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Los panaderos de la Divina ProvidenciaOlvidándose de sus propias necesidades para concentrarse en las ajenasPOR ALFREDO ORTEGA-TRILLO Cuando Pedro y Alfonso van gritando "¡El pan!" por la colonia Divina Providencia en Tijuana, lo que pasan ofreciendo por la polvorosa cuesta es el amasijo de una pasión que les sale del corazón y las manos. Parece pan, pero es más que eso. Pedro había llegado a Tijuana con intenciones de entrar al seminario, pero pronto se dio de bruces contra su falta de preparación académica y el grillete de su pobreza. Antes que estudiar tenía que comer. Por aquellos días el padre Alberto, su guía personal y entonces secretario del obispo, dirigía también la formación de otro joven albañil que había llegado de Jalisco a levantar paredes donde se necesitaran. El padre Alberto los presentó y ambos coincidieron en una misma pasión: ayudar a otros jóvenes que, como ellos, habían llegado a Tijuana sin un lugar donde vivir ni qué comer, o que habían tenido que abandonar sus estudios por trabajar. Rentaron inicialmente una casa que muy pronto se les llenó de gente. La misma presidenta de la colonia les canalizaba las personas. Entre los improvisados inquilinos ayudaron a varias familias que con engaños habían llegado a Tijuana. Les consiguieron para el pasaje y las volvieron a sus lugares de origen. No siempre atendieron familias tan agradecidas como éstas; también tuvieron personas que les limpiaron la casa, y no precisamente con la escoba. Una vez que se quedaron sin lo poco que tenían recomenzaron desde el principio. Alfonso estaba construyendo una tapia en una casa, y Pedro se acomidió a aprender el oficio como su ayudante de albañil, pero al terminar la construcción quedaron desempleados. Entonces Pedro, que de niño solía acompañar a su padre a repartir el pan en Ciudad Guzmán, Jalisco, y que había aprendido el oficio de la panadería sólo de ver el trabajo de los panaderos mientras platicaba con ellos "porque los panaderos son celosos de su trabajo y no les gusta enseñar", tuvo la feliz idea de emprender el oficio por su cuenta. Entre los dos construyeron un banco de madera y los papeles se invirtieron: el ayudante de albañil pasó a maestro panadero. El 10 de octubre de 2002 compraron dos kilos de harina, uno de azúcar, otro de manteca y un paquete de levadura y comenzaron a amasar. Cuarenta vaporosas piezas de pan salieron del horno de la estufa. Reinvirtieron las ganancias y con un horno casero que alguien les regaló su producción aumentó a 120 piezas. Los panaderos de la Divina Providencia, como los conoce la gente del lugar, hacen pan de hojaldre, repostería, pan blanco, cuernitos, conchas de levadura; lo mismo que pan fino, con grasa, "que es el mejor", dice Pedro. "Pero nuestra especialidad es el birote relleno, que lleva frijoles, chorizo y rajas con queso". "En Navidad vendimos bastante bocadillo", agrega Alfonso, entusiasmado. "Nuestra navidad fue hacer pan. Sacamos trescientos volovanes rellenos de atún. También hicimos pan para Año Nuevo, y en Semana Santa hicimos pan como se prepara en Guadalajara por esas fechas y para el Día de Muertos". Con los ingresos de la panadería, Pedro y Alfonso han ido remodelando la modestísima casa que la Sra. Aurelia Domínguez Lavín les prestó en comodato por cinco años, y a la que todavía le faltan cinco puertas, el terminado del piso y una regadera para hacerla más habitable. Buscando orientación espiritual los dos panaderos se acercaron a monseñor Isidro Puente, de quien unas monjitas ecuménicas de Guadalupe, fundadas por él mismo, les habían hablado. "Que no se andaba con medias tintas y era muy estricto". A Pedro y Alfonso, que tampoco eran de tinta endeble, les pareció muy conveniente la pincelada que les habían dado del carácter de monseñor y fueron a buscarlo. "Quiénes son y qué quieren", los recibió Puente. "Queremos pedirle que sea nuestro director espiritual". Monseñor habló con ellos y desde entonces Pedro y Alfonso siguen un régimen de estudio y disciplina bajo su dirección. Monseñor los acogió como una tercera orden dentro de su fundación mientras se define la condición de su carisma. Actualmente monseñor los previene de los peligros de recibir a cualquier gente en su casa, y ellos toman providencias al respecto. La principal recomendación que les hace Puente es que tengan a sus