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¿Cuánto cuesta la felicidad?La sociedad mexicana tiene un arraigo familiar muy fuerte, y en ella suele cifrar más las causas de su felicidadPOR ALFREDO ORTEGA-TRILLO Si la felicidad tuviera precio los ricos también serían felices. No es que los pobres lo sean; pero se han descubierto indicios de que el estado placentero de la existencia, eso que inocentemente llamamos "felicidad", no obedece a parámetros necesariamente económicos. En noviembre pasado se publicó en diferentes medios del país que un estudio realizado sobre los índices de felicidad en el mundo había colocado a México a la cabeza. El descubrimiento y su publicación inmediatamente suscitaron, cercana a la indignación, la controversia de algunos comentaristas como Guillermo Ochoa, quien una mañana entera dedicó a su programa matutino en la Ciudad de México para dejar sus teléfonos abiertos a contestarle la siguiente pregunta: "Qué motivos tenemos para ser felices". Su pregunta llevaba el reproche de las cabezas de los diarios que no hacían sino recordar los avatares de una prolongada crisis económica, el precio de una democracia que nos estaba saliendo tan cara en México con tantas desavenencias entre Los Pinos y San Lázaro. Evidentemente los motivos no saltaban a la vista. Lo que la encuesta había puesto al descubierto es que el "Panza llena, corazón contento" era una verdad a medias. Ciertamente no podría ser feliz el corazón con un estómago vacío, pero según los resultados de la encuesta, indagar sobre la felicidad había sido asunto de hurgar en el corazón y no en el estómago. Según el investigador de Monterrey que había coordinado el estudio en México los resultados indicaban que una vez que se satisfacían las necesidades elementales de la existencia, la medida de la felicidad para los mexicanos tenía que ver más con factores afectivos que con el dinero. La navidad, fuente iconoclasta de esos factores, llegó en diciembre pasado con su dosis de felicidad a los corazones de todos aquellos que tuvieron un platillo "especial" para comer y alguien a quien abrazar. Habían aparecido una mañana de diciembre en una esquina de la Ciudad de México cientos de pinos Douglas llegados del estado de Oregon; habían llegado con las ramas atadas, recogidas hacia arriba. Conforme los vendedores les clavaban bases de madera, los lazos de alambre finalmente cedían y los árboles se abrían, desplegando sus ramas y aromas de resinas, llenando el aire con fragancias de bosques lejanos. Del improvisado bosque iba surgiendo una luz verde que llenaba las penumbras debajo de los cobertizos donde ya se apilaban santocloses, reyes magos, niños dioses, esferitas, piñatas, extensiones de foquitos, en un apretado sincretismo de tradiciones religiosas y paganas. En México las celebraciones navideñas comienzan el 12 de diciembre con el acto multitudinario de una procesión de decenas de miles de peregrinos que en autobuses con matrículas estatales confluyen en las arterias aledañas al santuario de la Virgen de Guadalupe en la Ciudad de México: la Basílica de Guadalupe. La Virgen de Guadalupe es la patrona de transportistas y músicos. Altares a la Virgen adornados con flores proliferan en los espacios de la ciudad: sitios de taxis, terminales de autobuses, estacionamientos de complejos habitacionales, lo mismo que peluquerías y restaurantes. El 16 de diciembres comienzan, sobre todo en barrios populares, las posadas, procesiones de vecinos cantando con velitas de puerta en puerta "En el nombre del Cielo...", recordando el peregrinar de María y José buscando posada. Nueve noches hasta el 24. Esa noche la casa anfitriona abre por fin la puerta y se quiebra la piñata. Después las familias se recogen en sus casas para cenar. Aunque el guajolote, más modernamente conocido como pavo, era ya platillo mexica, su primerísimo lugar en las mesas de Navidad mexicanas lo ha venido ganando por una influencia desde Hollywood. No obstante, lo tradicional en México siguen siendo los tamales acompañados de atole, chocolate o ponche, o la pierna de cerdo. El 25 Santa Claus se les ha venido adelantando a los Reyes Magos o Santos Reyes que llegan hasta enero, también por influencia del norte en los últimos años. La despedida del año el 31 para amanecer el 1 es la celebración más secular del bloque de fechas de celebraciones de