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La capital de la cristiandadUna gran familia más allá de las fronteras del idioma, de las razas y de las patriasPOR ALFREDO ORTEGA-TRILLO Los ríos humanos convergían por todos los flancos a la Plaza de San Pedro. Eran ríos de caras alegres, de chamarras y bufandas, de brazos jubilosos que venían de todo el mundo a celebrar, en todas las lenguas, el cambio de folio del calendario gregoriano a la Plaza de San Pedro, la capital de la cristiandad que marca el compás de la historia de occidente. La multitud, en el regocijo de una misma fe, de una misma esperanza, se convirtió en el espectáculo y la celebración de sí misma. Hace muchos años, cuando era un niño, me imaginaba la llegada del año 2000 de otra manera. Igual que a mis contemporáneos, me seducía el arribo de los tres ceros. Pero sobre todo, trataba de imaginarme a mí mismo enmarcado por la redondez de la cifra en términos de logros y realizaciones personales. Y, cuando ya casi había entrado a la cuenta regresiva creyendo que en realidad no tenía nada que celebrar ni cómo celebrarlo, mi hermano me dio los motivos. De manera que me cayeron los tres ceros en la cabeza rodeado de ciento cuatro mil personas oyendo al Papa Juan Pablo II en su ventana que da a la plaza de San Pedro en el Vaticano. Después de la primera aurora del 2000, el primero de enero se ordenaba sacerdote mi hermano Alejandro en Roma. Había que celebrarlo en grande, y por eso estaba en Italia con mi madre, mi hermano Luis y amistades muy queridas. El Papa levantó su mano temblorosa sobre la multitud y dio la bendición Urbi et Orbi. Había mucha gente para abrazar y sentirse acompañado hasta las raíces del género humano. Fue un abrazo multitudinario, lleno de esperanza en el futuro de la fe milenaria que nos une a los cristianos como en una gran familia más allá de las fronteras del idioma, de las razas y de las patrias. Una de las emociones más grandes de estar en Roma es sentir su vocación universal y eterna a través de sus inscripciones milenarias en el mármol de sus edificios, en la aspiración a trascender el tiempo de sus estatuas, en el carácter universal de su belleza clásica, salpicada por fuentes y manantiales que brotan por todas partes; es pre-senciar la continuidad de una historia en que el pasado, el presente y el futuro coexisten en una caprichosa convivencia que este año jubilar, final de milenio, cobra un relieve muy especial. La historia de los años jubilares se remonta al año 1300, cuando el Papa Bonifacio VIII rescata una antigua tradición que viene desde el Antiguo Testamento y la incorpora al cristianismo moderno. Desde entonces, cada cincuenta años se celebra el Jubileo que significa una re-conciliación universal entre los hombres y entre los hombres y Dios. Tradicionalmente, ha sido el tiempo de la absolución de las esclavitudes en el mundo cristiano, de la condonación de las deudas entre los hombres, de las indulgencias plenarias que a través de la intercesión de la Iglesia reciben los fieles haciendo la peregrinación a Roma, a los lugares santos, a las basílicas consagradas en todo el mundo para tal efecto. Por motivos históricos, desde cuando el acceso de los fieles a Jerusalén y a los lugares santos se hizo difícil, Roma se transformó en la meta principal de las peregrinaciones. Las Puertas Santas de las basílicas de Roma las abre el Papa una vez cada cincuenta años, y todo un año permanecen abiertas para que pasen por ella los peregrinos y reciban la indulgencia plenaria que consiste en la supresión de las culpas de los pecados que previamente tuvieron que haber sido perdonados por un sacerdote mediante el sacramento de la confesión. Y es que la confesión perdona, pero no exime de la culpa. Se calcula que entre el 25 de diciembre y el 1 de enero ya habían pasado por la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro alrededor de 3 millones de peregrinos, y se pronostica que seguirá pasando la procesión humana como un río inagotable durante todo el año, por debajo del dintel Santo. En un emocionante gesto ecuménico por la unidad de las iglesias cristianas, un pastor representante de la Iglesia Evangelista, el Papa y el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa, el pasado 18 de enero se ofrecieron mutuamente perdón por todas las ofensas infringidas entre hermanos de la gran familia cristiana, y abrieron, empujando juntos, la Puerta Santa de San Pablo Extramuros. Dentro de las celebraciones de este especial año