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FEBRERO 2001




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Una crítica dura de 'la cultura del divorcio'

'Para un niño, la vida después del divorcio es increíblemente difícil'

POR LA AGENCIA CATOLICA DE INFORMACIONES EN AMÉRICA LATINA

(Durante 25 años, la terapeuta americana Judith S. Wallerstein analizó las experiencias de 131 hijos de padres separados, acompañando la mayoría de los casos desde la infancia hasta la edad adulta, y comparó estas trayectorias con las de integrantes de familias intactas y llegó a la conclusión de que el divorcio hace daño a los menores. Con 78 años de edad, casada hace 50 años, tres hijos y cinco nietos, Judith Wallerstein es conferencista emérita de la Universidad de California y una crítica dura de la cultura del divorcio. A continuación reproducimos la entrevista que concedió a la revista brasileña 'Veja'.)

¿De qué manera la separación de los padres afecta la vida de un niño?

De varias formas. La adolescencia comienza más pronto para los hijos de familias que sufrieron un proceso de separación. En el caso de las niñas, la iniciación sexual empieza antes de lo recomendable. Buena parte de los niños comienza a ocuparse de los problemas de la madre y, algunas veces, de los conflictos del padre. No es raro que las niñas tengan que desarrollar por su propia cuenta los conceptos de moralidad. Los hijos mayores tienden a cuidar de los hermanos menores como si fuesen adultos. Está probado también que los hijos de padres separados sufren más depresión y presentan más dificultades de aprendizaje que los que provienen de familias intactas.

Los críticos de su libro, 'Una Inesperada Herencia del Divorcio,' la acusan de haber "cargado las tintas".

Mi estudio se basa en entrevistas con 131 hijos de casados divorciados, realizadas a lo largo de 25 años. Todos los relatos que escuché transmitían sufrimiento. Muchos se consideraban sobrevivientes de un cataclismo de proporciones cósmicas. Para un niño, la vida después del divorcio es increíblemente difícil. El niño se siente abandonado, marginado. Karen, una de las niñas entrevistadas, expresó esos sentimientos con una frase que salió de su corazón: "El día en que mis padres se divorciaron fue el día en que mi infancia acabó". Al contrario de lo que acreditan los críticos de mi libro, no exagero en decir que la separación de los padres es una marca, un estigma, que los niños cargan a lo largo de toda su vida.

Pero hay separaciones amigables y litigiosas. ¿No existe ahí una diferencia?

Por más que haya diferencias en cada caso, la verdad es que no existe separación sin daños, pérdidas y tristeza. En general, lo que ocurre es que uno de los dos -- el marido o la mujer -- quiere el divorcio y el otro no. Es una ilusión imaginar a una pareja de esposos sentada calmadamente en la mesa de la cocina manteniendo una conversación civilizada en la que digan: "Cometimos un error y nos debemos separar". Eso nunca, jamás, ocurre. Es más, los problemas de las partes no terminan con los conflictos en la Justicia. Los sentimientos de amor y odio no dejan de existir con los trámites. Ese cuadro de desgaste continuo, no importa a qué grado, hiere indeleblemente a los niños. Es cierto que hay padres que tratan de preservar al máximo a sus hijos del sufrimiento de una separación. Más también es verdad que la decisión de "no pelear enfrente de los niños" tiene sus limitaciones. Evitar discusiones no protege a los niños de los efectos a largo plazo del divorcio, que aparecen en la vida adulta.

¿Cuáles son esos efectos?

La mayoría de los hijos del divorcio -- vamos a llamarlos de esa forma -- atribuye a la separación de sus padres, gran parte de sus fracasos en sus relaciones personales. Una imagen negativa del matrimonio lleva a muchos a hacer pésimas elecciones de pareja o a huir de los compromisos. Cerca del 40% no consigue casarse al alcanzar la edad adulta. Hay un contingente enorme de hombres y mujeres en la faja de los 30 años que, traumatizados con una experiencia de sus padres, viven solos. Eso no significa, evidentemente, que no valoren el amor, la fidelidad y el compañerismo. Incluso, tienen dificultades en lidiar con sus sentimientos y traducirlos en la construcción de una vida de dos. Lo paradójico es que, a pesar de todo, el deseo de un matrimonio duradero permanece intacto. Ninguno de los adultos entrevistados acepta la idea de que el matrimonio es una institución fallida.