inquilinos ocupados durante su estancia porque "la ociosidad es la madre de todos los vicios", o casi todos. La casa está ubicada en una ladera de la colonia. En la planta baja tienen dos pequeños cuartitos dormitorios, una estancia que les sirve de oficina y en otro espacio adjunto la panadería: un cuarto con el pequeño horno en una esquina, el banco de madera contra la pared y una charolera de metal. Por una escalera exterior se sube a sus respectivos dormitorios y al oratorio, una habitación pequeña con piso de tablas, donde hay un altarcito junto a la breve ventana que da a la cuesta de terracería. Detrás de la casa hay un claro del cerro (acá todos los cerros son claros) coronado por una cruz y en el que han ido sembrando algunos arbolitos. Abajo, en el primer plano, y aprovechando el declive están construyendo una gruta a la Virgen junto a una canaleta de piedras por donde correrá el agua de una fuente. ¿Habiendo tanta necesidad en la calle, cómo saben ustedes a quién ayudar? "Nos hemos dado cuenta que por lo general la necesidad no sale a la calle. Uno la tiene que ir a buscar", dice Alfonso. "Hemos visto que a veces llegan personas del otro lado (Estados Unidos) con la mejor voluntad de repartir despensas y las familias menos necesitadas acaparan las provisiones para venderlas dos días más tarde en el mercado sobre ruedas de la colonia", agrega Pedro. "Incluso, a veces una fachada lastimera no es más que una simulación. En cambio el hambre puede ensañarse detrás de una puerta bien pintada. Nunca se sabe". "Nosotros hemos estado haciendo un censo para detectar las necesidades reales de cada familia", declara Alfonso. "Visitamos las familias y hablamos con ellos y poco a poco los vamos conociendo". A través de ese censo Pedro y Alfonso registran las condiciones económicas y sociales de las familias que visitan. Sin habérselo propuesto, los recorridos que hacen por las calles aledañas con la cesta en la cabeza y el pregón del pan, les han servido también para lograr un mejor conocimiento de las necesidades reales de las familias del lugar. "El propósito de nuestra obra es dar alojamiento a jóvenes y familias necesitadas para que se sientan como en su casa y no como arrimados, y reciban una formación de valores humanos que les ayude a mantenerse unidos como familia", explica Alfonso. "Se trata de un apoyo gratuito a jóvenes, para que luego ellos mismos sean ejemplo de caridad cristiana. También queremos abrir talleres de carpintería, jardinería". "...y de panadería", agrega Pedro. "Para octubre planeamos abrir el comedor público ahí", señala Pedro a través de la ventana, hacia donde está descompuesto un Chrysler 84 con el que les pagaron una obra. "Nos hemos dado cuenta que hay vecinos que, aunque tienen su casa, a veces amanecen sin tener qué comer", observa. "Queremos que se sientan con la confianza de comer con nosotros". Además de la ayuda material que estos dos jóvenes vuelcan a la comunidad, Pedro y Alfonso, recomendados por monseñor Puente, ayudan con el rosario, las paraliturgias y clases de catecismo al párroco del lugar, el padre José Suárez. La Casa de Asistencia La Sagrada Familia, A. C., como se denomina la obra de Pedro y Alfonso, cuyo registro se encuentra en trámite ante Hacienda (institución de control fiscal de gobierno), sirve desde ya como centro de acopio y distribución gratuita de productos de primera necesidad: ropa para cama, toallas, muebles, ropa de vestir, despensas de alimentos y materiales de construcción, enclavada en el corazón mismo de la Divina Providencia. Por lo pronto la casa se sostiene con la venta del pan que amasan Pedro y Alfonso con sus propias manos, pero los alcances de su obra seguramente dependerán del esfuerzo conjunto y los donativos que hagan otras personas. "Queremos invitar a que se acerquen las personas que quieran ayudar. El único requisito aquí es el deseo de servir", declara Alfonso. Si usted, como Pedro y Alfonso, siente el impulso de acercar su hombro para ayudar a levantar esta obra que estos dos panaderos -- olvidándose de sus propias necesidades para concentrarse en las ajenas -- se han echado a cuestas, comuníquese directamente con ellos llamándoles al (664) 680 7188 en Tijuana o haciéndoles una visita en su misma casa en la calle Francisco Mújica 590-A, de la colonia Divina Providencia.
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