La Cruz de California

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MARZO 1999




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Un encuentro con el Santo Padre

POR MIGUEL VAZQUEZ

La maravillosa experiencia vivida por cientos de cachanillas que viajamos al Distrito Federal para tener un encuentro con el Santo Padre durante su pasada visita a México ha quedado grabada profundamente en nuestro corazón. De acuerdo a los comentarios generales de los peregrinos bajacalifornianos, todo lo que pudimos haber imaginado acerca de este encuentro fue superado por la realidad.

Nuestro avión aterrizó en el aeropuerto de la Ciudad de México veinte minutos antes que la aeronave de Alitalia, en la que S.S. Juan Pablo II viajaba, llegara a México desde la ciudad de Roma. Emocionados por esta concidencia, y con la idea de ver la llegada del Papa desde la terraza del aeropuerto, nos apresuramos a recuperar las maletas y pasar la revisión para dejar el equipaje en el autobús y regresar a lo alto del edificio. Carlos, nuestro guía en la ciudad, nos dijo que el camión no podía esperar y que además el avión de Su Santidad estaría demasiado lejos de dicha terraza. Tristes por esta situación aceptamos, resignadamente, trasladarnos al hotel. En el lobby, observamos la ceremonia de bienvenida al Papa por televisión. De momento, nos percatamos que el papamóvil pasaría por Avenida Insurgentes, ¡a cuatro cuadras del Hotel¡. En un abrir y cerrar de ojos todos corrimos por la banqueta para formar parte de la valla que saludaría al Papa. Minutos más tarde apareció un helicóptero. Se oyeron las sirenas del convoy. Y alguien gritó: ¡Ya viene el Papa ¡. De pronto, desde un obscuro paso a desnivel, surgió el papamóvil a unos cuantos metros de distancia.

"Recuerdo que la luz dorada de la tarde iluminaba al Santo Padre de frente", dijo un peregrino, "su imagen te absorbe. No piensas ni oyes. La vista se concentra sólo en él. Se mostraba radiante, imponente, brillaban sus blancas vestiduras. Su rostro amable y sonrosado transmitía la paz de Dios. Lo seguí con la vista, uno, dos, tres segundos, y pasó,...se fué. Los ojos se me llenaron de lágrimas, algo desconocido se estaba desbordando en mi corazón, no podía contenerlo, quise compartirlo con los demás. Los busqué y también estaban llorando". Con el agradable sabor de esta feliz experiencia terminamos el primer día.

Al siguiente día, el Sumo Pontífice celebró una Misa en la Basílica de Guadalupe para la conclusión de la Asamblea Especial para América del Sínodo de los Obispos. Del grupo de peregrinos de la diócesis de Mexicali, sólo el Señor Obispo, Monseñor José Isidro Guerrero junto con 12 sacerdotes, y algunos afortunados religiosos y laicos pudieron estar presentes debido a la reducida capacidad del recinto. La gran mayoría seguíamos el evento por televisión al igual que en toda la república. Fué una gran alegría para todos cuando al Papa declararó "que el 12 de diciembre se celebrará a la Virgen de Guadalupe en toda América (desde Alaska hasta Tierra de Fuego) con el rango litúrgico de fiesta." Esa misma tarde, los más jóvenes del grupo se dirigieron al Autódromo Hermanos Rodríguez para participar en la velada juvenil de oración que duraría toda la noche hasta la llegada del Papa en la mañana del día siguiete.

La otra parte del grupo llegó al autódromo a las tres de la mañana pensando que era la hora adecuada para alcanzar un buen lugar. A esa hora todas las puertas del autódromo se encontraban cerradas y afuera habíamos cientos de miles de personas formando kilométricas filas con el boleto en la mano sin saber que adentro del autódromo ya estaban más de un millón y medio de personas. Después de tres horas soportando una tempreatura de dos grados bajo cero, la fila empezó a caminar. Observamos que no sólo entraba la gente sino que también salía diciendo: "Es imposible estrar ahí, es muy peligroso, hay una nube de polvo y humo por las fogatas, no se puede respirar, no se ve nada, etc." La gran mayoría de las señoras del grupo se asustó y prefirió regresar al hotel, otros decidimos entrar y juzgar por nosotros mismos. Adentro parecía un verdadero campo de refugiados de guerra. Todo lo que nos habían dicho era cierto. No había ningún control en absoluto. El grupo se dividió de nuevo, unos se quedaron, otros se fueron y otros desaparecieron entre la multitud.

Ese sábado, cuyas actividades iniciaron para nosotros a las dos de la mañana, fue el mas difícil para todos los integrantes del grupo. Sin embargo, llegada la tarde, ya de regreso en el hotel, de acuerdo a las dife-rentes anécdotas, supimos que todos habíamos logrado ver al Papa nuevamente: unos en el autódromo de lejos, otros ahí mismo pero a tres metros de distancia, unos en el papabús cerca del helipuerto del campo militar Marte y otro grupo lo vió cuando salía de su visita al hospital Adolfo López Mateos. Sucios, cansados, sin comer pero felices por haber logrado ver al Santo Padre, cada quien se retiró a su habitación para preparase para las actividades del si-guiente día que iniciarían a las 5 de la mañana.

