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Hay Iglesia en la cárcelLa penitenciaría de la Mesa en Tijuana tiene parroquiaPOR ALFREDO ORTEGA-TRILLO Ante la cerrazón que priva desde hace un año en la penitenciaría del Estado de Baja California por permitir el ingreso a periodistas, entré como el monaguillo del padre. Desde luego, no llevaba cámara ni grabadora porque no habría podido pasar con esos objetos delatores más allá del cubículo de revisión y porque, además, no querría comprometer la amable disposición del padre Nicolás Batta, quien había accedido a mi solicitud de invitarme a acompañarlo a una de sus misas que hasta el mes pasado oficiaba los viernes a las 6 de la tarde en la penitenciaría de la Mesa. La rutina de ingreso además de la revisión incluye la marcación de cuatro sellos de tinta en los antebrazos y otro más sólo visible a la luz negra de una caja donde se introduce el brazo a la salida. "Que no se te borren porque te quedas adentro", me amenazó un guardia, antes de cruzar el umbral del encierro. Nos recibió de golpe un fuerte tufo a orines por el pasaje de entrada. Algunos jóvenes se acercaron a recibir al sacerdote besándole la mano y el padre correspondió al saludo dirigiéndoles palabras de afecto y llamándolos por sus nombres, mientras seguía caminando hacia el templo de la parroquia, cercana a la entrada, de donde llegaban cantos y acordes de guitarra. "Están en hora de oración y alabanza", dijo el padre. Mientras tanto, paramos un momento en un pasillo lateral al templo, donde hay una mesita con misales. En las paredes del pasillo están a la vista numerosos trofeos que los equipos de fútbol de la "Peni" han ganado en juegos amistosos contra equipos extramuros que los han visitado. La parroquia de la penitenciaría, capellanía hasta 1994, representa el principal centro de atención espiritual para los reclusos en ese lugar. Pero no sólo la Iglesia Católica atiende las necesidades espirituales de los internos. También existen otras denominaciones cristianas representadas dentro del penal. Un joven como de unos 24 años y educados modales filtra que también "los cristianos" (hermanos separados) al otro extremo de "la Peni" tienen su propio templo, que se turnan entre ellos para oficiar sus servicios. "Con uno o dos años de instrucción que las sectas les vienen a impartir de afuera, a cualquier ex drogadicto dentro de la cárcel lo hacen ministro", explica el padre Batta. Una forma muy cómoda para estos advenedizos de adquirir favores por parte de sus fieles quienes, en muchos casos, trabajan a su servicio y también les brindan protección dentro de la cárcel. Los acólitos, que finalmente no se dejaron usurpar los menesteres del oficio por un extraño, y yo, acompañamos al sacerdote por el pasillo central en la procesión de entrada, mientras la asamblea entonaba un cántico. De fondo al altar destaca un Cristo y a un costado una escultura de la Virgen de la Merced, patrona de los privados de libertad. Si algo hay que destacar de la feligresía que asiste a Misa en la penitenciaría de la Mesa en Tijuana tiene que ser indiscutiblemente su fervor religioso, un fervor, vale decirlo, más intensamente vivido y expresado que el que se ve en la mayoría de las parroquias del resto de la ciudad. Entre las bancas hay unos cuarenta hombres y veinte mujeres. Aunque bajo la nueva administración hombres y mujeres permanecen separados dentro del penal, durante la Misa se permite la afluencia de ambos sexos en el contexto de una convivencia fraternal, sin otro propósito que adorar a Dios en comunidad de Iglesia. Adelante un joven toca una guitarra eléctrica, otro el bajo, y una mujer joven toca el pandero llevando la voz que el resto de la asamblea sigue en multitud de voces a pulmón abierto convirtiendo, sobrecogedoramente, el recinto entero en la unidad de un ser viviente. Talvez no sea común percibir el sentido de comunidad de la Iglesia Católica de forma tan íntima como se la puede percibir en una Misa oficiada dentro de una cárcel o, al menos, en la penitenciaría de la Mesa de Tijuana. Quizá sea que en la convivencia diaria la conciencia entre los reos de la condena a una suerte común de privaciones los hace hermanos y, despojándolos del estorbo de las apariencias los acerca al sacramento de la Santa Misa con más sinceridad y humildad que muchos de los que nos creemos libres en nuestras iglesias de