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¿Qué tanto es tantito?

Asistieron cerca de cinco mil jóvenes a la conferencia 'Sexo, ¿a cambio de qué?'

Por Alfredo Ortega-Trillo

En letras rojas la palabra "SEXO" destacaba sobre el fondo blanco del cuadrado estrado del Auditorio Municipal de Tijuana. Era el 16 de mayo pasado y era la conferencia Sexo ¿a cambio de qué?, organizada por las Sras. Florentina de Healy, Teresa de Lutteroth, Liliana de Lutteroth, Patricia Sánchez y por los jóvenes Ricardo Moreno y Andrés Luján, entre otras personas igualmente involucradas y comprometidas con el éxito del programa, al que asistieron cerca de cinco mil jóvenes preparatorianos de diversos planteles de la ciudad, quienes literalmente llenaron a su capacidad el auditorio.

"Sexo ¿a cambio de qué?" Ya en el título iba implícita la sugestión de pagar un precio. Ya en el título se hacía la referencia a algo que se pierde, a algo que se deja de tener y aún, a algo que se arriesga... las enfermedades, por ejemplo. Clamidia es la enfermedad de transmisión sexual más común en Tijuana, dijo Pam Stanzel, y alguna reportera despistada se fue con la finta y hasta llegó a publicar al día siguiente que "el tema principal de la conferencia fue cómo prevenir enfermedades de transmisión sexual".

Los expositores, Pam Stenzel, Martha Ángel y José Romano del Valle, en una gira de presentaciones que incluyeron Obregón, Mexicali y Tijuana, hablaron en la conferencia de sexo y de drogas pero, sobre todo, hablaron del testimonio de sus vidas: tres testimonios de amor, y lo compartieron abiertamente con los jóvenes.

La expositora Pam Stenzel, reconocida conferencista en EU en pro de la castidad entre los jóvenes, no pudo ser más fina y aguda al expresar cuál era realmente el tema principal de la conferencia. Había hecho una pausa, que el público debió entender como la sospecha de que ahí venía "la gorda", pues se atenuó el murmullo en el recinto: "No hay condón seguro", dijo la oradora, "que pueda proteger al corazón". Y la multitud confirmó su entendimiento con una ovación. Si la reportera del Frontera se confundió creyendo que la conferencia enseñaba cómo se debe practicar el sexo, la gente que sumó sus palmas a aquel aplauso percibió otra cosa muy distinta.

La Sra. Stenzel recordó también el caso de un joven que describió como alto y apuesto, quien sabía como sofocar las burlas que le dirigían sus compañeros porque a su edad no había tenido relaciones. Con una sonrisa y un desplante digno de su porte, así les decía: "Yo en una sola noche puedo ser como ustedes, pero ustedes nunca podrán ser como yo". Estaba claro, la charla de Pam Stenzel era una exaltación al valor de la abstinencia y una desafiante invitación a la juventud de Tijuana para que, en lugar de aprender a saber cómo practicar el sexo, sepan realmente elegir desde cuándo y a la persona que realmente los merezca en un plan de vida.

Aunque el embarazo, desde el punto de vista médico, no se lo considera una enfermedad ni, mucho menos, suele matar a nadie sino, más bien, es fuente de vida; cabe señalar, como reza la abusada muletilla periodística, que lo que más preocupa a las jóvenes que practican el sexo fuera del matrimonio no es tanto el infectarse de enfermedades de transmisión sexual como el quedar embarazadas; todo lo cual enfatiza la preocupación entre los jóvenes más en función del sexo por sus consecuencias que en la dimensión integral de esta práctica asumida como la relación de una pareja digna de ese nombre, y que lleva implícito en el mismo acto sexual la trascendencia del hombre y de la mujer sobre la miniatura de sus propias vidas para crecer y expandirse más allá de sí mismos.

Es triste que el discurso en defensa de la abstinencia, en lugar de valorar suficientemente esta silenciosa virtud, ponga mucho más el énfasis de su promoción en las cifras estadísticas que exponen los casos de infecciones de transmisión sexual. Tal vez esto se deba a que nuestra sociedad sea más fácil de persuadir por el temor que por la gracia; cuanto más por el temor si lleva algo de escándalo y su embarradita de números que le den un toquecito científico: "Cada 24 horas se contagian doce mil adolescentes de enfermedades transmitidas sexualmente", tuvo que decir abriendo mucho los ojos la expositora Stenzel.