Llegamos al Estadio Azteca poco antes del amanecer. Ya se encontraban unas cinco mil personas haciendo filas. Nos dió gusto percatarnos que éramos de los primeros, considerando que finalemtne entraríamos unos 130,000 al estadio. El frío era intenso, pero los ánimos se habían recuperado y teníamos una gran emoción por este nuevo encuentro con el representante de Cristo. A diferencia del autódromo, en el Azteca se notó una organización perfecta. Pasamos seis horas de espera en la explanada entre porras, fotos, rezos, cantos, entrevistas para las televisoras y botanas para comer, antes de que la fila empezara a avanzar. En la entrada verificaron el código de barras de los boletos con una computadora manual y de ahí pasamos a una minuciosa revisión personal, incluyendo el interior de la cámara. Más adelante, estaban las puertas detectoras de metales similares a las de los aeropuertos. Pasando este sorprendente dispositivo de seguridad, nos dirigimos de prisa a la sección indicada en el boleto: un poco más arriba de la mitad de la altura del estadio, al centro de la cancha.

La alegría de la fiesta se sintió inme-diatamente, a medida que el estadio se fué llenando, se ensayaban los cantos, las po-rras, la ola y demás puntos del programa. Hubo momentos preciosos de oración. Ciento treinta mil personas realizamos un acto de contricción para pedirle perdón a Dios. Cantamos el Padre Nuestro, rezamos el Ave María y pedimos el Don del Espíritu Santo. Un ambiente celestial se generó en el estadio. Una atmósfera sobrenatural sobrevino y nos unió a todos. Nuestra alma percibió de alguna forma lo que será el cielo, la presencia de Dios, la unión de todos los seres, el gozo espiritual.

Siendo poco más de las cinco de la tarde, veíamos en las pantallas gigantes que el Papa estaba en camino al estadio Azteca en el papamóvil. Ni el sol que quemó durante horas, ni el hambre, ni el cansansio importaron. Un inmenso júblilo se posesionó de cada asistente desde el momento en que el Papa ingresó al interior del estadio. El encuentro con el Santo Padre duró poco más de dos horas. Más allá de las diversas manifestaciones de cariño que el pueblo le ofreció y a las que el Papa visiblemente emocionado luchó por contener el llanto, el mensaje de Su Santidad retumbó poderoso para todo el continente americano: "Cristo ha estado incesantemente presente en el caminar de los pue-blos americanos, dándoles también como Madre a la suya, la Virgen María", dijo. "Consolidar la fé de América en Jesucristo. Esta fé, vivida cotidianamente por numerosos creyentes, será la que anime e inspire las pautas necesarias para superar las deficiencias en el progreso social de las comunidades, especialmente de las campesinas e indígenas. Para sobreponerse a la corrupción que empaña a tantas instituciones y ciudadanos. Para desterrar el narcotráfico, basado en la carencia de va-lores, en el ansia de dinero fácil y en la inexperiencia juvenil. Para poner fin a la violencia que enfrenta de manera sangrienta a hermanos y clases sociales. Sólo la fe en Cristo da origen a una cultura opuesta al egoísmo y a la muerte", aseveró el Santo Padre, "porque algunos poderosos volvieron sus espaldas a Cristo, este siglo que concluye asiste impotente a la muerte por hambre de millones de seres humanos, aunque paradójicamente aumenta la producción agrícola e industrial, se renuncia a promover los valores humanos. ¡América, tierra de Cristo y de María! tú tienes un papel importante en la construcción de un mundo nuevo. Sólo con la fe inquebrantable en Cristo, alimentada constantemente por la oración, la escucha de la Palabra y la participación asidua de la Eucaristía, las primeras generaciones pudieron superar aquellas dificultades. En el nombre del Señor vayan ustedes decididamente a evangelizar el propio ambiente, para que sea más humano, fraterno y solidario". Minutos más tarde, emocionados y llorosos bajo una cascada de fuegos artificiales, despedíamos del estadio azteca al Papa peregrino.

El lunes 25 de Enero, mientras despertábamos en el hotel, el incansable Pontífice de 78 años nos bendecía y decía adiós en el aeropuerto de la ciudad de México de donde partía hacia los Estados Unidos. Aparentemente el encuentro había terminado, pero a muchos del grupo les aguardaba una inolvidable sorpresa.

El avión a Mexicali salía a las siete de la tarde, de manera que había tiempo y se organizó una visita a la Basílica de Guadalupe. Estando ahí, los peregrinos cachanillas tuvieron la oportunidad de asistir a misa y recibir la eucarístía. Después de la comunión el sacerdote celebrante dijo que las hostias que habían recibio ¡eran de las que había consagrado Juan Pablo II¡