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Vidas paralelas

La historia del Instituto México de Tijuana y don Nacho


POR ALFREDO ORTEGA-TRILLO

Con treinta y nueve años de presencia en Tijuana, el Instituto México (IM), primer colegio marista en Baja California, ha dado a la región ya varios miles de ex alumnos distribuidos en 30 generaciones, todos ellos formados al crisol de una sólida educación y de una formación católica, disciplinada y entusiasta, muy al estilo marista.

Detrás de esta historia hay muchos nombres. Uno en especial hoy nos ocupa, que estuvo aún desde antes del principio, y que sigue estando.

"Soy el hermano marista, Ignacio Martínez. Estoy aquí a petición tuya y pues, yo me dejo querer. Todo sea, digamos aquí, para el recuerdo; que crezca en todos el aprecio hacia su escuela".

Aunque nunca ha sido afecto de los reflectores, ahora que a sus ochenta y ocho años "se deja querer", don Nacho Martínez se dejó entrevistar contra el paredón del gran gimnasio cuya construcción él mismo gestionó durante la segunda mitad de la década de los años 70, cuando dirigió el Instituto México de Tijuana.

En diciembre pasado el hermano Ignacio Martínez Hernández cumplió 70 años de vida marista consagrada. Una gracia, una proeza tan sólo compartida con otros tres hermanos en el país, que junto con él celebraron este acontecimiento en la misma ceremonia.

Hace cuatro años don Nacho regresó a su querido IM, después de 19 de ausencia. No volvía precisamente a "abrir y cerrar puertas", como humildemente me expresó aquella vez a la entrada del colegio. Había regresado para organizar a los ex alumnos. Y para ello se estableció en una oficina ubicada donde estuvo por muchos años la primera casa de los hermanos desde que llegaron a Tijuana en 1965.

Don Nacho Martínez, entre que volvió para acompañar y hacer presencia "porque mi voz ya no se impone", comenzó también por establecer una base de datos en su computadora, la que alimenta con la información de un fichero sobre una repisa. "¿Ya te anotaste?", le dice a los desbalagados ex alumnos que lo visitan. Y la lista va creciendo. Frente a su monitor mantiene activa comunicación de avisos y contactos con ex alumnos a través del correo electrónico, lo mismo que alimenta la página de los ex alumnos en el sitio marista de Internet.

Es cierto que los dedos le trastabillan sobre la misma tecla y que al final de las palabras, como la palabra "Pablo", tiene que regresar con el cursor saltando de uno en uno los espacios para borrar las letras repetidas. Añade "Aaguilar". Borra la segunda "a", y la pantalla despliega la biografía completa de "don Pablo", aquel recio director de la Preparatoria del IM que a finales de los años 70, desde el segundo piso, micrófono en mano, desgañitaba el torrente de su voz tronante sobre las cabezas de los estudiantes ya para alentarnos o para enderezarnos sin eufemismos. Teníamos, aquellos estudiantes, según decía: "un corazón de vaca" o éramos simplemente "diamantes en bruto". Y a menudo, según su estado de ánimo, más de bruto teníamos que de diamante.

Junto a la biografía de don Pablo y, no obstante el trastabillo traidor de sus dedos de ochenta y ocho años, don Nacho acabó ya de escribir, después de casi dos lustros de investigación y esmero, las 398 biografías de los hermanos maristas que ya han volado al Cielo, comenzando con el propio fundador, San Marcelino Champagnat. "Estoy esperando dos para cerrar el 400. A ver si me toca a mí para que me la hagan", sonríe.

"Háblenos del principio".

"El Chato Noriega fue el que vendió la idea", exclama con alivio, como sacándose de la mira. Se refiere a los comienzos del Instituto México de Tijuana.

"Cuéntenos de usted, de su familia, de su vocación".

"Yo soy de Veracruz, de una orilla del Papaloapan: Cosamaloapan, lugar de comadrejas. Debía haber muchas, pero tengo entendido que ya no queda ninguna. Mucha agua, región cañera. Allá está el ingenio de San Cristóbal. Mis papás, Ignacio Martínez Gutiérrez, oriundo de Chavinda, Michoacán; mi mamá, de Tehuacán. Vivían en la ribera del Papaloapan. Fui el tercero de siete hermanos en el seno de una familia muy unida".

El niño Ignacio estudió en Orizaba y después en Córdoba, con unas tías solteras ya mayores, tan piadosas como exigentes con él. A los trece años ingresó en el internado marista Patricio Sainz, donde cursó el quinto y sexto año de primaria y recibió la invitación de parte del hermano Félix C. Mora para hacerse hermano marista. No lo pensó mucho ni su papá tampoco: "No sé bien claro de qué se trata, pero si tus profesores te lo proponen, debe ser cosa buena", recuerda don Nacho esas palabras, extendiendo los brazos y encogiéndose de hombros como si tal cosa, "así que tienes mi permiso".

Acababan de matar a Obregón y eran años de persecución religiosa en el país, así que el joven Ignacio fue enviado al sur de Francia. Luego hizo el postulantado en Pontós, la Cataluña española y al año vistió el hábito que entonces portaban los maristas. Al año siguiente hizo sus votos y continuó estudiando el apostolado marista: la educación de los jóvenes. Estalló entonces la guerra civil en España. "Nos trasladaron a Cuba, donde estuvimos ocho años, hasta que en México soplaron vientos de tolerancia con la llegada del presidente Ávila Camacho, quien se declaró católico, y volvimos a México".