¿Los niños se sienten culpables por el divorcio de los padres?

Sí, especialmente cuando son pequeños. En general, piensan que si no existieran, sus padres no se estarían separando. Para los padres es difícil minimizar el sentimiento de culpa de los hijos. Sobre todo porque el hombre y la mujer que viven en el tumulto de la separación no tienen equilibrio ni disponibilidad suficientes para darse cuenta de lo que los niños están sintiendo.

¿Los matrimonios infelices no perjudican más a los niños?

Depende de qué infeliz sea el matrimonio. Muchos casos optan por luchar juntos para criar mejor a sus hijos. Tienen los mismos problemas de infelicidad conyugal que los que deciden divorciarse, sólo que son capaces de superar estos obstáculos. Una recompensa es que sus hijos crezcan de forma infinitamente mejor y se conviertan en adultos más seguros, más preparados para enfrentar las vicisitudes de la vida.

Entonces, lo que propone es la indisolubilidad del matrimonio de quien tiene hijos.

Esa es una interpretación equivocada. Evidentemente, hay matrimonios que no pueden ni deben mantenerse unidos para no perjudicar más a los hijos. Especialmente en casos de violencia familiar o en los cuales una de las partes se siente explotada o humillada por la otra. Lo que es crítico es la "cultura del divorcio". Es mucho más fácil separarse hoy en día. Problemas pequeños sirven de pretexto para que se termine una relación. La opinión que prevalece en la sociedad moderna es que podemos en cualquier momento rehacer nuestras relaciones conyugales. Ocurre que, con el pretexto de mejorar nuestra vida, no nos preguntamos cómo afecta eso a los hijos que concebimos. Los hijos del divorcio no se sienten mejor porque el papá y la mamá comienzan a tener una vida amorosa más satisfactoria con sus otras parejas. Otro mito es imaginar que la separación es una crisis temporal, cuyos efectos son más dañinos en la hora de la separación. Se trata de una crisis a largo plazo, y en algunos casos, interminable.

Pero ¿cómo un matrimonio puede permanecer unido sin amor?

El amor... ¿de qué amor estamos hablando? Mi estudio muestra que muchas familias que permanecen unidas no son "flechadas" por cupido, sino más bien por los buenos sentimientos. Aseguro que la mayoría de las separaciones podrían ser evitadas sino fuese por la "cultura del divorcio". Hay matrimonios en que el amor se acaba, pero que no son tan caóticos o explosivos como para no tolerar la convivencia. Millones de personas se encuentran en esa situación. No aman, pero tampoco odian a su compañero. Esa es la diferencia. No es raro que la separación traiga más angustia al hombre y a la mujer que un matrimonio XXX. Varios hombres y mujeres que comparten uniones infelices se sorprenderían al saber que sus hijos están relativamente contentos. Enfatizo: unos de los puntos más interesantes de mi trabajo fue descubrir que, para los hijos, poco importa si el papá y la mamá duermen en la misma cama. Lo que cuenta es que se mantengan juntos. Por eso, encuentro sinceramente que los esposos que viven en una situación conyugal tensa, sin amor, deberían considerar seriamente la posibilidad de continuar juntos por el bien de sus hijos.

Habló anteriormente de la "cultura del divorcio". ¿En qué afecta ésta a los valores de la sociedad moderna?

Entre otras cosas, la "cultura del divorcio" ayuda a cristalizar una concepción errada: que el matrimonio es necesariamente una prisión, un impedimento para la felicidad del individuo, y no una comunidad que ofrece, además de sus obligaciones, una serie de beneficios para las partes envueltas. Por causa de esa visión distorsionada, hay mucho menos uniones formales hoy en día que hace unos veinte años. Para enfrentar el problema, existe una corriente en Estados Unidos que discute la introducción de una nueva disciplina en el currículum escolar: la educación para el matrimonio.

Cuando la separación es inevitable, ¿qué es lo que los padres pueden hacer para proteger a sus hijos?