jubilar se ha programado un calendario de actividades especiales y procesiones al Vaticano. La gran peregrinación que llegará de México está calendarizada para el mes de mayo. En el espíritu de este año jubilar el Vaticano, apoyado por algunos países, como Francia, esta impulsando en la ONU la iniciativa de condonar las deudas externas de los países pobres del planeta. Después de la gran celebración de fin de año, caminamos de regreso a la pensión porque los taxis no se daban abasto para vaciar la Plaza. La gente de Roma, volcada a las calles convirtió la noche en día. Todos caminaban a sus casas, los hoteles, las pensiones, con la premonición de que al hacerlo se dirigían hacia el amanecer del gran día. Y amaneció en Roma sin que ninguna catástrofe universal empañara el alba. El primer sol del 2000 descendía sesgado por una ventana hasta los zapatos de mi hermano Alejandro, que le habíamos llevado expresamente para su ordenación. Entre los 23 legionarios de Cristo ordenados por el Cardenal Lucas Moreira Neves, prefecto de la congregación para los obispos en el Vaticano, se ordenaba el primer neozelandés, el primer alemán, los primeros dos brasileños dentro de la Legión; y el primer mexicano tijuanese, Alejandro Ortega Trillo. La ceremonia de ordenación se realizó en la capilla del nuevo Centro de Estudios Superiores de los Legionarios de Cristo en Roma. Entre la concurrencia estábamos los familiares y amigos de los recién ordenados, venidos de nueve países, así como el gran contingente de hermanos legionarios, seminaristas, sacerdotes y, por supuesto, del padre fundador de la congregación religiosa, el también mexicano, de 79 años, Padre Marcial Maciel. Los zapatos se los habíamos hecho llegar a mi hermano por conducto del hermano Carlos Luján, oriundo también de Tijuana, ya que el hoy Padre Alejandro se encontraba en retiro espiritual en preparación para su ordenación, lo que nos impidió verle hasta esa mañana, cuando desfiló ante nosotros en la procesión de los 23 diáconos que se ordenaban junto con él, después de cerca de quince años de preparación. Entraron por el pasillo central hasta colocarse al borde del semicírculo del presbiterio. Desde allí contestaron al Cardenal, uno a uno, la lista de presente, y comenzó la ce-remonia de ordenación que duró tres horas y media dentro de una atmósfera muy emotiva. Ciertamente no tuve que reconocerlo por los zapatos. La serenidad de su semblante detrás de la única novedad de unos lentes sólo se había hecho más profunda, como el océano de una paz interior que emanaba dulcemente en sus ojos quietos. El cardenal dirigió unas palabras a los diáconos próximos a ordenarse y a sus familiares. Enseguida, los candidatos ofrecieron personalmente las promesas de fidelidad a Dios y a su Iglesia y se postraron en el suelo en un acto de humildad y donación completa a Dios, mientras todos los presentes rezaban la letanía de los santos, implorando sobre los ordenantes la protección de Dios. Mi madre no pudo ocultar un par de lágrimas, y a mí me temblaba el pulso mientras hacia el video. La ceremonia llegó a su punto culminante cuando los candidatos recibieron de parte del celebrante la imposición de manos, acto mediante el cual se transmiten los poderes sacerdotales en la continuidad del linaje espiritual de San Pedro que sigue la Iglesia Católica desde hace casi dos mil años, y mediante el cual los ordenados se convierten en sacerdotes para la eternidad. Después del cardenal, noventa sacerdotes, uno a uno, realizaron también la imposición de manos sobre cada uno de los neosacerdotes. Posteriormente, los recién ordenados recibieron los ornamentos sacerdotales de manos del padre Maciel y fueron ungidos con aceite sagrado por el cardenal quien, seguidamente, les entregó a cada uno el cáliz y la patena, les besó las manos y les dio un abrazo. La celebración de la Misa continuó y los recién ordenados realizaron, acompañando al cardenal, su primera consagración del pan y del vino. Durante el momento de la Comunión los nuevos sacerdotes, con su primera dotación de hostias consagradas por ellos mismos se acercaron al pie del presbiterio. Alejandro, con una devoción muy legionaria, tomó su primera hostia consagrada, y sin que le temblara la mano la ofreció a mi Madre, quien la recibió en la boca. Al terminar la ceremonia los 23 nuevos sacerdotes salieron por el pasillo central entre los aplausos de la concurrencia. Afuera, en el vestíbulo del edificio, en medio de la alegría rubricada con abrazos y lágrimas, grupos