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'Sed Santos'Mi peregrinaje al Tepeyac para acompañar al Santo PadrePOR ALEJANDRO PICAZO Hay momentos en la vida que son difíciles de explicar con palabras. Tal vez sea por las emociones que uno sintió o por las experiencias que uno tuvo es lo que hace imposible resumir en palabras las ricas vivencias. Tal es el caso de mi peregrinaje al Tepeyac para acompañar al Santo Padre en su quinta visita pastoral a México. Debo decir que soy un joven adulto de veinticuatro años que siempre ha admirado a Su Santidad. De hecho, siento que mi vida ha sido marcada por el ministerio de Juan Pablo II. El Cardenal Wojtyla fue elegido papa a escasos cinco meses de mi nacimiento. Pertenezco a su generación. Soy de la generación de Juan Pablo II, una generación que ha crecido con él y que no conoce otro pastor y ejemplo más que el suyo. A peregrinos del extranjero se nos había pedido que nos hospedáramos en un hotel designado por la Comisión de Viajes de la Arquidiócesis de México para de allí proporcionarnos transportación y boletos para los eventos. Me encontraba ya instalado en el hotel cuando Su Santidad arribo a la ciudad. Atentamente escuche las primeras palabras del Santo Padre en México. Primero expreso su gran alegría al estar de regreso en el país: "Es inmensa mi alegría al poder venir por quinta vez a esta hospitalaria tierra". Pero lo que mas me impacto fue su llamada a la santidad. Después de dirigirse a los mexicanos, nos dio un mandato, "Sed Santos" pidiéndonos que sirviéramos "a Dios, a la Iglesia y a la Nación, asumiendo cada cual la responsabilidad de trasmitir el mensaje evangélico y de dar testimonio de una fe viva y operante en la sociedad". Precisamente, una fe operante fue lo que había visto yo días antes en la cuidad. El día del martes, 30 de julio, me toco ver miles de personas reunidas en el Zócalo de la cuidad. Todos coreaban las canciones religiosas que se tocaban. Se apreciaba un mar de banderillas ondearse en el aire ese día. Yo nunca había visto una manifestación religiosa de tal proporción como la vi en México. Realmente esas imágenes siempre van a permanecer conmigo. Ahora comprendo porque se dice que cuando el Santo Padre necesita reanimarse, pide que le pasen el video de sus visitas a México. Dicen que el fervor de los mexicanos lo alegra y estimula. El 31 de julio estuvo programado para ser el día de la Canonización de San Juan Diego. Para nosotros los peregrinos hospedados en el hotel, se nos pidió que estuviéramos listos para que a las cuatro de la mañana, abordáramos el autobús que nos llevaría a la Basílica de Guadalupe. Por supuesto que no dormí la noche anterior. Con solo pensar que iba a estar dentro de la basílica y que podría ver al Santo Padre desde muy cerca fue suficiente para que se me fuera el sueño. El recorrido a la basílica a bordo del autobús fue una experiencia de fe. Lo digo porque nunca pensé ver personas formadas a lo largo de las calles haciendo baya, esperando que pasara el Papa. Esto a las cinco de la mañana. Cuando vi eso, me convencí que México es realmente un lugar muy especial en el corazón del Papa puesto que así como el pueblo se le entrega a él, el también se entregaba a México. El ambiente dentro de la basílica era uno de festividad y regocijo. Mientras daban las diez de la mañana, el coro ensayaba, pidiendo nuestra participación. No se cuantas veces entonamos el Himno Guadalupano. Pese al intenso calor que se sentía dentro del recinto, todo transcurrió con mucha calma y solemnidad. A cada momento se escuchaban porras a la Virgen, a San Juan Diego, a Jesús y al Papa. Lo curioso es que muchas veces, la voz de la persona que dirigía las porras, no era una voz joven, sino una voz frágil, cansada, profunda y a la vez viva y feliz. Era la voz de una señora, posiblemente de edad avanzada. Claramente, la presencia del Papa alegra a todas las edades. Al ver tanta gente reunida dentro de la basílica, me di cuenta de la realidad