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SEPTIEMBRE 1998




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Ancianos Desamparados

En el Asilo de Ancianos San Vicente de Paul, el cariño es muy evidente

POR IVAN BARRERA

"¡Qué bonito estás, ya me enamoré de ti!", lanza un piropo al entrevistador Clara Bernal de 94 años, residente del Asilo de Ancianos San Vicente de Paul en Tijuana, "¿Tienes hijos? Mi padre era maquinista del tren de pasajeros en Guadalajara. Todo el dinero que ganaba se lo daba a mi madre".

A pesar de sus 94 años, Clarita tiene una mente muy despierta y vivaz. Con una sonrisa entre sus labios y en tono alegre le llegan recuerdos de su niñez. "Una niña me enseñó a leer en Guadalajara. Empecé a trabajar desde los 9 años, me gusta leer mucho. ¡Oye!, por favor tráeme libros católicos bonitos, me gustan mucho. Mi padre dejó a mi madre con veinte hijos, yo soy la mayor. No sé qué les habrá pasado a mis hermanos y hermanas, no sé si están vivos o muertos. Yo me crié en Guadalajara. Ahí me bautizaron, confirmaron y me casé. Estuve casada 25 años, durante los cuales Dios solamente me dio una hija, la quería mucho".

Las pláticas de Clara son muy amenas y sencillas. "Mi sobrina Abigail Bernal, me dijo que me llevaría a un asilo de ancianos porque la señora que había contratado para cuidarme me robaba todo lo que poseía y además no me daba de comer". Clara comenta que su sobrina Abigail trabaja en los Estados Unidos y que en ocasiones tarda varias semanas en visitarla. "Me dejó mi mamá, mi hija, mi esposo, todos murieron. Solamente me quedan mis dos sobrinos, Abigail y José Guadalupe Bernal", recuerda con tristeza Clara.

Clarita tiene tres años residiendo en el Asilo de San Vicente de Paul. Anteriormente vivía sola en la colonia Francisco Villa, en Tijuana. Abigail Bernal, sobrina de Clara, contrató a una mujer para que atendiera a su tía pero los vecinos se percataron de el maltrato que Clara recibía. Clara nos comenta que la mujer que la atendía no le daba de comer, pero que gracias a sus vecinos le avisaron a su sobrina. Desde entonces reside en el asilo.

Durante la entrevista, Clarita voltea y observa detenidamente una imagen de la Santísima Virgen María de Guadalupe. De un momento a otro comienza a cantar con todo su corazón La Guadalupana, sin importarle quién estaba a su alrededor.

Al finalizar el canto dice, "no tengo dientes, ¡mira!", sonriendo muestra sus vacías encías mientras saborea un jugoso pedazo de sandía que una de las religiosas le sirve, "se me cayeron las placas dentales de oro que me compró mi esposo, además ya son tres los lentes que me compran. A veces no veo". En ocasiones los comentarios, ideas y recuerdos de Clara no tienen hilación ni orden. Le agrada la compañía y continúa charlando.

Clara Bernal, al igual que el resto de los ancianitos del asilo parecen vivir en otro mundo lleno de recuerdos y fantasías, olvidando temporalmente el lugar donde viven. A pesar de que en ocasiones tienen momentos de lucidez mental, la mayor parte del tiempo se encuentran viviendo y saboreando el pasado.

Al finalizar la entrevista, con mucho esfuerzo, Clarita se pone de pié frente al entrevistador y lo persigna tres veces diciendo: "Que Dios y María Santísima te bendiga", acerca su mano temblorosa a los labios del entrevistador para que bese la cruz que ha hecho con sus dedos.

El Asilo San Vicente de Paul fue fundado en 1967 gracias al patrocinio de Don Baraquiel Fimbres que junto con las damas de la Caridad de San Vicente de Paul, proveyeron un hogar para ancianos desamparados en la ciudad de Tijuana. La caridad de tales personas queda plasmada en una gruesa placa metálica que se encuentra exhibida a la entrada del asilo.