Antes que nada, el padre y la madre tienen que darse cuenta de que sus hijos necesitan de una enorme ayuda para enfrentar las etapas que vendrán. La mejor protección que se les puede dar es, en un primer momento, el no discutir enfrente de ellos. Muchos de los que discuten en los momentos de la separación continúan discutiendo después de ésta. Hay un divorcio legal, pero no uno emocional, social o financiero. Superada esa fase inicial, que no siempre ocurre, es común que el hombre y la mujer comiencen a buscar nuevos compañeros. En ese instante, muchos continúan sin darle la debida atención a sus hijos preocupados por su propia felicidad y por convencerse de que lo peor ya pasó. Es un tremendo error. Cuando la madre y el padre encuentran un nuevo compañero o compañera, cae por tierra toda la esperanza infantil de que algún día podrán unirse nuevamente. El choque causado por esa constatación es terrible. Por eso, es necesario proceder siempre con cuidado. Otro aspecto que debe ser combatido es la imposición de días u horarios para que los hijos vean a sus padres.

Las consecuencias negativas del divorcio, ¿no podrían ser disminuidas cuando los padres del niño se estabilizan emocionalmente?

Encuestas recientes hechas en Estados Unidos muestran que el 25 por ciento de todos los niños del país pasaron parte de su infancia en una familia formada a partir de un segundo matrimonio. Es que cerca del 40 por ciento de las uniones realizadas durante los años noventa incluyen a personas que ya habían estado casadas. Los números en ese país tal vez encuentren equivalencia en Brasil, no sé. Sea en California, o sea en Río de Janeiro, la verdad es que los segundos matrimonios acostumbran ser mejores que los primeros. Pero desde el punto de vista de los adultos. Es difícil para un niño o un adolescente aceptar sin reservas al nuevo marido o a la nueva mujer de su padre. Desde la perspectiva de los hijos, su hogar verdadero será siempre el constituido por sus padres. Por más amigables que sean, los sustitutos conyugales serán siempre vistos como una prótesis. Casi como curativos de una herida que nunca se cicatriza. Infelizmente, los estudios realizados por mí me llevaron a concluir que, aunque se haya crecido en medio de un segundo matrimonio feliz, eso no ayuda a los hijos de un divorcio a superar las dificultades de relación con otros en su edad adulta.

¿Qué es más difícil para un niño: aceptar una nueva mujer para el padre ó un nuevo marido para la madre?

Digamos que la posición del marido al de la madre es más complicada. Y eso es porque, en la mayoría de las veces, es él quien vive dentro de la misma casa de los hijos. Si ella mantiene una relación próxima con su padre biológico, ¿cuál es el papel de esa figura? Tanto para los niños como para las niñas que viven en esa situación, hay varias cuestiones que pueden quedar sin respuesta: "¿Sería él un amigo mío o apenas un hombre que vive con mi mamá?" "¿Es mi pariente?" "Si él me ayuda en la casa, ¿por qué mi papá es quien conversa con mi profesora?" Es un territorio propicio para el nacimiento de conflictos, malentendidos y competencias.

¿Cómo el resto de la familia, principalmente abuelos y tíos, puede ayudar durante el proceso de divorcio?

Los abuelos y los tíos casados pueden representar una referencia de unión estable y duradera. La relación con los abuelos, especialmente, es importantísima para los niños y jóvenes que se sienten desorientados. Muchos de mis entrevistados afirmaron que, después de la separación de sus padres, fueron los abuelos quienes "salvaron" sus vidas. Desde el punto de vista emocional, ellos terminaron siendo una fuente de seguridad material para los nietos. En muchos casos, son los abuelos quienes suplen las necesidades financieras de la mujer divorciada.

El hecho de que la separación conyugal se haya convertido en algo cotidiano en la sociedad, ¿no contribuye para que los efectos se acaben diluyendo?

Es una tontería imaginar que, sólo porque hay varios compañeros de su hijo que pasan por el mismo sufrimiento, que eso reduce su dolor. Acostumbro comparar esa situación a la de la mujer que pierde a su marido. No importa que la vecina sea también viuda. La experiencia del divorcio es dolorosa e irreparable para cualquier niño.