afuera. En realidad, hallarle explicación a esto trasciende los angostos horizontes de este artículo. Pero es así. Cuando el padre pronuncia el nombre de María los reos, desde la primera hasta la última blanca, inclinan la cabeza; en el saludo de paz realmente se abrazan; y al rezar cantando el Padre Nuestro se toman todos de las manos cerrando el pasillo central mientras, por una de las ventanas que dan al gimnasio contiguo, un joven, el torso desnudo, se asoma indiferente, subiendo y bajando un par de mancuernas en las manos. El primero en comulgar es un viejo ciego que conduce un joven tomándolo por el brazo. El ciego tiene los ojos abiertos, pero los cierra al abrir la boca para recibir la comunión. Resulta difícil imaginar qué daño pudo haber hecho una persona así para estar aquí. "Aproximadamente, el noventa por ciento de los reclusos son católicos", declara el padre Batta. "Es cierto que algunos se dejan seducir por la ayuda asistencial que reciben de los miembros de las sectas, pero como la mayoría son muy marianos porque vienen del sur, es común que regresen a pedirle perdón a la Virgen porque allá la negaron". ¿Cómo es la atención espiritual que reciben los reos por parte de la Iglesia Católica? "La atención de los reos es un desafío al programa diocesano. Nosotros aprovechamos el tiempo litúrgico que a lo largo del año ofrece la Iglesia para atender a los reos. Por otra parte, entre varios sacerdotes nos turnamos, de manera que hay Misas dentro de la penitenciaría todos los días". ¿Influye la Iglesia en el proceso de rehabilitación de los internos? "Desde luego que sí, y ojalá las autoridades penitenciarias lo entendieran así. En noviembre del año pasado y en abril del presente organizamos dos retiros de penitencia en el área de la escuela, junto a la parroquia, a los que asistieron aproximadamente 120 internos y 20 parejas que siempre vienen a apoyarnos con los encuentros desde Bloomington, California". Estas parejas pertenecen a movimientos de catequésis, encuentro conyugal, movimiento familiar cristiano, renovación, y también hay cursillistas. Entre otros temas, en el retiro se trata la violencia doméstica como pecado social, la sexualidad desde el aspecto humano y la catequésis. "Todo esto tiene que influir en su espiritualidad y consecuentemente en su rehabilitación", concluye el padre. ¿Cómo les han afectado los cambios establecidos por las administraciones subsecuentes a la operación Tornado de agosto del 2002, en que se trasladaron sorpresivamente a los internos que fueron recluidos en El hongo? "Ahora hay medidas más estrictas de seguridad que sí han venido a afectar nuestro servicio y devoción. La disposición de que a las ocho de la noche todos los reclusos ya tienen que estar en sus celdas ahora nos impide continuar con la adoración nocturna del Santísimo, una práctica que mantuvimos durante ocho años". Después de nueve años como párroco de la penitenciaría de la Mesa y de la parroquia de San Ramón Nonato, el padre Nicolás Batta deja sus funciones en las experimentadas manos de su mentor y hermano de orden, el padre Manuel Rivera, quien llega del CERESO de Acapulco, mientras el P. Batta se va a cumplir otra misión a California, que le han encomendado sus superiores. La orden de los mercedarios, cuyo carisma es rescatar y dar atención a los cautivos, y a la que pertenecen el padre Nicolás Batta y el padre Manuel Rivera, fue fundada en el año 1200 por San Pedro Nolasco. Vale decir que el padre Manuel Rivera no es del todo nuevo en la penitenciaría de la Mesa. De hecho, cuando el padre Batta era un diácono que apadrinaba bautizos en la parroquia de San Ramón Nonato hace dos décadas, el P. Manuel, capellán de la entonces capilla de la penitenciaría instauraba en ella para los reclusos la obligatoriedad de concluir la primaria y la secundaria en caso de no haberla cursado, un precepto que se extendería a todas las penitenciarías en todo el país. Entre otros proyectos, el P. Manuel planea organizar eventos para abastecer de medicinas el dispensario del hospital del CERESO, comprar biblias y organizar concursos de escritura entre los internos. "La Iglesia Católica tiene programa y se mantiene aun dentro de los centros penitenciarios debido a un prestigio basado en una seriedad que le ha ganado el respeto dentro de la cárceles", explicó el P. Manuel.
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