de familias de los recién estrenados sacerdotes se arrodillaban a los pies de 'su' sacerdote, quien dedicaba para ellos su primera bendición. Al día siguiente, dos de enero, desde la misma fachada de la Basílica de San Pedro hasta las prolongaciones de la calzada de la Via della Conzolacione, se abrió el jubileo de los niños, que hizo rebozar de júbilo la fabulosa Plaza en el Vaticano. Los niños, en decenas y centenas, hacían coros espontáneamente y daban vueltas y cantaban acompañando el tema musical del jubileo cantado por Bocelli en los altavoces, Gloria a te, Cristo Gesù. En un intento para hacer fotografías entre la multitud puse un pie sobre la base de una columna de Bernini y el otro en la espalda de mí otro hermano, Luis, quien se había doblado para servirme de banquillo en una postura que debió parecerle excesivamente servil a un periodista norteamericano, quien no desaprovechó la ocasión para retratarnos logrando, quizá, una mejor foto para su periódico que las que yo comparto ahora con ustedes desde aquella incómoda posición. El 6 de enero celebró el Padre Alejandro su primera Misa abierta al público en la Basílica de Guadalupe en Roma y en que, por una casualidad fortuita y en un honor que compartieron ambos, tuvo por primer acólito al sencillo Señor Carlos Montejo Favela, quien nos había honrado con su compañía durante este viaje. Aunque la Misa la ofició en italiano, creo que los viajeros de Tijuana pudimos entender buena parte de la homilía. Se refirió al significado de las ofrendas del oro, de la mirra y el incienso. Habló primero del oro, como el símbolo del regalo más preciado del que los Reyes Magos de la Escritura podían desprenderse para darlo al niño Dios. Aprovechó la ocasión para anunciar que era originario de Tijuana, que aquella era su primera Misa, y que mi madre, allí presente en la primera fila, era un buen ejemplo de la ofrenda del oro, puesto que se había desprendido, catorce años hace, de lo más valioso que existe para una madre: un hijo, para darlo a Dios. Los italianos parecen personas curiosas en general y algunas señoras se estiraron desde sus asientos buscando a mi madre quien, por cierto, sin usar eufemismos, es chaparra y difícil de ver. Al terminar la Misa, algunas de ellas se acercaron para darle un beso en cada mejilla, como se usa allá, y al Padre Alejandro le besaron las palmas de las manos, esas manos que de ahora en adelante están hechas para convertir el pan y el vino en la Carne y la Sangre de Cristo. Después de las ordenaciones el P. Alejandro, enfundado en la investidura de su uniforme negro de Legionario de Cristo con alzacuello blanco, fue nuestro sacerdote y guía de turistas, al volante de una furgoneta Fiat. Durante nuestro breve recorrido por Italia disfrutamos del paisaje de la campiña toscana pero, sobre todo, disfrutamos del paisaje de su devoción que nos infundía un respeto particular, aunque nuestro Padre Alejandro sabía combinar con el gesto mesurado la frase vivaz y la sonrisa inteligente. Le hacíamos preguntas y hablábamos con él del campo, de los edificios, de la gente que conocíamos al paso, del milenario pueblo de Asís enclavado en la montaña, maravillosamente conservado hasta nuestros días, en el que el mismo P. Alejandro, por cierto, tuvo la oportunidad de oficiar una Misa exclusivamente para nosotros en una pequeña ermita del tiempo de San Francisco de Asís, toda de piedra, bajo el suelo de un monasterio. Sus homilías de las Misas que diariamente nos ofreció, partían de las vivencias del día que habíamos pasado juntos, y a través de ellas nos conducía hacia un recogimiento muy íntimo de reflexión. Después de nuestra estancia de dos sema- nas en Italia, dejamos al P. Alejandro. O más bien, él nos dejó en el aeropuerto de Roma. Al despedirnos le ofrecí enviarle las fotografías que nos habíamos hecho durante el viaje. Su sonrisa tiene una dulzura cristalina que deja ver hacia adentro un corazón bueno que heredó de mi padre. Se sonrió. Me dijo que las recibiría con mucho gusto, pero me advirtió que él no guardaba nada, que desde hacía varios años había tomado la decisión de no guardar nada... ni siquiera una fotografía. Comprendí que todo lo que tiene, mucho más que ese par de zapatos, lo lleva guardado en el corazón. Desapareció el Fiat en la distancia. Volvía el Padre Alejandro a sus meditaciones del día, y nosotros caímos de golpe en el mundo de los pasaportes, boletos y documentos. ¡Santo ramalazo!
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