de la Iglesia como familia de Dios. Habíamos personas de todas culturas y edades, reunidas en torno a un solo pastor. La realidad de esta enseñanza de nuestra Iglesia no se puede asimilar hasta que uno mismo la vive. Es algo realmente hermoso e impactante. La llegada del Papa a la basílica fue muy bonita. Todos nos pusimos de pie, aplaudimos, algunos sonrieron, muchos lloraron. Entre porras y cantos lo recibimos. Recuerdo el canto de entrada, "juntos como hermanos". Todos nos reunimos como hermanos esa mañana, a la espera de nuestro padre. El momento en que fue pronunciado Santo Juan Diego, fue como si la barrera del tiempo se disolviera. No hubo ni una sola persona presenciando el acto que no supiera que fue testigo de un evento deseado a lo largo de los siglos desde las apariciones de Nuestra Señora en 1531. En ese momento, la Iglesia celestial y la Iglesia peregrinante festejamos juntos. El siguiente día, nos espero una sorpresa aun más grata. Por la intercesión de San Juan Diego, nos fue dada la dicha de presenciar la beatificación de los Siervos de Dios Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, desde los asientos directamente detrás de los obispos. El festejo dentro de la basílica era igual pero con una característica muy especial. En la liturgia anterior, fue un coro de música instrumental que canto, ese Jueves, 1 de agosto de 2002, fue traída desde San Francisco Cajonos, Oaxaca una banda para amenizar la Liturgia de la Palabra que se iba celebrar. Aunque fue la primera liturgia en la que yo participaba con música de banda, puedo decir que me gusto. La música de banda es algo muy típico de Oaxaca y fue muy significativo que se les haya dado permiso de tocar en una ceremonia pontificia. De nuevo, ambas liturgias resaltaron en su acogimiento por elementos y símbolos nativos e indígenas. En sus discursos, el Papa hizo hincapié sobre la santidad. Nos pidió a todos que nos esforcemos por ser santos y en dar testimonio de santidad en nuestras vidas. De hecho, en la ultima homilía que pronuncio en el país nos pidió: "Evangelizad estrechando los lazos de comunión fraterna y dando testimonio de la fe con una vida ejemplar en la familia, en el trabajo y en las relaciones sociales". Ya recuerdo sus últimas palabras: "Adiós México lindo, te llevo en mi corazón, me voy pero no me ausento". Inmediatamente, el pueblo reunido en la basílica le pedía que se quedara, que no se fuera. Por unos segundos, pensé que tal vez el Papa se iba a quedar un poco más. Su mirada sonriente y amorosa saludaba a los que le pedíamos con gritos que se quedara. Sin embargo, el tiempo de despedida había llegado, el Papa se despidió de México dejándonos un tesoro de enseñanza y testimonio. Estoy convencido de la presencia de Dios en nuestras vidas. Esos escasos tres días de su estancia, nos visito un hombre extraordinario mensajero de Dios. El Santo Padre no es un personaje, es una persona real enamorada de Cristo que arde por edificar a su Iglesia. Nos deja con un impulso nuevo de vivir nuestra fe en Cristo y por compartir la misión de la Iglesia de evangelizar a todas las gentes. Para mí, hablar del Papa, es como si hablara de una persona que conozco desde mucho y con quien tengo una relación personal. No lo siento distante ni lejos. Lo siento muy cerca. Tal vez porque en su ministerio, a tenido una solicitud muy especial por los jóvenes. El Papa ha escrito en su vida, un quinto evangelio. Es un evangelio de testimonio y palabra, un evangelio en el que Jesús por medio de su Vicario nos recuerda de su presencia constante y de la verdad que necesitamos creer y vivir en nuestras vidas. En su carta a las personas mayores, el Papa dice, "Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios". Le doy gracias a Dios por haberme concedido la gracia de presenciar ese amor desgastador del Santo Padre y le agradezco que en su Divina Providencia nos haya dado un padre y pastor tan ejemplar.
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