ARTICULOSARTICULOS DE
|
Sin azúcar, por favor'Un embrión y un feto se saludan'Por Alfredo Ortega-Trillo (trillo@telnor.net) Existen lugares en el mundo donde el ejercicio de la libertad mata protegida por la ley, aunque sólo cuando la víctima se encuentra en el vientre de una mujer que no merece llamarse "madre". Bienvenidos amigos a "Sin azúcar, por favor", una columna dedicada al sorbo y la introspección. Sin azúcar ni dulcificantes artificiales, para que sepa como deben saber el café, el té, la manzanilla, la hierbabuena o, si usted es argentino extraviado por estas latitudes, la hierba mate. Y no es que la libertad no sea un derecho inalienable al hombre, pero también un haz de responsabilidades que se desprenden del mismo. Responsabilidades para defender aun otros derechos previos a la orgullosa libertad y, acaso, más humildes e indefensos, como el derecho a la vida. Cuando la libertad se desbordó sobre sí misma en "el país de la libertad", el engendro que nació de ese libertinaje no pudo encontrar mejor divisa que la frase vendida por una agencia de publicidad en la avenida Madison de Nueva York: "Pro Choice". Y con esa frase salieron a la calle, envalentonados, los defensores de la libertad de elección, aunque esa libertad sólo se la otorgaron a la mujer, dejando al feto ...sin choice. El eslogan era bastante sugestivo para una idiosincrasia obsesionada por un ideal de libertad a la medida de este frenesí egoísta, camuflado bajo el eufemismo de: "individualista". ¿Cómo es posible que existan multas y penas de cárcel para quienes destruyen un huevo de águila mientras que, en aras de la cacareada "libertad", se permite la destrucción del feto humano? El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU promulgó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en que se establece que todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad. Tales derechos no se hacen extensivos al individuo antes de nacer, porque no se le considera tal. ¿Es que no es humano un feto humano? El camino hacia el origen de la vida de una persona es tan fascinante o más como el origen del universo. Las dos creaciones ocurren de tal forma que la Biblia y la ciencia en maravillosa coincidencia las definen en lo que podríamos interpretar con palabras rudimentarias como un instante "mágico". Steven Winberg, premio nobel de física de 1979, considerado el hombre en vida más brillante del planeta, remonta su descripción matemática del universo hasta un centésimo de segundo después del principio, cuando la temperatura cósmica se "enfría" a cien mil millones de grados Kelvin y el caldo de energía hiperdenso en colisiones subatómicas libera parte de esa energía en forma de luz. El Génesis es más sucinto: "En el principio dijo Dios: "Hágase la luz, y se hizo la luz..." En cuanto al origen de la vida del hombre hay indicios en la Biblia de que ya existe la persona desde antes de nacer, según se le reveló al profeta Jeremías: "Antes de formarte en el seno de tu madre ya te conocía, y te consagré y destiné a ser profeta de las naciones". (Jeremías 1, 5) Y no sólo esto. La Biblia es clara en establecer la dignidad de la persona humana desde el momento de su creación: "Dijo Dios, 'Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza... y creó Dios al hombre a su imagen' ". (Gen. 1, 26-27). La historia de la humanidad se repite en el vientre materno a través del intercambio genético de dos personas en ese instante "mágico" de la concepción, que después de una fracción de segundo desarrolla una vertiginosa cadena de acontecimientos que no cesarán hasta 23 años después, cuando la persona llega a la plenitud biológica de todos sus órganos. El embarazo de María es, sin duda, la mejor prueba para los creyentes, de la existencia de la persona de Jesús en su vientre. Cuando, a los pocos días después de la Anunciación, María fue a visitar a Isabel, el primo Juan el Bautista, un feto de seis meses, saltó en el vientre de su madre reconociendo en un embrión no mayor que una cabeza de alfiler al Hijo de Dios. La ciencia, por su parte, demuestra que el huevo fecundado tiene ya en sí toda la constitución genética de un ser humano la que, recién nos enteramos, ocupa tres gigabites de espacio en un disco duro de computadora con la secuencia de 3 billones de nucleótidos que conforman el genoma humano. En la declaración de los derechos del hombre la cuestión, en todo caso, tal vez no tenga que circunscribirse al hecho de considerar o no al individuo como tal desde antes de su nacimiento sino reconocer, más bien, que desde su concepción el individuo ya era lo que es hoy: un óvulo fecundado que no ha dejado de crecer. (Tijuana, 19 de febrero de 2001)
|