invierno, las que concluyen el 6 de enero con el arribo de los Reyes Magos, que en muchas casas del interior del país le siguen ganando a Santa Claus en generosidad. Ese día se hace el levantamiento del Niño Díos y se come la tradicional rosca de reyes, la que solía llevar en su interior una sola figurita de "El Niño Dios". Se suponía que al que le salía esta figurita en su rebanada debía organizar una fiesta para febrero en el Día de la Candelaria, pero de algunos años a la fecha, por una razón que se desconoce, los panaderos se las han arreglado para meter figuritas del "Niño Dios" en las roscas a su antojo, lo que está generando una crisis en la tradición o al menos confusión entre los comensales, por no saber ya a quién tocará organizar la fiesta en febrero, el Día de la Candelaria. Por lo general las celebraciones de los festejos de Navidad en México desaparecen hoy día con esta fiesta inconclusa; sabiendo que el año que entra volverá Navidad. A diferencia de otras sociedades más individualistas, donde los logros personales son la principal fuente de exigencias que se impone el individuo, la sociedad mexicana tiene un arraigo familiar muy fuerte, y en ella suele cifrar más las causas de su felicidad. Esta es la razón más sólida que presentó el regiomontano en el programa de Guillermo Ochoa frente a los argumentos económico y político. Las celebraciones navideñas se realizan a todo lo largo y ancho del país de manera muy semejante. Aunque tienen un origen religioso, estas celebraciones se han secularizado en la sociedad yendo desde los atrios de los templos hasta las pantallas de televisión. El 28 de diciembre a las 12 del día el Sr. obispo de Tijuana, Romo Muñoz, celebró la Misa del domingo en la catedral de Tijuana ante una feligresía que se desbordaba por las puertas. Familias y personas solas, provenientes de todos los rincones del país, asistían presentes estaban en la catedral de Tijuana. Un gran porcentaje de ellos son personas migrantes, hombres jóvenes que dejaron sus familias en pueblos y ciudades del sur y que en la Misa de los domingos avivan la llama de la fe que encendieron en el sur sus vidas su familia. Al finalizar el sacerdote da la bendición y la multitud se derrama sobre la feria que se instala a las puertas de catedral. Aunque el presbiterio de catedral no parece muy complacido con la cercanía de la vendimia, esta simbiosis de templo-mercado es una realidad que se repite prácticamente en todos los centros religiosos del país. La feria de navidad a las puertas de catedral en Tijuana se autodenomina "La feria del juguete" y su establecimiento en diciembre se viene realizando desde hace unos veinte años. Los vendedores se organizan desde entonces para conseguir de las autoridades municipales los permisos por el uso del suelo y, viendo en ello el municipio una entrada adicional al cierre del año, desde entonces se los autoriza. Al salir de Misa las familias discurren entre plátanos fritos, elotes, chicharrones y comedores de fritangas, las que son una muestra espontánea de la cocina popular mexicana de distintas regiones del país, sobre todo del centro. Alrededor de los comedores con manteles de plástico hay puestos atiborrados de los juguetes que este año no se vendieron. Los vendedores culpan al terrorismo que les ahuyenta a la clientela de emigrados recelosos de las largas colas para cruzar la línea. En el extremo norte de la feria están los puestos que fácilmente podrían ser concebidos como remedos incipientes de casinos. Parece que los más exitosos son las mesas cuadriculadas con un número en cada celda que va del 1 al 7. El jugador lanza un peso a la mesa. "Es tan fácil divertirse", dice el animador con un micrófono. "Sólo lance un peso y llévese, cuatro, cinco, seis o siete, según el número en que caiga, sin que toque raya. Tocó raya caballero. Sólo lance un peso..." También hay juegos con tarjetones de lotería que se juegan con los dados que el organizador zarandea en una caja de zapatos antes de lanzarlos a la mesa". Entre platillos de comida, antojitos, juguetes que no se vendieron y juegos de mesa, familias e individuos, de este lado y del otro, festejan juntos las fiestas navideñas en un ambiente de algarabía muy mexicana, inmersa en los olores de ollas y peroles con el fondo de un conjunto norteño.
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