"El asilo puede hospedar hasta cincuenta ancianitos, pero siempre estamos más llenos del límite", comenta la reverenda madre coordinadora del asilo, María del Rocío Mondragón Chavez. "Somos cinco las religiosas junto con algunos laicos que atendemos todas las necesidades de los viejitos".

Los requisitos que Madre Rocío pide a los familiares o amigos de los ancianitos son cinco: 1o. Que ingresen voluntariamente, que no sean forzados, 2o. Que no porten enfermedades contagiosas, 3o. No pueden ser completamente inválidos, ya que cuentan con poca ayuda para atenderlos, 4o. La responsabilidad de comprar los medicamentos y de traslado a las citas con el médico corre por parte de los familiares o amigos, y, 5o. Se les exige a los familiares que por lo menos, dos veces por mes el ancianito sea visitado y paseado fuera del asilo. "Solicitamos a los familiares o amigos del ancianito una cooperación de $800 pesos por mes para ayudar con los gastos de operación, pero no todos pueden", comenta Madre Rocío.

"Los viejitos son como niños y niñas", comenta María del Carmen Paz de 28 años de edad, voluntaria en el asilo desde hace dos meses. "Constantemente se pelean entre ellos mismos. Atender viejitos es una tarea difícil. Me han asignado cuidar específicamente a dos ancianitos: Julián y José". María del Carmen, reside en Tijuana desde hace cuatro años ya que una tía religiosa la invitó a colaborar con los ancianitos del asilo. "Yo diría que para mí lo más difícil es tenerles paciencia. En varias ocasiones Julián no quiere que lo levante y se queda acostado haciéndome pasar por un momento frustrante. En otras ocasiones los ancianitos sienten celos porque atiendo a otros viejitos. Yo creo que en realidad se sienten solos. Al platicar y convivir con ellos se sienten acompañados y apoyados".

Sebastián Arámbula, de 75 años, es otro de los ancianitos que residen en el Asilo de San Vicente de Paul. "Soy siete mesino, ¡sí señor!. Nací en Tulpa, Nayarit. Recién nacido estaba tan chiquito que cabría fácilmente en una cajita de zapatos, me decían 'Chevito', por pequeño". Chevito constantemente contaba chistes y no paraba de sonreír al charlar con el entrevistador, "¿Conoces a Clara? Ella es más vieja que yo, y si ella es sonriente, pues, pues yo también lo seré", concluyó Sebastián.

El cariño que la mayoría de los ancianitos muestran hacia las religiosas es muy evidente. Constantemente besan las manos de las monjas, las cuales se muestran agradecidas y muy serviciales. A pesar del gran esfuerzo de las religiosas y laicos voluntarios por confortar las dolencias físicas y emocionales de los ancianitos, es evidente que el trabajo es agotador e interminable.

"Quisiéramos hospedar más ancianitos", comenta Madre Rocío, "pero, desgraciadamente, no tenemos suficientes recursos económicos ni voluntarios suficientes para atender a más". Madre Rocío comenta que el pandillerismo es uno de sus principales problemas, ya que no cuentan con seguridad por las noches. "En varias ocasiones, durante la noche, han entrado muchachos con la intención de robar. Se llevan el arroz, pan, ropa, copas, todo lo que encuentran y en ocasiones hasta los tanques de gas. Es un verdadero problema. En una ocasión uno de los ancianitos enfrentó a uno de ellos. Afortunadamente no le hicieron daño", concluye.

"El asilo necesita muchos arreglos", agrega Madre Rocío. "El drenaje está muy dañado y los techos necesitan impermeabilizarse, además es necesario instalar rejas de metal en las ventanas para que no continúen los robos".

Las labores en el asilo inician desde las 5:30 de la mañana, cuando las religiosas se levantan para sus oraciones matutinas, y generalmente concluyen entre las 7 u 8 de la noche, al acostar a los ancianitos.

El Asilo de Ancianos San Vicente de Paul se encuentra ubicado en el Fraccionamiento La Sierra (Km. 5, carretera antigua a Ensenada), subiendo dos cuadras, en la calle Ixtacihuatl #10, C.P. 22170 en Tijuana. Su teléfono es el (011-52-66) 84-48-23.