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El Papa Juan Pablo II firmó su decimocuarta carta encíclicaLlama a los fieles a renovar la piedad eucarística en el fondo y en la formaVATICANO (ACI) -- Con ocasión del Jueves Santo, 17 de abril, durante la Misa de la Cena del Señor, el Papa Juan Pablo II firmó su decimocuarta carta encíclica -- la más breve de todas -- titulada Ecclesia de Eucharistia, en la que llama a los fieles a renovar la piedad eucarística en el fondo y en la forma. El texto, a pesar de su brevedad, en comparación con anteriores encíclicas, presenta una reflexión sobre el Misterio eucarístico en su relación con la Iglesia en sus aspectos tanto teológicos, disciplinares como pastorales. El documento, de seis capítulos y una conclusión, señala en su introducción que El Sacrificio eucarístico, "fuente y cima de toda la vida cristiana", engloba todo bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo que se ofrece al Padre para la redención del mundo. Al celebrar este 'misterio de la fe', la Iglesia hace perennemente 'contemporáneo' el Triduo Pascual a todos los hombres de todos los siglos. El primer capítulo, titulado "Misterio de la fe", explica el valor de la Eucaristía que, por el ministerio del sacerdote, hace sacramentalmente presente en cada Misa el cuerpo y la sangre del Señor para la salvación del mundo. Al respecto, el Santo Padre señala que la celebración de la Eucaristía no es una mera "repetición" de la Pascua de Cristo, su multiplicación en el tiempo y los diversos lugares, sino el único sacrificio de la Cruz que se hace presente hasta el fin de los tiempos. Así, como prenda del Reino futuro, la Eucaristía "estimula el sentido de responsabilidad de los creyentes respecto al mundo presente", donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres esperan la atención de alguien que, con su solidaridad, les ayude a esperar. "La Eucaristía edifica la Iglesia" es el tema del segundo capítulo, que Juan Pablo II dedica a explicar cómo el Pan y el Vino son la fuerza que da unidad a la Iglesia. "Ésta se une a su Señor que, bajo la apariencia de las especies eucarísticas, habita en ella y la edifica". Lo adora no solamente durante la Santa Misa, sino en todo momento, custodiándolo como su más preciado "tesoro". Este misterio tiene lugar porque, según el Santo Padre, al recibir la Eucaristía, el fiel no sólo recibe a Cristo, sino que es acogido por Cristo, que lo une a todos los demás miembros de la Iglesia. El capítulo tercero, "apostolicidad de la Eucaristía y de la Iglesia", está dedicado a explicar cómo no hay verdadera Eucaristía sin el Obispo, Sucesor de los Apóstoles y a través de quién proviene a cada sacerdote la potestad de transformar el pan en Cuerpo del Señor. Al respecto el Papa indica que "quien 'hace' la Eucaristía actúa en persona de Cristo Cabeza"; por eso no posee ni puede disponer de la Eucaristía, sino que es siervo para el bien de la comunidad de los redimidos. De esto se sigue que la comunidad cristiana no "posee" la Eucaristía, sino que la recibe como don. "La Eucaristía y la comunión eclesial" es el tema abordado en el capítulo cuarto, en el que el Sumo Pontífice señala que la Iglesia, al administrar el Cuerpo y la Sangre para la salvación del mundo, se atiene a lo que Cristo mismo ha establecido. "Fiel a la doctrina de los Apóstoles, unida en la disciplina sacramental, debe manifestar incluso de manera visible la unidad invisible que la caracteriza". Refiriéndose a la costumbre de algunas comunidades de realizar Misas "interreligiosas" en las que miembros de otras denominaciones que no creen en la presencia real del Señor en la Eucaristía son invitados incluso a comulgar, el Papa recuerda que "la Eucaristía no puede ser 'usada' como instrumento de comunión", sino que, más bien, la presupone y la convalida. "La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión cuando se celebra en la verdad", dice al respecto el Santo Padre. Por ello, no puede estar a merced del arbitrio de los individuos o de comunidades particulares. El quinto capítulo está dedicado al "decoro de la celebración eucarística" y en éste el Santo Padre señala que "la celebración de la Misa comprende aspectos exteriores cuyo cometido es subrayar la alegría que embarga a todos los que se reúnen en torno al don inconmensurable de la Eucaristía". Por ello, señala que la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la literatura y, en general, el arte en todas sus manifestaciones, "dan testimonio de cómo la Iglesia a lo largo de los siglos no ha tenido reparos en 'derrochar' para mostrar así el amor que la une con su divino Esposo". También en las celebraciones de hoy se ha de recuperar el gusto por la belleza, indica al respecto Juan Pablo II. "En la escuela de María, 'mujer eucarística' ", es el título del último capítulo, centrado en la analogía entre la Madre de Dios, que gestó el cuerpo de Jesús y se convierte en el primer tabernáculo, y la Iglesia, "que en su seno custodia y da al mundo la carne y la sangre de Cristo". La Eucaristía, dice el Pontífice, "se da a los creyentes para que su vida sea un perenne Magnificat a la Santísima Trinidad". Finalmente, en la conclusión, el Papa señala que quien desea seguir el camino de la santidad no necesita nuevos 'programas'. El programa ya existe: es Cristo mismo, a quien "se debe conocer, amar, imitar y anunciar". La "puesta en práctica de este programa pasa a través de la Eucaristía", dice el Pontífice, al señalar que esto "lo atestiguan los Santos", que "en cada instante de su vida han saciado su sed en la fuente inagotable de este Misterio, obteniendo de él fuerza espiritual para realizar plenamente su vocación bautismal".
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