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FEBRERO 2002




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'Jóvenes de corazón'

El asilo de ancianos Casa Hogar Agnes Lester

Por Alfredo Ortega-Trillo

En la delegación de La Gloria en Tijuana está el asilo de ancianos Casa Hogar Agnes Lester, fundado el 25 de enero de 1996 y atendido desde entonces por las hermanas Carmelitas del Sagrado Corazón. En el asilo viven 30 ancianos atendidos por cuatro hermanas, dos cocineras y algunas voluntarias de los alrededores que llegan ocasionalmente para ayudar.

Las Carmelitas del Sagrado Corazón fueron fundadas por la Madre Luisita en Atotonilco, Jalisco en 1904, y su carisma es la oración y la atención a los más necesitados. Su trabajo lo aplican en las localidades de los países donde se encuentran, incluyendo México, EE.UU., Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y, próximamente, Filipinas.

El carisma de las carmelitas las orienta en su disponibilidad a Dios y el servicio a los demás a través de apostolados que realizan en hospitales, escuelas, parroquias y en programas de asistencia espiritual.

En Tijuana hay catorce Carmelitas del Sagrado Corazón asignadas, diez al Instituto Progreso y cuatro a la Casa Hogar. Sor María Guadalupe Salcedo, originaria de Jalisco es la administradora de esta casa hogar para ancianos. Y nos cuenta un poco la historia.

"La Sra. Rocío Torres de Osuna fue la que tuvo la idea de hacer un asilo para los ancianos que no tenían a dónde ir. Durante la gestión de su esposo como presidente municipal de Tijuana, ella empezó a reunir fondos con los empresarios de buena voluntad, y así es como sigue funcionando hasta ahora, gracias a donativos".

¿Qué atención se les ofrece a los jóvenes? (En el asilo llaman así a lo internos).

"Una atención integral; personal y espiritual. Cama, comidas, techo, baño y Misa dos veces a la semana".

La más joven, que en los términos del asilo se entiende al revés, tiene 106 años. Se llama Teresa.

"Teresa, Teresa, tienes visita".

En una cama saliendo de entre las cobijas unas manos buscan en el aire otras manos.

"¿Quién eres?", dice.

Y al sentir las manos de la visita se prende a ellas y ya no se suelta hasta hacerse oír cantar "La vereda tropical", aunque más bien la platica, alargando las últimas sílabas de cada verso para fingir la canción.

"La noche plena de quietud...". Tose, ríe y exclama sorprendida de sí misma: "¡Antes hablo!"

Cada viejo en el asilo tiene su propia historia, una maraña de memorias y recuerdos a veces un poco atravesados. Por lo regular "los jóvenes" están callados, pero si uno logra sacudir un poco ese silencio con una pregunta, es posible asomarse a los entresijos de una vida.

Rafael es de Sinaloa.

"Yo soy de Puerta Celis, Sinaloa, pero me crié en Culiacán. Cuando vivía mi abuelito se llamaba Zopilotita, entre el Pilar y el Dorado".

¿Y a qué se dedicaba usted de joven?

"A todo le tiré y a nada le pegué. Fui dulcero, panadero, papelero, bolero, pescador, anduve en los placeres, los placeres del oro, digo, no de los otros. Anduve también de bracero".

¿Cómo llegó a Tijuana?

"Por error. Yo iba para San Francisco y estaba en Los Ángeles, y cuando me quise meter más para dentro me salí para afuera porque agarre el tren al revés. Había un muellecito pesquero adelantito de San Diego viniendo de Los Ángeles. Puros barquitos pesqueros llegaban allí. Yo venía en una góndola de arena y allí la dejaron. Yo creo que esa arena haiga (sic) sido para la edificación de San Diego. Y confundido con la orientación seguí caminando por la vía hacia el sur, creyendo que iba para el norte, y así fue como llegué a Tijuana. Te estoy hablando del 43, cuando todavía se podía andar libre al otro lado. Ahora que esperanzas, ni aunque me llevaran iba".

En un cuarto de tres camas, Arcadia teje. Teje todo el tiempo. Y le gusta mostrarle a uno todo el ajuar que guarda en una bolsita de plástico y usa para tejer. Saca un carrete de hilaza de esa bolsa.

"Estas me las hace ella", habla de su compañera de al lado. "Muy panzoncitas. Ya que ve que ya no tengo me pide la bola de estambre y se la doy y ella me hace más".

Quiere verte tejer, Arcadia, no que le hables de mí. Interviene la aludida.

"A todas les he hecho su colcha de sus camas", prosigue Arcadia. "Ahora estoy haciendo esta blanca, pero con este hilo delgado no rinde para nada".

Quiere verte tejer, Arcadia.

"Cuando quieras tú que te haga una para tú cama, me traes del grueso y hasta se te hace cobija porque con la lavada regruesa la hebra. Claro, la colcha queda tan gorda como ésta, mira, a pesar del hilo".

La vida en la casa transcurre con la luz del sol. Se levantan y bañan a las 6 los que pueden. Y los que no, los levantan y bañan a las 6:30. El desayuno es a las 7:30.

"Tres de ellos nos ayudan", dice Sor María Guadalupe. "Uno hace mandados, el otro barre alrededor de la casa y otro atiende el jardín, aunque a veces quita hierbas que no debería, pero en fin. Son activos".

A veces llegan grupos de personas a visitarlos. Y los hacen cantar y bailar. A veces no llega nadie y pueden pasarse horas enteras sentados en un sillón sin moverse. De pronto uno de ellos puede iniciar una conversación a la que se van sumando voces.

El almuerzo es al medio día y la cena a las 4:30. Después rezan el rosario en una capilla adjunta, a la que entran cantado. En invierno, que oscurece temprano, muchos se acuestan a las 6 de la noche.

El asilo trabaja en colaboración con el DIF. La trabajadora social hace la investigación para verificar que los ancianos que llegan sean realmente personas desamparadas y no tengan familia que vea por ellos. La policía también canaliza personas extraviadas hacia la casa hogar.

Las visitas son siempre bienvenidas. Si usted quiere hacer una visita puede llamar al asilo. El teléfono es (664) 636-2170.