La Cruz de California

ARTICULOS

ARTICULOS DE
SEPTIEMBRE 2000




BREVES

CARTAS AL EDITOR

SIN AZÚCAR,
POR FAVOR


¿A QUIÉN IREMOS?




Contents © 2000
by Jim Holman.
All rights reserved.





¿Quién eligió a quién?

Crónica de la Canta Misa del padre Alejandro

POR ALFREDO ORTEGA TRILLO

Es muy probable que en los 40 años que tiene de existencia el templo del Espíritu Santo en Tijuana, uno de los acontecimientos más emotivos ha sido la Canta Misa del padre Alejandro el pasado 18 de junio.

Más que solemne, fue un acontecimiento muy conmovedor. La feligresía, rebasando la capacidad del templo, se desbordó hasta el atrio. Al canto del coro entró por el pasillo central la procesión de monaguillos con una gran Cruz por delante, seguidos de los sacerdotes concelebrantes y del padre Alejandro al último.

Las palabras con que abrió el párroco, el padre Gilberto, pusieron el toque de emotividad y alegría de este acontecimiento que el presbítero declaró como la primera Canta Misa celebrada en la historia de la parroquia.

El padre Gilberto invitó a la madre del neosacerdote a que subiera al presbiterio para dar la bendición a su hijo antes de que iniciara su Canta Misa. Ella, bajita, en medio de la nave se veía más pequeña aún. Subió los escalones y el padre Alejandro se acercó a su encuentro. Se arrodilló, inclinó la cabeza y la madre le dio su bendición al hijo.

El párroco habló sobre el significado de una familia que dona a un hijo al servicio de la Iglesia, y luego se volvió al neosacerdote: "... padre Alejandro, esta parroquia es suya, puede empezar cuando usted lo desee".

El padre Alejandro se irguió como un bejuco moreno en su blanca túnica, aderezada con una estola dorada con el círculo del Jubileo al centro. La mirada inteligente, se-rena y profunda; la voz clara y fuerte. Comenzó su Canta Misa, que tuvo algunas sentidas intervenciones.

Antes de la primera lectura, la Sra. Luján, vecina de la parroquia, quien tiene a un hijo legionario formándose en Roma, habló de la gracia recibida por la parroquia a través de la vocación del padre Alejandro. El hermano mayor del neosacerdote o sea, yo, pasó a leer la Primera Lectura, que antes presidió con las siguientes palabras:

"Sólo quiero enfatizar el hecho de que hoy es un día muy hermoso para el padre Alejandro, para nosotros su familia, para los padres Misioneros del Espíritu Santo, para la comunidad de la parroquia aquí reunida como una gran familia y para las amistades que nos acompañan en ésta que es la Canta Misa del padre Alejandro, es decir, la primera Misa que celebra en su parroquia de origen. Porque él salió de esta parroquia y, de alguna manera afectiva, pertenece a esta pa-rroquia. Y está concelebrando su Cantamisa con su hermano de congregación, el padre Ricardo Sada, Legionario de Cristo, y los padres Misioneros del Espíritu Santo, de quienes recibió su Primera Comunión y después las siguientes comuniones, cuando de niños veníamos a Misa los domingos, en bicicleta, y dejábamos las bicicletas allá afuera recargadas contra la pared. Y nos sentábamos en una banca por allí. Y recuerdo que así sentados, al hoy padre Alejandro no le llegaban los zapatos al suelo, como a muchos niños de los que están aquí presentes. Es una bendición para todos nosotros que aquel niño al que no le llegaban los za-patos al suelo, hoy tenga los zapatos puestos en el presbiterio. El testimonio de su vida consagrada, igual que el de los sacerdotes que lo acompañan fortalece nuestra fe en Jesucristo dentro de su Iglesia Católica. Con todo respeto y con todo cariño, y en muestra de nuestra gratitud por sus vidas consagradas a Dios, a su Iglesia y a sus hermanos los hombres, ¡démosles a todos ellos un aplauso de parroquia, de comunidad, de familia!"

El aplauso estalló como el estruendo de una catarata que cayó desde las bóvedas del templo sobre los hombros de los sacerdotes quienes, queriendo eludirlo, con un gesto de humildad, mantenían la mirada fija en sus manos sobre las rodillas.

Entonces el personaje del micrófono retrajo el ímpetu de su voz, que había cobrado visos de pequeña arenga, y con tono mesurado y sereno cortó los aplausos:

"Primera Lectura. Lectura del libro del Deuteronomio..."

Esta fue la homilía del padre Alejandro, que a través de las páginas de La Cruz, propaga desde aquí su mensaje de amor a sus hermanos en la fe.