Corría el año 43 cuando participó en la fundación del Instituto México "Amores" en el D.F., y se pasó después a lo que sería el famoso CUM de México. En 1953 hace un segundo noviciado en Italia, y en 1956 lo mandan a Guadalajara como director de la preparatoria del Colegio Cervantes. Después, como hermano provincial visita Tijuana. Era 1964 y venía acompañando a los Hnos. Salvador Heredia y Víctor A. Lorenzo. Habían llegado a medir expectativas, atendiendo una reiterada invitación para hacerse cargo de un colegio marista en la ciudad.

En Tijuana, los contactos con los hermanos maristas los había iniciado el Ing. Armando Padilla, ex alumno de Guadalajara, aprovechando sus viajes a esa ciudad. Ya en marzo de 1962, el Hno. Salvador Heredia había realizado la primera visita a esta frontera.

Junto con el Ing. Padilla, otras familias ya se habían entusiasmado con la idea de traer a los maristas y el 13 de junio de 1963 constituyeron la Asociación Civil del Instituto México, integrada por Arturo Olivieri, Héctor Lutteroth, Fernando J. Rodríguez, el Dr. Manuel Bustamante, el Dr. Arturo Monfort y Genaro López, entre otros.

Mientras los Hermanos Maristas ponderaban la invitación, la asociación seguía adelante empujada, sobre todo, por un grupo de señoras que con una inflexible fijeza de propósito se habían forjado la visión de lo que un día sería el Instituto México. Los periódicos de la época mencionan en este grupo a Eva de Rodríguez, Mercedes de Lutteroth, Carolina de Bustamante, Gloria de Múzquiz, Olga de Montfort, Irma de Larroque, Irma de López, entre otras.

El proyecto inicial preveía el emplazamiento del futuro plantel educativo en el entonces recién inaugurado fraccionamiento de Playas de Tijuana, aprovechando que éste ofrecía gratuitamente dos manzanas, pero la Asociación decidió al final buscar un terreno más cercano a la ciudad. A principios de 1965 el Sr. Juan Alessio dona un terreno detrás de las caballerizas del Hipódromo de Agua Caliente y, días después, el Sr. Raymundo Múzquiz dona el terreno contiguo. Ambas donaciones se hacen con la condición de que en un plazo de noventa días la Asociación dispusiera de un millón de pesos para iniciar la obra del colegio. El grupo de señoras junta ese dinero y el Arq. Eduardo Casta inicia las construcciones bajo la administración del Sr. Fernando Rodríguez.

El lunes seis de septiembre de 1965 inicia el primer ciclo escolar del Instituto México con 204 niños distribuidos en tercero, cuarto, quinto y sexto de primaria. Aquella mañana se formaron por primera vez en el patio, iniciando el ritual de un espectáculo que se repetiría con los años, mientras escuchaban atentos bajo la llovizna las palabras del primer director, don Víctor A. Lorenzo: "Muchas generaciones podrán pasar por el Instituto México de Tijuana, pero sólo a ustedes corresponderá haber sido los alumnos fundadores".

Como se dice, lo demás es historia. El Instituto México cobró vida propia y se fue haciendo en el camino, caracterizado por una serie de aspectos organizativos y formales: las asambleas con sus distintivos y medallas de las premiaciones y su flamante banda de guerra; las kermesses con sus cascarones de huevo pintados rellenos de confeti, su casa de los espantos y sus naranjas con saladito al centro; los festivales atléticos y sus carrozas romanas, la lucha al cable y el climático cierre de relevos de cuatro por cien entre rojos y azules; los festivales intercolegiales Instituto México-Colegio La Paz-Instituto Progreso; las mini olimpiadas y, con suerte, la medalla al pecho; los concursos de declamación, de oratoria, las veladas musicales; las brigadas de rescate agarradas con las uñas de una pujosa bombera, jalonándose en lodosas cuestas de Tijuana cuando las inundaciones del 1979, y todo lo que ha sido después; la fragmentación, en fin, de cada una de estos aspectos en la hondura de sus detalles que más vivamente se graban en el alma de los niños, adolescentes y aún de los jóvenes.

Don Víctor A. Lorenzo, experto en relaciones y contactos, dejó el colegio en 1968 para prestar sus servicios en la Casa Generalicia de los Maristas en Roma. Lo sustituyó el pulcro, derechito y disciplinado, Hno. Alberto González Camacho.

El Prof. Ignacio Martínez llega en 1974 a hacerse cargo de la dirección del colegio y progresivamente va imponiendo el sello de su estilo mesurado, discreto y sencillo, al que se acomodó muy bien la austeridad impuesta por la gran devaluación del peso en 1976, que obligó a modificar las celebraciones sociales, escolares y otros eventos que se habían hecho ya tradicionales hacia una forma más sencilla y familiar.

A don Nacho tocó construir el gimnasio-auditorio, así como el edifico central de las oficinas administrativas y la biblioteca. Tocó a él en su gestión la organización de los festivales intercolegiales y atender las emergencias durante las inundaciones, contando de su lado con el paladín de los arrestos, el infatigable profesor Sergio Vázquez.

En 1980 se traslada a la Ciudad de México para trabajar en la Editorial Progreso, donde permanece hasta el año de 1999, en que vuelve al IM como asesor espiritual, devela el busto de San Marcelino Champagnat frente al colegio, en la calle que desde entonces lleva el nombre del fundador de la obra marista.

"Me gustaría ver cómo logramos integrar a los ex alumnos", expresa al término de esta entrevista.

Desde hace tres años organiza un desayuno de ex alumnos en los patios del IM, el sábado más próximo al 6 de junio, aniversario de San Marcelino.

"En realidad no he logrado gran cosa con estos medios electrónicos. Se me hace ya muy complejo, muy difícil manejarlos. Y si hubiera alguien que me ayudara para despertar el cariño, el orgullo de ser ex alumnos del Instituto México..."

La invitación queda abierta.

Para más información sobre los maristas, puede visitar la página en Internet: www.champagnat.org.