Se habló, pues, de las enfermedades transmitidas sexualmente y de los márgenes de riesgo del uso del condón, como si la hipotética invención de un "condón infalible", al resolver el problema de salud pública resolviera también el problema de salud moral. Es ciertamente de gran utilidad propalar las proporciones endémicas de ciertas enfermedades como el SIDA, como lo hizo Martha Ángel, conferencista colombiana dedicada a ayudar a pacientes con VIH-SIDA y a impartir conferencias sobre el tema, si con ello se despierta conciencia en la comunidad sobre una realidad que es plausible y medible como lo son las enfermedades de transmisión sexual, pero no podemos dejarnos confundir por esta visión reduccionista del problema que pone el énfasis en los efectos y no en las causas. El efecto es social, pero la causa en primera instancia, es de carácter moral y tiene que ver más con la conciencia y la libertad de la persona que con las propiedades de una marca de látex.

El mensaje de Martha Ángel y Pam Stenzel aclaró que la abstinencia se lleva de calle al más seguro de los métodos de prevención contra las infecciones de transmisión sexual, pero sobre todo, que es el mejor método para no irse repartiendo a pedacitos por la vida, y reservarse por entero para darse sólo a una persona, sin reservas ni enfermedades, sin pasado y sin condones en el corazón.

Las drogas también tienen un precio, y de eso habló el tercer expositor: "Soy alcohólico y drogadito en recuperación", dijo al presentarse José Romano Fernández del Valle, ex-drogadicto en proceso de rehabilitación, actualmente dedicado a impartir conferencias contra la drogadicción, quien se refirió a su experiencia personal vivida como drogadicto durante su juventud. Una vida tormentosa que en varias ocasiones buscó la solución en la huída, yéndose a diferentes destinos, sin advertir que a dónde quiera que fuera se llevaba a sí mismo, con su costal de miserias que eran todos sus vicios.

Primero el alcohol. "El alcohol es una droga, pero una droga legal", dijo. "Me daba valor para sacar a bailar a las muchachas y si me decían que no, pues no me importaba, porque estando tomado me daba igual". Del alcohol pasó a la marihuana, que probó primero por mera curiosidad, y que después se le volvió un vicio de ocho años. "Y yo me decía, el verde es vida, la mota es verde, la mota es vida... y reflexionando así nos hicimos nuestro grupo de marihuanos y amor y paz".

"Para un drogadicto es fácil justificarse", agrega. "Pero la verdad es que nadie me aguantaba. Vivir con un adicto es una pesadilla. Yo mismo no me aguantaba. Y aunque a veces me proponía planes, y me decía que iba a hacer tal o cual cosa, nunca los cumplía, porque ustedes no saben que un drogadicto nunca termina lo que empieza y tampoco yo lo sabía".

José Romano gesticula con toda su energía de ex-drogadicto para hacerse oír y entender por los jóvenes que lo escuchan en la tribuna.

"Después de la marihuana probó con los hongos... místicos", dijo. "Aunque no tenía claro qué tenían de místicos, pero mientras él pudiera ver cosas que no existen, le parecía ingenioso pensar que esos hongos lo acercaban al ser supremo".

"Mas la verdad es que en la droga Dios no cabe", añade enfático. "Estorban los mandamientos y estorba Dios".

"Además, con los hongos tienes el riesgo de que con poquitas veces te puedes quedar en el viaje. Un compañero de entonces, ahora de 34, se quedó en la segunda vez y ya no volvió. Quedó tonto".

"¿Los costos?", levanta la pregunta al auditorio: "Perdí la escuela, la relación con mi familia se destruyó".

El uso de las drogas aumenta la tolerancia, es decir, el organismo se hace cada vez más insensible a sus efectos. "Al principio de diez me funcionaban diez, después, ocho, luego ya eran cuatro, dos y después ya no sentía nada y entonces tenía que probar cosas más fuertes para sentir lo mismo. Así es la droga. Te va envolviendo y cuando menos piensas ya estás atrapado".

"La droga te va como vaciando por dentro, y ¿cómo llenar ese vacío? Yo intenté llenarlo con el misticismo barato de la honda New Age: Yo y el cosmos y la naturaleza y lo divino, y me volví budista. Pero todo era una gran farsa y yo seguía peor, al punto que las relaciones sexuales tampoco me satisfacían, pues mi interés estaba ya robado por las drogas. En realidad, las opciones son muy pocas para un drogadicto: el manicomio, la cárcel o la muerte. De cien uno se aliviana. Y yo soy ese uno. De mis compañeros les puedo decir que los que no se murieron les fue peor porque se están suicidando a pellizcos como se siguen drogando".