"Bendita sea la Santa Trinidad porque ha tenido misericordia de nosotros. Esa es la antífona de la Misa de hoy, dedicada a la solemnidad de la Santísima Trinidad de Dios en su misterio de amor que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo. Y lo alabamos y le damos gracias porque ha tenido misericordia de nosotros. Una misericordia que en mi caso concreto se traduce en amor de elección. Él me escogió. No es mérito mío estar aquí ahora delante de ustedes como sacerdote. Es Dios que me ha elegido porque él así lo ha querido. Como dicen algunos, casi más a pesar de mí que con mi ayuda, porque mi rumbo iba por otro lado. Los que me conocen desde niño y sobre todo a partir de la adolescencia, ante todo conocen de mis limitaciones y saben también de mi gran pasión por la Cruz Roja y la Medicina. Y por ahí iba mi vida. Fui a Monterrey a estudiar Medicina, y estando allá conocí a la congregación de los Legionarios de Cristo, una congregación nueva, de origen mexicano. El fundador vive, y es el padre Marcial Maciel, quien es nuestro actual director general y con quien he tenido la gracia también de estrechar unos vínculos filiales muy grandes. Lo considero un padre; un padre de mi vocación y un padre que también me ha enseñado a amar a Cristo, a amar a la Iglesia, a amara a las almas.

Estando en Monterrey vino el debate interior del sí o el no a la vocación, a ese llamado de Dios. Obviamente todos los puntos estaban a favor de la Medicina. Era mi plan. Pero Dios me fue haciendo ver que era mejor decir sí, porque así es como Dios podría servirse de mí para ayudar a muchas almas, y me lo hizo ver a través de diversos medios, nada extraordinarios. Cuando di el sí a Dios, se los confieso aquí, pensé que era yo quien le hacía el favor a Dios, de aceptar la vocación, de seguirle y de colaborar en lo que pudiera. Han pasado quince años: un curso de verano para iniciar la vida de noviciado y después iniciar la vida religiosa. Han pasado 15 años en los que creo que la principal lección ha sido darme cuenta que ha sido precisamente al revés: de que Dios es el que me ha hecho el favor a mí, de llamarme y de ponerme ahora al servicio de las almas, al servicio de us-tedes. A partir de ahora, como se dice de todo sacerdote, ya no me pertenezco, ya soy de Dios, de las almas, soy de la Iglesia. Todos mis gustos, todos mis anhelos, mis planes perso-nales, serían una contradicción para mi vocación, como lo serían para cualquier alma realmente entregada a cumplir la voluntad de Dios. Lo que importa es cumplir esa voluntad, dejarse guiar por esa voluntad de Dios que, por otra parte, es una voluntad llena de amor, que me acompañará ahora a mí, ciertamente, a través de gracias extraordinarias que ya he ido palpando a lo largo de esta recién iniciada vida sacerdotal. Ya tuve la gracia de celebrar mi primera Misa en cuanto a boda. Nunca había celebrado una boda. El Padre Pedro Vera estaba en cama y me tocó suplirle, y resulta que ya se me olvidaba el lazo para los novios. Pero fue una experiencia hermosísima para mí, el poder celebrar esa primera boda, y como esa, hay muchas otras experiencias muy hermosas que ahora se van suscitando en mi vida; experiencias nuevas, experiencias de un neosacerdote, de un hombre que se va aventurando apenas por esos grandes misterios del amor de Dios. Que Dios los bendiga, y les pido que por favor me encomienden mucho en sus oraciones para que pueda permanecer fiel a ese llamado que Dios me ha hecho".

El padre Alejandro juntó las manos por las palmas e inclinó la cabeza por un instante, antes de continuar la liturgia.

Por supuesto, la madre del neosacerdote recibió primero, la Comunión de manos del padre Alejandro, a la que siguió la larga fila de fieles.

Al término de la Misa, el padre Alejandro se retiraba con los otros celebrantes a la sacristía, cuando el padre Gilberto le pidió que saliera por el pasillo central. El gesto arrancó una salva de aplausos que acompañaron al padre Alejandro con las manos unidas por las palmas, sonriendo con recato a la concurrencia, saludando con la mirada las caras conocidas que le salían al paso, mientras cruzaba el largo pasillo hacia la salida.

La emoción del momento subió de tono cuando a los aplausos se sumaron las sirenas de tres ambulancias que, sorpresivamente se habían colocado a la entrada de la Iglesia para saludar así a aquel joven socorrista que hace 15 años dejó de recoger heridos en la calle para iniciar el largo camino que lo llevaría a recoger almas.