parte de la gente mexicana. Madre Teresa quiso que en Tijuana se estableciera el primer seminario de la rama de los sacerdotes para las Misiones de la Caridad. Nosotros somos, se puede decir, el último hijo en las fundaciones de la Madre Teresa".

¿Y cómo llegaron desde el principio las obras de la Madre Teresa hasta este rincón de México?

"En el principio fue el obispo Berlié Belauzarán quien invitó a Madre Teresa a venir para acá. Entonces, a través de él y su invitación, ella pues llevó a nosotros los sacerdotes".

Las obras de la Madre Teresa se realizan a través de cinco ramas de servicio: los hermanos religiosos activos y contemplativos, las hermanas religiosas activas y contemplativas y, a partir de 1984, la rama sacerdotal de las obras, que inició en Tijuana.

El padre Cyril, de origen indio, es el rector del seminario y maestro de novicios. En los patios del seminario, con el sol en el cenit y junto a un gran cactus, resulta difícil hablarle de usted al padre Cyril, porque destila una humildad que inspira otro tipo de respeto más amable y afectuoso. De ninguna manera descortés.

P. Cyril, explícanos la razón de ser de la rama sacerdotal en las obras de la Madre Teresa.

"Madre Teresa nos dijo, para completar las obras de misericordia que los misioneros, los hermanos y las hermanas ofrecen a través de las obras de caridad atendiendo a Cristo hambriento, desnudo, encarcelado; entonces nosotros los sacerdotes estamos tratando de atender al mismo Cristo, pero a través del sacerdocio con los sacramentos, con el deseo de saciar también la otra hambre, no de comida, pero de Jesús, a través de nuestro ministerio."

¿Qué significó para la Madre Teresa el seminario de Tijuana?

"Cuando Madre se llegó aquí, aquí en Tijuana, yo no estaba, pero nos dijeron que decía siempre y dijo que como para las madres la casa madre en Calcuta es, para ustedes, los padres, Tijuana será la casa por siempre".

El P. Cyril cierra un poco los ojos, refugiándolos del sol en la sombra de una rama. "Es una obra muy importante para nosotros porque aquí iniciamos la formación de nuestros seminaristas. Después siguen sus etapas de formación en otros lugares como Guatemala y Roma para seguir estudiando, pero aquí se inicia el programa de formación. Es una etapa muy importante para los jóvenes que entran para formarse en los mismos valores y el carisma de la Madre Teresa: servir a Dios en los más pobres de los pobres. Por eso tenemos la formación religiosa aquí con nosotros, y a la misma vez tenemos estudios de sacerdocio que los seminaristas hacen en el seminario diocesano".

El seminario de los Misioneros de la Caridad en Tijuana tiene hoy ocho seminaristas, de los que han partido cinco a hacer sus experiencias apostólicas en otras regiones del país y tres a Guatemala. Actualmente hay un novicio en segundo semestre, Eduardo, de Argentina, y otros tres en primero, provenientes de Chile, India y Perú. Así mismo, hay cinco postulantes más al seminario de Tijuana procedentes de Haití, España, India, Chile y México.

¿Cómo ha sido la respuesta de la comunidad de Tijuana en apoyo a su misión?

"Aquí en Tijuana tenemos muchos servidores que ya han aceptado la carisma de Madre Teresa. Hacen unos retiros y después los sacerdotes se encargan de formarlos. Y hay una muy buena respuesta aquí en Tijuana. Quieren servir a Jesús mismos en los pobres más pobres de los pobres en esta colonia".

P. Cyril, tú que creciste en la India, ¿percibes similitudes entre la pobreza de Tijuana y la de Calcuta?

"Calcuta y Tijuana tienen las dos pobrezas. Y nos fijamos en las dos pobrezas: la pobreza material y pobreza espiritual. Por eso Madre Teresa quiso que la rama sacerdotal fuera complemento de las ramas de misericordia que atienden las necesidades materiales, para que nosotros como sacerdotes nos enfocáramos en la pobreza espiritual".

La región transfronteriza de Tijuana hasta Los Ángeles, con su sede en San Francisco, es la zona de mayor concentración de centros de las obras de la Madre Teresa en el mundo. Sólo en Tijuana existen cuatro centros: dos para las obras activas, uno para las contemplativas y otro más que corresponde al primer seminario de la rama sacerdotal. En San Diego existe otra casa de atención y en Los Ángeles dos más.

Los centros en Tijuana tienen diferentes grupos de atención: la casa de la colonia Postal acoge mujeres en extrema necesidad. Otra casa atiende niños desamparados, y está también la Casa de San Juan Diego en la Central Camionera, donde se da de comer a cansados y hambrientos migrantes que hacen una larga fila antes de que se les abra la puerta del patio para dejarlos entrar.

Las hermanas abren la puerta y entonces es como si una hilera de estómagos avanzara hacia las ollas rebosantes, tan grandes, que las voluntarias, del otro lado de las mesas, apenas las han podido subir entre dos. Mientras las voces de las mujeres dirigen la operación avanzan los hombres mansa y silenciosamente y los cucharones vierten su contenido en platos y vasos.

La hermana superior de la casa de San Juan Diego es la hermana Shanti, originaria de la India. Estas son sus palabras plagadas de incorrecciones sintácticas, pero llenas de amor.

No le corregimos ninguna por no quitarle frescura ni así quitemos también la cándida dulzura de ese amor que la trajo a entregar el corazón a un lugar tan lejano de su tierra:

"En Central Camionera Madre abrió para los emigrantes, para dar a comer diario. Aquí servimos al comedor diario casi 200 personas. Y también cuidamos los ancianos que más necesitados desamparados".

En un extremo del patio se erige un monumento a San Juan Diego, que los mismos migrantes hicieron. Apilaron piedras y así formaron el cerrito, y arriba colocaron la estatua de San Juan Diego, la que parece que les mira mientras comen desparramados en el patio, ya de pie, ya sentados en bancas o apoyados contra la barda.

En la casa de San Juan Diego hay también una capilla de oración y un albergue para ancianos y enfermos terminales. A una hora por la tarde los indigentes y los ancianos se acercan a la capilla y junto con las hermanas rezan y entonan cánticos a Dios, constituyendo una familia improvisada de vagabundos y viajeros que a un tiempo unió el destino bajo un mismo techo y una misma oración.

Al día siguiente, bajo un solazo de plomo cayendo sobre techos aplastados por el garrotazo del sol, un par de sandalias va levantando una nubecilla de polvo por las colinas secas de la cuesta, como hace cerca de veinte años las de la Madre Teresa.

"¡Hola Padre!"

"Hola Mayra, saliste temprano de la escuela?"

"No, ya es la hora".

"Que bien, ¿vas a venir al novenario mañana?"

"Sí, que va a ser en la capilla".

"Bueno, allá nos vemos".

Con el costal de una despensa echado al hombro la silueta del P. Cyril se va haciendo chiquita mientras se aleja por la cuesta terregosa. Del otro lado de la colina lo esperan una madre soltera y sus tres hijos.